
El abrigo deja las rodillas al aire; no las cubre el uniforme azul, tampoco los calcetines altos de lana. Cada mañana, el frío las mortifica al atravesar la plazuela de Los Bandos de camino al colegio, a la casa de Santa Teresa. Tarde, siempre un poquitín tarde, por eso el trote torpón y el aliento ruidoso que empapa la bufanda. La campana se oye ya desde la calle; su canto presagia la entrada. ¡Atenta a no resbalar! El hielo acecha sobre la acera. ¡Corre, entra en la fila!
Hábitos marrones rumorean por los pasillos del claustro, espantan demonios. Cuelga del cinturón el rosario; las cuentas negras tintinean, el crucifijo de plata vigila. Rezad niñas, rezad. Las tocas blancas, almidonadas, se despliegan como las alas de los ángeles.
La capilla es pequeña; penumbra y destellos. Pan de oro en el retablo. En el centro, san José con el Niño. A los lados, santa Teresa y la Virgen María. Flores blancas, velas encendidas y olor a incienso avivan plegarias y letanías. Mater inmaculata, ora pro nobis; mater amabilis, ora pro nobis; mater admirabilis, ora pro nobis. ¡Chist, silencio! Si hablas, el puntero te toca en el hombro desde atrás; la monja te señala; ríe el diablo. Por mi culpa, por mi culpa, por mi grandísima culpa. Al segundo toque te vas al coro, tras la reja, con las niñas castigadas o las que tienen magulladuras en las rodillas, como las torpes que no pueden arrodillarse por haberse caído en el patio.
Niñas, santa Teresa vivió aquí; fundó esta casa en el siglo XVI. En la escalera antigua Lucifer la tentó. Virgencita, ¿qué será eso? Pelearon; ella se defendió y rodó; se rompió un hueso del brazo izquierdo. El legítimo brazo incorrupto, la fisura como prueba, reliquia peregrina por la cristiana España. ¡Chist, niñas, no olvidéis que Franco tiene la reliquia de la mano de la santa junto a su cama! La mano verdadera encerrada en cristal y oro. ¡Franco, Franco!
Niñas, ya acabáis la primaria. Llegáis a los diez años y seguiréis estudiando en el nuevo colegio, pero antes tenéis que dar gracias a la fundadora de esta casa. ¡Chist, vamos, vamos, a la escalera sagrada! Lugar oscuro que retiene siglos de olor a encierro. Una puerta abajo y otra arriba; apenas se vislumbra la escalera de Satanás. Recogimiento. La escalera se sube de rodillas. Sacrificio. Se sienten los espíritus. ¡Levantad esos muslos! ¡Arriba, arriba! ¡Chist, rezad! El demonio ríe en los crujidos de las maderas. Dios lo ve todo. Santa Teresa venció la tentación. El miedo pesa. Ayúdame, Helena, me caeré. Alguien llora. ¿Qué buscamos? No lo sé. Subir, subir, acabar pronto, salir de aquí.
El sol entra por los ventanales de la clase de cuarto grado, ilumina la madera ámbar de los pupitres de dos plazas. Cada tapa con bisagras se levanta y descubre un cajón de misterios. Los asientos plegables resuenan como castañuelas: ¡De pie! Clac-clac-clac. Padre nuestro que estás en los cielos. ¡Sentadas! Clac-clac-clac. El timbre de latón dorado responde chillón a la presión enérgica de la mano de quien ordena y manda. ¡Ring, ring, ring! ¡Silencio, callaos, callaos!
Huele a frío y a la estufita de mano que trae la monja; ese cofre de hierro con asa, con brasas dentro, que coloca sobre la tarima, cerquita de sus pies. Calor para ella; porque ella está casada con Jesuristo.
