Era el 29 de junio de 2049 cuando Montiel se fue al otro barrio.

Regresaba en el dron de celebrar su primer centenario a lo grande: acababa de correr la maratón de Nueva York en un tiempo muy aceptable. Quizá lo que en ese preciso momento le empujó a aquella pulsión lujuriosa fuera la euforia al verse reproducido en 3-D por toda la cabina, cuando su cuerpo fibroso y saludable, consecuencia de tantos ejercicios remotamente monitorizados y unas dietas estrictas y equilibradas, cruzaba con una zancada poderosa el puente de Brooklyn. O, también, la excitación de verse ya a escasos segundos de casa donde le esperaba una sesión de grabación de series en las que él mismo sería el protagonista, compartiendo escena con réplicas exactas de tías de la talla de Ingrid Bergman o Claudia Cardinale. 

Fuera un motivo u otro, el hecho es que se lanzó a una variedad de imaginativos juegos amorosos con su inseparable robot R-SEX69. La tórrida escena que se desarrollaba en aquel estrecho habitáculo distrajo unos segundos la atención del piloto automático del vehículo, mientras que, además, éste quedaba momentáneamente desconectado del Centro de Control aéreo por atravesar la zona de inhibición del super ordenador de Belval. Y el maléfico destino aprovechó aquella rara oportunidad para estrellar el cacharro contra una de las torres de la antigua siderurgia, que ahora se usaba como repetidor de señales.

El amasijo de materiales que había sido la nave de nuestro amigo se precipitó a plomo contra el suelo, donde hacía un buen rato que esperaba el dispositivo de emergencia, avisado por el infalible departamento de predicción de accidentes aéreos. En apenas un par de segundos, el eficiente instrumental logro separar los restos humanos de la chatarra metálica, y almacenó en una camioneta ultra frigorífica el revuelto de vísceras y huesos que, hasta hacía pocos instantes, había constituido el cuerpo del humano Montiel.

Como hacía ya años que no había ningún fallecimiento en aquel mundo feliz, hubo que improvisar un tanatorio en los terrenos baldíos de la amplia explanada que, cuando los coches eran necesarios, fue el aparcamiento del Glacis. También se iba a provechar para oficiar en ese mismo lugar el Juicio Final, donde, según la Constitución que regía la convivencia entre androides, robots, animales y humanos, se decidiría sobre el futuro de Montiel. O sería más adecuado decir que se decidiría si Montiel tendría futuro. Porque, en efecto, La alternativa más probable era que se dejara en blanco su cerebro, o su alma, que era más o menos lo mismo, y, tras recomponer todos sus tejidos y órganos, se almacenara una nueva identidad, clonada de algún gran hombre que por su heroísmo o inteligencia había jugado un importante papel en la Historia de la Humanidad. Aunque también podría ser que no se borrara el contenido de su materia gris y nuestro personaje recuperara su identidad anterior al absurdo accidente recién ocurrido y siguiera su vida como si tal cosa, sin perceptible discontinuidad o inflexión. Salvo las costuras que harían falta para dejar su anatomía como el níquel.

La presencia virtual de la Inteligencia Total, desde su retiro en la soleada California, dominaba un escenario impactante que contaba con representantes de todos los estamentos de aquella sociedad equilibrada y sensata. Cada uno trataba de arrimar el ascua a su sardina de forma teatralmente civilizada, para que, aunque sin aspavientos ni crispación, la sociedad llana percibiera que era bien defendida por aquellos que eligió en la última votación hace unas décadas. Los humanos trataban de aprovechar la oportunidad de un cuerpo disponible para devolver al mundo alguna figura ejemplar. Y ya barajaban los nombres de héroes como Viriato, deportistas como Maradona o respetados políticos, como Mandela. Era cuestión de aumentar la cuota de respetabilidad e influencia de la especie en aquella diversa sociedad. Por el contrario, los androides y robots, que casi siempre funcionaban en coalición, preferían dejar las cosas como estaban y devolver al mundo a un personaje inofensivo e insulso como Montiel, de quien, aparte de haber creado años atrás la próspera empresa familiar de transporte de mercancías por medio de drones, solo se conocía esa reciente e inútil afición a escribir e interpretar series.

La disputa dialéctica se extendió varios minutos. Unos argumentando que era un personaje ya usado; que ya no le quedaba nada por contribuir en este mundo tan complejo; y que su ejemplo de vivir de las rentas y disfrutar de la vida no era nada edificante para el resto de los humanos. Los otros, esgrimiendo ese enfoque ético que les venía tan bien, defendían el derecho de los humanos a no dar un palo al agua, a disfrutar de las glorias pasadas. Conscientes de que así, poco a poco, ese colectivo seguiría haciéndose más irrelevante y marginal.

Teniendo en cuenta que los humanos eran ya los parias en aquella democracia modélica, no sorprendió la sentencia que proclamaba la vuelta de Montiel entre los vivos. Ni siquiera irritaron mucho los términos rotundos empleados: “Ejecución disfrazada de eutanasia. Reflejo de una especie humana en decadencia que se odia a sí misma”.

Nuestro personaje, todavía medio aturdido, escuchó el dictamen con cierto alivio, ansiando el momento de volver a casa y ponerse a interpretar el episodio que había escrito los últimos días. No tardó eso mucho: el equipo de bioarquitectura ya se había puesto en marcha y, al poco, Montiel salía por su propio pie, se encaramaba a su reparado dron y aparcaba sobre la azotea de su casa.

Tras beber una copa bio-etílica y tumbarse sobre el regazo del reconstruido R-SEX69, encendió su potente módulo plurisensorial. La estancia se llenó de imágenes planas, borrosas y fluctuantes. Pasaron algunos minutos hasta que apareció el mensaje alfanumérico “No hay conexión a la red”. Comprobó con disgusto que, una vez más, la señal había descendido desde el actual 200G al arcaico 3G de los tiempos anteriores a la singularidad.#bocadillo

Sacó entonces del armario un viejo teléfono y se armó de paciencia para reclamar al contestador de Correos.

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