La abrazó con ternura. Ella se revolvió entre sus brazos saboreando el cálido encierro. La miró a los ojos, pensativo, unos segundos eternos para Leonor, que hubiera querido decir algo, detenerlo, impedir su marcha. Leonor, sus ojos negros bañándose en lágrimas, negándose a dejarlas caer, los rojos labios carnosos, callados, cerrando el paso a una palabra no se despegaron. Lo miraba de un ojo a otro, observaba sus comisuras buscando  un leve movimiento, aún un trémulo temblor . No quería pronunciar una mínima manifestación de súplica, de debilidad.  

Él esperaba una señal, para quedarse definitivamente instalado en su amor,  pero Leonor no dijo nada, ella tenía los ojos acuosos, pero sus labios majestuosos y firmes no dejaban atisbo. Tomó su cara entre las manos y la besó suavemente, en las dos mejillas, con mucha calma, el aire entre ellos era una sustancia densa, y los movimientos se hacían lentos.

El hombre de su vida se fue como había venido, sin que nadie lo sospechara. Desde el andén de aquel apeadero vio cómo subía al último tren.

Leonor está allí, cada día a las 20.05 h, desde hace veinticuatro años, para ver salir todos los trenes, como si esperase una nueva oportunidad.

Tu puntuación:

URL de esta publicación:

OPINIONES Y COMENTARIOS

comments powered by Disqus