Asiática de pies torcidos andando deprisa sin saber adónde, olor a estación, a invierno estrenado. Miradas cómplices entre desconocidos, lenguas diferentes. Cruce de caminos y bolsas con regalos tópicos. Trenes que salen y el reloj a su faena, tictac, tictac… Desde el andén, amores que nunca serán. Fumadores racionados a la puerta de la calle repartiéndose el frío, escaparates llenos y tiendas vacías. Una quinceañera lee sentada junto a su madre, queriendo aparentar que no conoce a esa mujer, el culo frío por el asiento metálico, el libro exageradamente levantado para que el hombre sentado enfrente pueda ver el título; tose. Mochilas compitiendo contra trolleys en los accesos. Nerviosos jubilados atentos al panel con miedo de perder un tren que aún no ha llegado; hordas intermitentes de usuarios —no ya viajeros—. Los “esperadores” y “despedidores” han desaparecido, relegados a aeropuertos. Indiferencia cuándo el tren es anunciado: vía 4, sector B, salida inmediata. El viaje ya no existe, ahora es desplazamiento. Una mujer sube deprisa, flaca y cargada de bolsas, chinita de pies torcidos vestida con ropa de los chinos: ¿este tlen a Balcelona? No, a Castellón, le corrige alguien demasiado tarde: las puertas se están cerrando, pii, pii, piii.

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