Con los ojos medio cerrados de madrugar, subió al tren. Esta vez estaba decidida. Se acomodó, tomó un zumo frío y cuando la máquina comenzó a andar, sólo dijo: – 10 minutos.

Miró su reflejo sobre el cristal de la ventanilla y dio un repaso rápido a su cara y su pelo. A pesar del sueño se sintió bien, le gustó lo que sus ojos veían y transmitían.

Próxima parada… Le inundó el miedo, cerró los ojos y respiró profundamente. A medida que el tren iba bajando la velocidad, los abría, mirando de nuevo la ventanilla, esta vez atravesando el cristal. Sus manos temblaban, sudaban, mientras sus ojos lo buscaban. Lo vio, lo vio caminando por el andén hasta subir al vagón. Lo vio buscar su asiento. Quería observar todos sus movimientos desde la distancia… 

Brrrr  – ¡puñetero teléfono inoportuno! …  

Susurrando, habló varios minutos, que a ella le parecieron demasiados. Al colgar, inmediatamente lo buscó. La maldita miopía no le permitía distinguirlo entre las cabezas, brazos y pies que sobresalían de los asientos, sin pensarlo, caminó en su busca, tenía que comprobar que no había sido una broma de su imaginación. 

Un cruce de sonrisas la relajó. Hoy sí.

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