¡Mi mamá…!  Lupita G. Fass

 A las ocho en punto abordamos el tren. Con ojos tristones veía a las tías mover la mano desde el andén diciendo adiós. A nosotras nos importaba un rábano íbamos felices, pero calladas, no aguantábamos la risa. Queríamos gritar de gusto, pero debíamos respetar la angustia y la mudez de mamá. Nuestro ensimismamiento nos mantenía a las tres mirando el paisaje. En cuanto vi unos borregos pastando a lo lejos, abrí la ventanilla, quería comunicarles en silencio mi alegría. Isaura me dijo: − yo contaré los durmientes. Isadora sacó un comics; a ratos leía, a ratos clavaba su mirada en las montañas como queriendo treparlas. El silencio era nuestro mejor diálogo. Mamá cabeceaba. Cuando la vimos quedarse bien dormida, volamos al carro observatorio; el último vagón, ahí se podía jugar, fumar, tomar alguna bebida o disfrutar del escenario. Estábamos tan contentas que perdimos la cuenta de las horas que estuvimos en ese compartimiento. Yo tomé no sé cuantas sodas, Isaura fumaba, Isadora se enchinaba las pestañas mientras coqueteaba con el porter. Cuando regresamos mamá tenía mala cara; nos ofreció unos sándwiches que ella misma había preparado.

― ¿Por qué se fueron sin mí permiso? Ya les dije que no se me despeguen, ¿estamos?   

 

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