Entre el cuerpo y el trazo

Entre el cuerpo y el trazo

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Desde aquel día, cuando dibujo, ya no dirijo la línea: la dejo avanzar, plegarse y rozar ese umbral casi imperceptible donde parece vacilar y, sin embargo, decide.

Era mi segundo año en la Escuela de Bellas Artes. Aquella mañana, en el Taller de Modelo Vivo, mientras el contraluz envolvía el cuerpo desnudo del modelo, comprendí que lo evidente se desplaza en cuanto la memoria se apropia de lo visible, y que la imagen pierde consistencia en su inmediatez cuando lo vivido regresa, como un latido irregular que se reactiva cada vez que encuentra de nuevo su escucha.

Ese día, el profesor no habló de ver, sino de sentir; no de representar, sino de recomponer; de atender a ese instante en el que el encuadre de la mirada, en su deriva, se funde con lo que se proyecta sobre ella, un punto de fricción donde figura y memoria dejan de oponerse y comienzan a trenzarse.

Y antes siquiera de preguntarme por qué me había elegido, ya estaba frente a mí, anudando el pañuelo sobre mis ojos. No hubo vacío, sino continuidad, como si lo visible hubiera dejado de necesitar la luz para persistir de otro modo. En esa ceguera lúcida, el cuerpo del modelo se volvió un mapa en expansión que se desplegaba a medida que lo recorría, obligándome a reajustar, con cada roce, mi propia orientación.

El cabello se enredó entre mis dedos: cedía y resistía a la vez, como una puerta entreabierta. En ese roce, mi pulso cambió de ritmo y despertó un aire que comenzó a desplazarse por dentro. Entonces, aquella puerta, cerrada durante años, cedió para dejarlo pasar.

La mandíbula, el puente de la nariz y los labios: relieves que no aparecían bajo mis manos, sino que regresaban, como si ya los hubiera acariciado antes. Seguía dos líneas que avanzaban en paralelo, apenas rozándose, sin llegar nunca a superponerse del todo. Los brazos permanecían inmóviles, pero los sentí cerrarse sobre mí, como si una memoria fibrosa, ajena a ellos, los impulsara a abrazarme. Cada contacto prolongaba el anterior, enlazando una continuidad de indicios que no necesitaba ojos. Tocar el torso fue como presionar una huella en tierra húmeda, una marca que persiste incluso cuando todo alrededor empieza a deshacerse. No descubrí nada: avanzaba por un territorio ya transitado, uno que existía en mí.

Descendí hacía el abdomen. Mis manos se detuvieron en el aire, suspendidas, como si hubieran alcanzado el borde invisible entre dos planos: en uno, el cuerpo se insinuaba sin resistencia, se acomodaba bajo mis manos, las anticipaba, como si las esperara. En el otro, permanecía íntegro, sin respuesta, ajeno a un tacto que no le pertenecía. En ese instante, el silencio se espesó, como si el aula entera hubiera olvidado respirar. Y, aun así, seguí.

Cuando alcancé los pies, el aliento volvió. Estaban fríos, dispuestos sin orden, como guijarros abandonados en la orilla tras el repliegue del mar. Bastaron la temperatura y la disposición para entenderlo: el cuerpo que había recorrido no era el que estaba allí. Cada roce arrastraba otro anterior, y lo que mis manos tocaban aquí se desplazaba hacia otro cuerpo, existente en otro lugar, ya alcanzado antes por el tacto.

Me quité el pañuelo tras el biombo y aquello que la oscuridad había mantenido íntegro, la luz lo volvió inestable, como si ver implicara empezar a olvidar. Dibujé con rapidez, dejando que el carboncillo revelara lo que mis manos habían retenido, o tal vez lo que habían anhelado. Luego regresé al centro de la clase. Todo seguía en el mismo plano, como si nada hubiera sido interrumpido. Sin embargo, entre el modelo y lo que mi lienzo mostraba había un desajuste: no en el cuerpo que tenía delante, sino el sentido que lo había conducido hasta la tela. Compartían el mismo espacio, pero no la misma forma de hacerse visibles.

Volví a mirar el lienzo: las líneas eran precisas, firmes, pero no nacían de allí. Se habían trazado desde otro lugar, como si lo vivido hubiese desplazado a lo visto, obligándolo a ceder. Mis manos no habían recorrido ese cuerpo, sino otro que ya las habitaba: una imagen sedimentada que encontró salida en el papel, como una corriente subterránea que, al fin, halla una grieta por la que emerger.

Desde ese día, cuando dibujo, dejo que la línea gire, se abra o derive hacia una dirección que sólo más tarde reconozco. Todo ocurre en ese cruce, en ese instante en que mirar deja de ser lo mismo que volver a mirar y la imagen se entrega al recuerdo para dejar de ser idéntica a sí misma. La línea no es fija: no es la misma ahora ni lo será cuando regrese a ella. La mirada la altera, el juicio la inclina y el deseo la vuelve a trazar.

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