Eternización

Eternización

Andrés Zúñiga

27/11/2021

Dani pausa el videojuego y busca, tembloroso, a su madre. Recordó eso tan importante…

—Hoy Rubén lo dijo de nuevo, mamá.

—¿Qué dijo, cariño? —pregunta su madre, con la mirada puesta en los vestidos de su destartalado armario. Casi es navidad en el hemisferio norte, tendría que escoger algo abrigado aunque eso espantara a los clientes.

—Dijo que papá se está pudriendo en alguna alcantarilla, que ahora fabrica juegos allí…

—No le hagas caso a Rubén, mi amor. Eso no es verdad…

—Él juega con su madre todos los días. ¡Desde cualquier parte, mamá!

—Lo sé, cariño. Pero es un clo…

—¿Por qué a papá no le hicieron lo mismo que a la madre de Rubén?

La madre acelera sus preparativos. Elige un pequeño vestido rojo que deja sobre su vieja cama deshecha y se acerca a su hijo.

—Dani, mi amor, te expliqué que eso solo lo hace la gente que tiene mucho dinero. La madre de Rubén, por ejemplo, salía en la tele. Era muy conocida. Por eso le hicieron una eternización.

Dani dirige la vista al suelo, reflexiona sobre aquello… Y pregunta:

—¿Cómo funciona eso, mamá? ¿Se lo puedo hacer yo a papá?

—Dani, para hacer una eternización usan ordenadores muy grandes. Esperan a que la persona esté a punto de quedarse dormidita para siempre y entonces sacan toda la información de su cabecita… Todos sus recuerdos viajan a un ordenador y desde allí ya puede conectarse a internet para siempre. Como la madre de Rubén.

—¿Podríamos ir a preguntar si todavía se lo pueden hacer a papá? Porfa, mamá…

La madre de Dani suspira, reúne fuerzas para responder a su hijo.

—Cariño, para hacer eso, papá tendría que estar despierto… Aunque sea un poquito… Pero…

Porfa, mamá. Tú, pregunta…

La madre de Dani le coloca una mano en la frente.

—No te baja la fiebre…

Porfa, mamá…

—Está bien, Dani. Lo preguntaré… ¿Puedes seguir jugando en tu habitación? Mamá tiene que terminar de vestirse…

Dani vuelve a su habitación. Una sonrisa de esperanza renovada por la última respuesta de su madre lo acompaña. Cierra la puerta y atiende a su vieja consola. Se alista para jugar a la guerra, el último juego de papá, pero al poco de empezar, pasa algo extraño: Su avatar, un soldado fuerte y sano, se pone de cabeza y comienza a moverse en círculos como si fuera un lápiz encima de una hoja de papel, como los círculos que dibujaba con su padre todos los días jugando al tres en raya.

—Otra vez un bug —murmura Dani, explicándose a sí mismo lo que puede estar pasando. Recuerda las enseñanzas de papá, recuerda su voz llamándolo Dan.

Decide entonces pedir ayuda a mamá. Sale despacio de la habitación, quiere gritar pero un fuerte ataque de tos lo interrumpe. Encuentra a su madre frente al anticuado espejo de la entrada, pintándose los labios de un color rojo intenso, ataviada con el ajustado vestido que yacía antes sobre la cama. Es tan corto que deja ver las piernas de su madre hasta muy por encima de las rodillas.

—Mamá, algo pasa con la consola…

—Seguro que se pondrá bien… Dani, la niñera está a punto de llegar, pórtate bien y hazle caso cuando te dé la medicina… Yo volveré tarde.

—Mamá, ¿a mí tampoco me van a poder eternizar?

La madre de Dani mete el pintalabios, junto con una antigua navaja, en el pequeño bolso rojo que llevará y se pone a la altura de su hijo para mirarlo de frente.

—Mi amor chiquito, trabajo todas las noches para que tú y yo nos podamos eternizar. Vamos a estar juntos para siempre en internet.

—¿De verdad, mamá? ¿Lo dices en serio?

—¡Claro que sí, mi vida! Y vamos a ver un montón de series juntos. Y vamos a poder ver todas las pelis de Disney…

—¡¿Y podremos hacer nuestras propias películas?!

—Todas las que quieras, todas, mi amor… Y vamos a buscar todos los recuerdos de papá en internet. ¿Quieres?

En ese momento suena el timbre.

—Debe ser la niñera. Ve a tu habitación, mi amor. Sigue jugando y descansa…

Dani da media vuelta para hacerle caso a su madre, pero ésta lo detiene poniéndole una mano sobre el hombro. Le da un beso en la mejilla. Dani sonríe. Su madre le limpia la marca de pintalabios y le da una palmadita para que continúe su camino.

La madre abre la puerta y, efectivamente, es la niñera. Una muchacha de trece años con un imaginativo piercing en uno de los lados de su boca y la mirada puesta en un móvil innovador que sostiene con ambas manos. La madre la invita a pasar y le hace un breve resumen de lo que hay para cenar, la ropa que tiene que ponerse Dani para dormir y la hora a la que tiene que estar en la cama… Sobre todo, le recuerda la medicina que tiene que tomar el niño. Se lo repite hasta cuatro veces. La niñera dice que sí a todo, sin dejar de admirar su creativo móvil. Solo pregunta, frunciendo el ceño:

—¿Por qué el color de tu vestido, tu boca y tu bolso ahora son azules?

La madre se observa, sin decir nada. Y cruza la puerta para,  a medianoche, durante una escena de Diva Plavalaguna, en un coche ultramoderno, ser devorada por la violencia.

La niñera cierra la puerta. Revisa una vez más su  increíble aparatejo. Resopla y reinicia el dispositivo antes de meterlo en el bolsillo trasero de su pantalón. Grita el nombre del niño sin mencionar la «i». Dani asoma receloso la cabeza por la puerta de la habitación. La niñera le dice que hay bugs por todas partes, que intentará resolverlos… Le llamará cuando sea la hora de cenar. Dani asiente, con debilidad.

La niñera apaga la luz de la entrada, se va al salón. Retoma el móvil, pero se queda dormida…

Por la mañana, cuando llama a urgencias, no hay nada que hacer, excepto rehacer toda la película interactiva familiar.

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