La casa de mi tío, situada en un rincón de la calle México que el progreso parece haber olvidado por pura desidia, era un laberinto de objetos inútiles. Entre las ruinas de su escritorio, en un cajón, encontré un anodino volumen. Al abrirlo, la primera página me arrojó estas palabras:
«He de confesar algo que está mal visto; ya lo sé, están mal vistas tantísimas cosas que una más apenas será relevante. Cultivo mi soledad; adiós, un lastre menos. Profeso mi voz interior; me place oírme, contradecirme y parlamentar con mis tres voces interiores, aunque sospecho que alguna me he dejado en el camino. Podéis llamarme loco; sé que no lo estoy, o que lo estoy, pero eso ya me resulta indiferente.
Acaso me veas físicamente, pero no estoy; mi interior no existe para ti. Ese es mío y me niego a compartirlo; lo atesoro celoso de tus intrusos ojos. Profeso preguntarme cada ínfima brizna de mi trepidante mente, rumiarla una y otra vez con deleite o acritud. Rememoro que en la antigua Grecia esto que ahora parece una proeza era denominado, simplemente, el ejercicio de pensar; hoy lo llaman ser solitario, introspectivo o amargado, lo que delata una supina ignorancia. Desdeño la opinión ajena nacida de la necedad; cultivo mi criterio propio y el necesario ejercicio dialéctico de llevarme la contraria.
Corporizo esas voces cuando se presenta el azar furtivo del reflejo en un espejo; le sonrío, me enojo, le mando un guiño, un beso; el cristal solo devuelve una fría indiferencia. Mi cuerpo físico apenas es un instrumento para transcurrir por este río infinito con dos puntos bien definidos: el nacimiento y la muerte. Todo lo demás son conjeturas de los hombres. Si hay vida antes o la hay después a nosotros no nos compete; no es una cuestión a tratar en este mundo. Sospecho, tras muchas lunas llenas observadas, que existe una divinidad. Es una certeza que nos atraviesa como un rayo cada vez que contemplamos la inmensidad de un mar o la infinitud de una noche cuajada de estrellas; somos, bajo esa verdad y por un instante, plenamente conscientes de esa divinidad. No obstante, esta se desvanece con la misma presteza cuando volvemos a mirar nuestros pies. Tan pronto como vino, se fue.
Mas todo permuta si, en ese preciso instante, contemplas tu plenitud interior; ahí es donde realmente habitas, donde te hablas con total sinceridad o te mientes, donde cada palabra que te atreves a pronunciar confluye en otra palabra y así, en una cadena infinitamente trepidante.
Una luz que se prende o se apaga; donde te forjas o te destruyes como una frágil vela. Te pierdes en los laberintos de tu Yo, que se zafa abandonándote en un callejón sin salida, exhibiendo cuán perdido estás. En demasiadas ocasiones me he hallado ahí derrumbado, pensando si merecía la pena tanta desdicha, si tanto sufrimiento merece semejante proeza. Contemplo, irónicamente, cómo DIOS nos otorga la fuerza en la misma oscilante balanza en que nos depara la flaqueza.
Él nos concede solamente un trémulo remo; una balanza de equivalencias donde cada cual navega apremiantemente por ese río infinito, mientras zozobras como un cascarón de nuez para encontrar tu propio equilibrio. Interrogo a DIOS si no bastaba el simple flotar; clamar al cielo es inútil ante Su designio hermético. Somos apenas piezas de Su jugada maestra.
De mi yo inmaterial, prefiero mi memoria; esos retazos que se albergan en mi filmoteca interior y que, como un paño de algodón, se van deshilachando con el transcurrir del tiempo, hasta que apenas hospeden una esquina de lo que en su día fueron. Me pregunto por qué son tan firmes los recuerdos de la niñez; por qué son tan evocadores los olores que nos impregnan al recordarlos o los sabores que, en la punta de la lengua, persisten con una nitidez casi insultante. En estas divagaciones me pierdo y me encuentro en una vorágine de creación continua.
Por eso, si me descubres con los ojos abiertos pero con aspecto de un muñeco de cera, no me rescates de mis pensamientos con tus palabras triviales o tu cordialidad; mi propósito es profundizar y descender, cada vez más, a donde realmente no quiero bajar: a donde están esos entes que apestan, carentes de forma y de color. Hablo de los demonios sepultados en lo más inhóspito de nuestra esencia; sombras más oscuras que la tiniebla que acecha en una noche sin luna. Mi propósito es exponerles una vela —forjada con mi propia cera— para descubrirlos y, finalmente, llamarlos por su nombre.
Disculpad mi cobarde negligencia; he recorrido todos los laberintos de mi alma, aquellos que mis voces me propusieron para hallarlos y acoplarlos a mi ser. No somos solo luz; somos también el sedimento que vamos recogiendo por este río infinito mientras combatimos con ese frágil remo. Son nuestras elecciones —nuestras elecciones, sí—; debemos bautizarlas así, porque siempre nos es dado elegir. Aunque nos convenzamos del engaño, no son decisiones a tientas, ni inducidas, ni precipitadas.
Por ello, decido conocerme. No te aflija mi silencio; no estoy enfermo o tal vez sí: me enferma el observar que las personas se han olvidado del hábito de vivir. La vida, claramente, consiste en aceptar que somos seres imperfectos; como tal nos han dado la oportunidad de aceptarlo, ya que, inevitablemente, arribaremos en el último puerto. Dejadme; reírme solo, enfadarme conmigo mismo, maltratarme, temerme, amarme, odiarme, encontrarme y perderme.
La vida es un obsequio; es un libro en blanco redactándose armoniosamente con letras divinas para que permanezca, eternamente, en el firmamento. Tejiéndose compulsivamente en una tejeduría de vivencias anónimas, donde los tejedores se conexionan y entrelazan en una danza mística perfectamente rítmica. La conectividad humana es como el micelio del reino Fungi: invisible a los ojos, pero real y presente en el mundo cuántico. Por eso dejadme vivir; vivir mi sueño cuántico».
Al cerrar el volumen sentí que yo era él y él era yo; cerca en la sangre pero lejos en el tiempo.
Cuánto cuento cuántico
OPINIONES Y COMENTARIOS