
BOCETO
Que el escritor quiere escribir, quiere narrar, pero también habla, conversa, escucha; y muchas veces, después de escribir, el escritor necesita compañía.
Ahora, se encuentra la biblioteca de la Facultad de Ciencias Sociales, rodeado de estudiantes. Hay una serie de alumnas que estudian y leen, parecen aplicadas, ¿escriben también? Una, en específico, con su agua Cielo sabor limón, gasificado, escribe sin pausas. El escritor no la conoce, pero ya la conoce. Es de ojos jalados y tiene el cabello muy negro. El escritor se levanta y se acerca. Era esto o irse a alcoholizarse para sentirse liberado.
—Hola —dice.
—Hola —ella responde.
—No, nada —responde el escritor, pero ya se está yendo. ¡No te vayas! ¡Vuelve! Y vuelve, arrepentido, y dice: —. Un favor.
— ¿Qué pasa?
— ¿Me podrías cuidar la mochila? Quiero ir al baño. Está en esa mesa.
— ¡Okey! —y se miran directamente—. No hay problema —y vuelve a escribir ella.
El escritor no quiere realmente ir al baño, pero al menos eso le da tiempo para pensar qué decirle. Llega y se lava la cara. Se moja el cuello, se mira al espejo, la barba ha crecido. ¿Cuánto tiempo lleva así? ¿Cuánto más llevará?
Vuelve con la libreta vacía y se planta frente suyo. La mira. La jovencita, sorprendida, no sabe qué decirle. Hay una igualdad de condiciones. Ambos están confundidos. Comienza a sentirse en confianza por esta abrupta vulnerabilidad.
—Soy cachimbo y tengo una tarea y no sé qué escribir.
— ¿Así? ¿Y qué es lo que te piden?
—Un cuento.
—Ah, entonces no creo que te pueda ayudar. Yo no sé hacer cuentos. Lo siento.
— ¿Lo podrías intentar? Porque quizás piensas que no eres buena porque no lo has intentado. ¿Alguna vez has soñado con que las cosas sean distintas? No tienes que responder, pero de eso se trata hacer cuentos.
—Veo que sabes mucho.
—Sólo repito lo que el profesor dijo. Pero, ¿con qué sueñas?
La jovencita lo mira.
—Quisiera terminar rápido la carrera.
—Podrías escribir que ya te graduaste, que tienes trabajo y ganas dinero.
—Escribirlo no me ayudaría en nada. Pierdo mi tiempo.
—Y sin embargo, me ayudarías con mi tarea.
— ¿Cuánto dura hacer un cuento? ¿Media hora? ¿Una hora?
—A veces, una vida.
La jovencita aguanta una risa malsana.
—Bueno, voy a intentarlo, ya que quiero despejar la mente y quizá un rato de ocio me ayude.
Pero después de una hora, no escribe nada y se acerca al escritor que sufre en silencio.
La joven le arroja la libreta.
— ¡Tengo clases! —grita.
El escritor queda lelo y regresa a su casa, pensando que su tarea, otro día más, no iba a ser entregada. ¿Cuánto más iba a esperar?
— ¡Menos mal, si fuera el profesor, ya la habría jalado! ¡Pero igual debo insistir en evaluarla! —y se ríe, como desquiciado.
Al día siguiente, vuelve a la biblioteca de Sociales y encuentra a la misma señorita.
—Aún no hago el cuento y los días cada vez son más cortos, ¿no te parece?
La jovencita no lo puede creer. Tampoco es que el chico se ve de mala entraña. Puede ser ¿grosera? y levantarse hacia otra mesa. ¿Él la seguiría?
—Pero me prometo que hoy termino el cuento. Te lo prometo.
Y se calla. Comienza a escribir sin descanso, raya, tacha y luego dobla la hoja, mostrando una concentración que fluye sobre un barrizal de imaginaciones torpes y palabras simples. Pero, cuando la noche llega, ella aún lo espera. Tristemente, el bibliotecario se acerca anunciando el cierre.
— ¿Cuánto te falta? ¿Una vida?
El escritor no se ríe, mas luego de que las luces se apagan, un sollozo soterrado le asalta y se levanta del asiento. Está entumecido, con los bordes de su visión nubladas, como si el brusco hielo del invierno empaña el ánimo del cuerpo, pero llega al paradero como un autómata. Antes de subir al bus, deja caer un trozo de papel que la jovencita recoge, mucho tiempo después, al terminar de seguirlo:
“BOCETO
Que el escritor quiere escribir, quiere narrar, pero también habla, conversa, escucha; y muchas veces, después de escribir, el escritor necesita compañía…”.
Cuánto cuento cuántico
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