Releo las páginas del diario del esquivo profesor Biöq, a quien jamás conocí en persona, y la desilusión se rearma contra mí. Biöq: el último nombre que aún ronda mi cabeza; creo que jamás odié a otro con mayor intensidad.
Los granos de arena se me meten en los bolsillos y se me escurren entre los dedos, despojándose de su identidad. De rato en rato alzo la mirada a la línea azul para confirmar que este amanecer es idéntico al anterior, una copia ni más vívida —ni menos falsa— que la de ayer.
La memoria se me quebró. En las páginas postreras del denso tomo del profesor, encuadernado en piel de chivo y grueso como una novela de caballerías, deposito mi quijotesco intento de hallar una explicación que me diga quién soy y qué hago acá. Espero reencontrar en las frases torcidas de Biöq el motivo de mi presencia en esta isla; pero su diario solo escupe un revoltijo de anotaciones sin contexto, observaciones intrascendentes —demasiado personales— y fabulaciones inconexas. Con todo el aprecio que le tuve a su persona y a su conspicuo talento, debo atribuirle ahora al profesor la culpa de mi íntimo naufragio en este infierno lamarckiano; aunque no estoy ni mucho menos solo, me siento, sin embargo, abandonado. Soy el único que todavía se pregunta quiénes son mis colegas, de dónde llegaron, para qué.
En esta tierra exigua, todo lo que debería moverse se queda varado o gira en círculos concéntricos. Solo atestiguo cierta evolución en el sargazo que devora las playas, en las bandadas de cormoranes escuálidos que las asedian; no tengo comida ni consuelo que ofrecerme bajo este inmóvil cielo pagano. Nada cambia salvo mis deseos de huir. Las horas transcurren en barbecho y vuelven regurgitadas por el alba; la isla está encadenada a la titánica rueca de Cronos.
Decidí no conservar la correspondencia que mantuve con Biöq antes de embarcarme —insisto: por su culpa— en este viaje de sentido único. Alimenté una hoguera con ella; no tardaré en arrojar también su diario a las llamas.
Andaba yo arrastrándome por el último curso de antropología en una universidad de Tucumán cuyo nombre se me escabulle. No había trabajo para alguien como yo: huérfano, apocado, demasiado devoto, paralizado por las dudas, dedicado a la complacencia ajena; sin plata para desplazarme y menos para quedarme en ningún lado. Siempre aborrecí lo mecánico, y al mismo tiempo me aterraba convertirme en alguien destacado.
Entonces, a través de un hilo de complicidad entreverado en nuestras cartas, Biöq, quien fuera mi profesor de etnología en la facultad, me convenció de enrolarme en un proyecto milagroso, aventura ajena a mi acoquinada personalidad, aunque sí acorde con sus selváticas ambiciones.
«Bienamado amigo —me escribió—, he resuelto que el archipiélago de las Niépce es el lugar ideal y no otro. De cuantos destinos consideré en las más remotas e inhóspitas latitudes del vasto globo, he dado con el emplazamiento perfecto en ultramar, un prometedor bastión de la new science. Así lo informaré al decano. En unos meses vas a viajar allí y te vas a reunir con respetables personalidades: médicos, cartógrafos, cazadores, cocineros, naturalistas y hombres de ciencia con sus esposas e hijos; tomarás parte en su incipiente empresa científica. No te apures: la travesía correrá íntegramente por mi cuenta. Asumiendo que todo llegase a buen término, ¿qué me decís, mi estimado compañero?».
Medio año después, mi vapor zarpó desde el puerto de Quequén rumbo a las Niépce, al otro lado del océano. Empecé a escribir un diario en mi angosto camarote, que compartía con un astrónomo canadiense y un inusual cargamento de bobinas de celuloide. Era mi primera vez a bordo de un navío; tenía el estómago vuelto del revés y las pantorrillas me temblaban de puro vahído. En su última carta, Biöq mencionaba que ya habían nombrado gobernador de las islas a un doctor «ilustre camarada» suyo, medio europeo, medio guaraní. Este había dispuesto peones y albañiles para delimitar parcelas y mandó construir residencias, una capilla al estilo metodista —«desangelada, demasiado geométrica»—, así como un laboratorio y un enorme bloque granítico que albergaría supuestamente un museo geológico.
Aprendí a convivir con los demás colonos; trabé amistades con unos, aborrecí a otros. Congenié con una intérprete, una mulata de nombre impronunciable. Todavía bailamos al anochecer, bajo la luna estática. Con el paso del tiempo —que ahora añoro— y bajo la tutela del «ilustre camarada» de Biöq, me desviví por asistirlo en sus encargos y puse orden a sus notas. Su inusual proyecto se nutrió durante meses de la observación enfermiza de los colonos, que inmortalizaba con sus aparatos de filmación. Su obsesiva idea: registrar cualquier gesto, palabra, inflexión. En cada fotograma, decía, podría labrarse de nuevo el universo.
Un atardecer me mandó sentarme en una galería del museo.
—Acá está nuestro primer triunfo —anticipó, excitado—. Este es el baile de ayer.
Una imagen difusa de la multitud nació y flotó a mi alrededor, ubicua y extraviada.
—Para ser exactos: un nuevo baile a partir de la proyección del de ayer.
El vals y las voces se desbordaron desde múltiples cornucopias ancladas a los pilares corintios. Me levanté de la banca y distinguí mi figura entre vestidos y bandejas de volovanes y gougères; la muchacha mulata gobernaba mis pasos, pero yo temía aferrarme a su cintura, fina como la luz de una vela. Estuve, respiré, viví dentro del diabólico invento una y otra vez, en un tirabuzón vertiginoso. Me vi con estupor, petrificado en las lindes de esa comedia. Allí fragüé —ahora lo recuerdo— el odio hacia el profesor Biöq; cuando mi nombre se escapó de mí, empecé a firmar mi diario con el suyo.
En incontables ocasiones he querido advertir a mi yo del museo: «Biöq, vos sabés que Dios está en lo mutable y en lo mutable está lo verdadero —y con un giro del vals agarro impulso y añado—: acá dentro las mujeres no bailan de verdad; es mero balanceo, sin gracia, casi como si supieran lo que hacen».
Cuánto cuento cuántico
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