Los dedos siempre manchados de tinta azul. La tinta en frasquitos de penicilina embutidos en el hueco del pupitre. Frasquitos de cristal con tapón de goma y con el recuerdo de un pinchazo en el centro. El palillero alargado, los plumines de metal. ¡Cuidado que no se despunten! Suena el arrastrar del plumín sobre la página, cargado de tinta, y surgen las preciosas letras de caligrafía; trazos finos, trazos gruesos, sin rebasar el renglón de dos rayas. Hasta que la gota azul se estrella en el cuaderno. El papel secante se la bebe, pero deja huella; la hojilla de afeitar raspa los restos. Casi no se nota. Y por delante de nuestro pupitre, las espaldas de las gemelas, con sus interminables trenzas, cuatro finas columnas salomónicas doradas. Ras, ras, ras, la tijera furtiva de Helena no puede evitar cortar una trenza. ¡Esta niña es de la piel del diablo! ¡Castigada, castigada sin patio! Sin correr gritando, sin caerte y desollarte las rodillas, sin que se te tuerza el lazo de terciopelo azul atado al cuello de la camisa beis, sin que se te caigan los calcetines de lana hasta los tobillos, sin que se te vuelvan rojas las mejillas y ese pelo crespo y negro se te enmarañe de tanto jugar. Después, a clase de costura.
El dedal diminuto, plateado, empuja el final de la aguja que desliza los hilos de colores. El dedil de plástico protege de picotazos el dedo índice de la otra mano, la que sujeta la tela. Una niña lee libros de santos mientras las demás cosen. ¡Chist, silencio, escuchad la lectura! Ella lee y no cose porque es zurda —la mano del diablo— y se pincha toda al coger la aguja con la mano derecha. La cadeneta sigue el dibujo para bordar ositos orondos en paños de cocina. El punto yugoslavo pinta tapetes degradados. ¡Qué bonitos! Para vuestro ajuar de casadas. Esta niña no ve bien, la vainica abandona el caminito recto.
Siempre de pie en la clase de lectura, en círculo. Coged el libro bien abierto, como Dios manda: los dos pulgares delante y el resto de dedos en abanico por detrás, como un atril. Don Quijote, Sancho y Dulcinea resuenan contra las paredes; palabras bien entonadas, mal entendidas. También resuenan las Cien figuras españolas: Viriato, Palafox, Agustina de Aragón, Zumalacárregui, héroes de España. Y las vidas de santos como Justa y Rufina que fueron degolladas por no adorar ídolos paganos. El potro con cuchillas, desmembramientos, quemaduras, horribles torturas que los mártires soportaron para evitar las llamas del infierno durante toda la eternidad; por siempre, por siempre, para siempre. ¡Ay, Dios mío! ¿Y vosotras qué haríais para llegar al cielo?
Ese uniforme es demasiado corto, no crece como tus piernas. Ven aquí. Tris, tras, la tijera de la monja corta los hilos del dobladillo, ante toda la clase: el bajo colgando, los hilos colgando, la vergüenza al aire. ¿Qué dirá mamá?
¡Din, don, din, don!, rompe la tarde la campana. Algún día tendré la medalla de la Congregación de las Hijas de María y me dejarán tocarla. Recoged los pupitres, colgad las batas. Vamos, vamos, siempre la última. La algarabía llena los pasillos, las risas salen al patio. Ya nos esperan. Decenas de cabecitas se alzan buscando unos ojos. A mamá enseguida la descubro porque una luz blanca la envuelve. Es tan bonita que las demás son grises. Todas la miran, todas se embelesan. ¡Qué suerte tiene esa niña!, creo que piensan. Se parece mucho a la protagonista de la película que pasaron en la sala de actos. Se parece y sé lo que hace cuando se le acerca el hombre y entonces la madre Mercedes pone su cabezota delante del proyector. No quiere que lo veamos, pero yo sé que se besan, como hacen papá y mamá. Aunque tenga el bajo descosido, mamá me da la mano. Mater amabilis, mater admirabilis, mater inmaculata. Mamá no habla de Dios. ¿Quién es Dios?: Dios es el creador de todas las cosas. En casa no se reza; tampoco en la plazuela, donde solo se juega. Ave María purísima.
Carmen Santos
El libro del taller
OPINIONES Y COMENTARIOS