He caminado mucho tiempo las calles de otro tiempo donde muchas cosas y personas dejaron de existir: lugares emblemáticos como las cafeterías de los escritores muertos que amaban fumar y leer obras en libros impresos por los cuales se podía pasar los dedos sobre las palabras y sentir el relieve de la tinta, olfatear entre las páginas, tal como caminar en la plaza desierta y ver las palomas revolotear o tal como correr por el parque después de la lluvia y aspirar el lodo húmedo y la hojarasca. Eso era real, no como sucede ahora que deben pensar en un aroma y esperar a que el impulso eléctrico del cerebro active el disparo del ambientador para que suelte su humo blanco y se cree la ilusión, ilusión de la cual no formo parte, pues soy de los últimos que aun salimos a las ruinas de lo que fue la calle en otro tiempo, lo hago sin casco ni mascara ni protecciones oculares, no permití que me implantaran la nano tarjeta neuronal. Prefiero percibir todo con mis órganos y extremidades de humano, prefiero vivir o debiera decir morir día con día con la conciencia de mi mortalidad, con el placer de ver mi sangre en una herida ya que no fue injertado en mi ningún nano tejido cutáneo , poder llorar es un privilegio, poder sentir tristeza, sentirme triste me ayuda a sobrevivir, no soporto la ilusión de ser feliz con todas esos dispositivos microscópicos que interactúan con las neuronas de los otros, esa clase felicidad artificial y efímera que te daban las máquinas tragamonedas de las Vegas, un claro ejemplo de artificialidad ,los otros son como gallinas encerradas en sus jaulas, se creen que están en cualquier punto del planeta solo con pensarlo, se creen que se alimentan de una extinta hamburguesa o un taco o de una pizza pero en realidad el dispositivo proveedor de proteína les inyecta su pulpa asquerosa y hedionda, nunca más como decía el cuervo sobre el dintel, nunca más el olor del aceite de oliva friendo el ajo, la cebolla, nunca más la fragancia del café recién molido y su aroma al infusionarlo, nunca más el aroma y la textura de mantequilla en un pan recién horneado, no hacen galletas derivadas de los cadáveres pero la pulpa no es mejor. No permití que me vacunaran en ninguna de las recientes oleadas microbiológicas que aterrorizaron al planeta con sus mutaciones inconcebibles hasta hace un siglo. No lo permití y me convertí en un paria de este nuevo orden, me persiguieron, me golpearon y quisieron matarme, pero el hecho de mantener mi sistema musculoesquelético parecido al de un perro salvaje y rabioso, me salvo. El hecho de desear me salvo, eso soy, un perro que husmea por los corredores y llanos despoblados, miro las descomunales torres donde se arremolinan esos subhumanos-gallinas y pienso si algún día caerán, alguien o algo dio inicio a el programa, dudo que hoy alguien o algo recuerde que se puede detener o piense en detenerlo, están embelesados con la ilusión de ser atractivos, si viesen sus carnes blancas al extremo y fofas, sus venas negras y saltadas, pero sobre todo si pudiesen sentirse la cabeza y palpar todos esos tubérculos debajo del cuero cabelludo, son repugnantes por fuera y por dentro. Compasión, empatía, amistad, solidaridad, fe, son palabras extintas, huecas, un hoyo negro como la conciencia colectiva, un hoyo negro que devora todo, que engulle a las pocas almas sobrevivientes.

Estoy cansado, agotado, fatigado, reventado, baldado, hastiado, hecho papilla, cascado, molido, rendido, hecho polvo, hecho migas, para el arrastre, y menciono tantos sinónimos como me es posible. Sentirme así es un privilegio y además está prohibido y penado, ya mencioné que soy de los últimos que pueden experimentar el cansancio, el sueño y el envejecimiento. Pero las ideas se me alejan, los pensamientos se petrifican, ya no son como esas diapositivas de hace dos siglos, y eso es un dolor contundente y profundo, un dolor que no soporto porque ahí en esos pensamientos-recuerdos es donde la veía a ella con su largo cabello negro, ella riéndose, ella diciendo “que terrible”, ella sorbiendo una copa de vino, ella escogiendo la verdura, ella cantando, ella despertándome, ella bañándose, ella lavando su ropa, ella corriendo con nuestra perra, ella y mi amada perra que tuve que sacrificar justo antes de que se aprobara el uso de animales domésticos para la elaboración de su maldita papilla, yo robe el suministro letal para mi perra, y la creme a la vieja usanza, guarde uno para mi , lo voy a usar, se me acaba el tiempo como se le acabo a esa mujer que tanto me amo, esa mujer unicornio que no resistió mas vivir o morir como lo relato; los últimos meses solo fue un fantasma, una sombra que se fue homogenizando con las otras sombras hasta hacerse una sola y de nuevo el nunca más, nunca más el unicornio en su mirada ni en su aura. Tuve que aprender a escarbar en la tierra para buscar gusanos y nabos y raíces con las cuales obtener algo para mascar y roer e hidratarme, sé que el agua de la lluvia ha hecho estragos en mi estómago, sé que el sol directo ha quemado no solo mi rostro y mis brazos, pero soy libre como libre fui cuando leí todos aquellos libros, hoy hay un programa que aleatoriamente toma temas, personajes, situaciones de conflicto, emoción, tragedia, y produce relatos largos que se descargan en sus cabezas y son lo mas parecido a cuando un humano podía escribir por cuenta propia y producir una obra para que a su vez otro humano también por cuenta propia decidiera leer esa creación literaria. Hoy desenterré el contenedor con mi “2666” de Bolaño, mi “el viajero mas lento” de Vila-Matas” mi Borges esencial” mi “Albert Camus obras selectas” por mencionar algunos, y voy a quemarlos poco a poco con mi reliquia llamada encendedor, luego me adentrare en el oleaje marino.

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