Antes del primer verso ya existía este poema,
dormido en la superposición de todas las palabras,
esperando que alguien lo observara
para colapsar en una sola verdad entre las tantas infinitas.
El jardín se bifurca: en uno de sus senderos
tú lees estas líneas y yo las ignoro;
en otro, ninguno de los dos ha nacido
y aun así el poema persiste, sin lector, con voz.
Hay una biblioteca donde cada libro
contiene todos los errores posibles de sí mismo.
El bibliotecario sospecha que el catálogo
es, él mismo, uno de los volúmenes extraviados.
Una partícula cruza dos rendijas a la vez.
Un hombre duda en la esquina y toma ambos caminos.
La física y Borges llegaron a la misma conclusión
por rutas que no se tocaron hasta que alguien juntitas las leyó.
Contar una historia es crear un universo.
Abandonarla a mitad es condenarlo al olvido,
ese que no es silencio sino suspiro en vibración:
lo que pudo ser y aún zumba en el margen de la página.
El tiempo fluye y se ramifica.
Cada segundo es una votación unánime
de infinitos instantes que eligieron no ocurrir.
Vivimos en el único universo donde estamos leyendo esto.
Y sin embargo: la palabra prohibida en este poema
es la misma que Ts’ui Pên omitió en su laberinto.
No la diré. La rodearé con metáforas, algo torpes,
hasta que su ausencia la deletree más nítida que si estuviera.
Cuánto cuento cabe en una posibilidad:
todo, si quien la lee se deja desaparecer en ella.
Cuánto cuento cuántico
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