Paroxismo en el cuarto ventrículo…
Los jardines sinápticos que se bifurcan dentro del cerebro de Funes son angustiosos y asfixiantes llenos de maleza, pero son taaaantos, que no es posible seguir una dirección, estar dentro de este vastísimo y perpetuo lugar es como caer en un laberinto olvidado, por la incapacidad de llegar a su fin. A partir de su accidente, estas carreteras internas del cerebro de nuestro amigo Funes, probablemente se llenaron de estas bifurcaciones imposibles, todas las luces que antes estaban apagadas se encendieron y miles de vehículos sin dirección llenaron cada una de las callejuelas que ahora eran vastas autopistas. Recordar todo, absolutamente todo, es algo para lo que no estaba preparado ningún cerebro y el de Funes no era la excepción. Es razonable que un observador externo piense que Ireneo poseía capacidades asombrosas, para quienes lo conocieron más profundamente estas habilidades se habían convertido en su maldición; pero para alguien atrapado en este cerebro era una verdadera pesadilla dantesca. Nadie en este mundo puede imaginar si quiera el peligro ominoso que acechaba a cada paso, los recuerdos perfectos y constantes, eran circuitos macabros que no paraban de titilar. No pueden imaginar la cantidad de segregaciones, de mensajes y charlas verborreicas neuronales que nadie puede escuchar porque el ruido ahoga el silencio. Paradójicamente esta odalisca de conexiones era la expresión más honesta de la soledad que Funes vivía en el exterior.
Conocí al bueno de Ireneo, antes de su aparatoso accidente y era un tipo peculiar, que parecía gozar de una tranquilidad interna que yo sanamente envidiaba. Después se convirtió en el peor esclavo de la mente que este mundo haya conocido. En cierta forma la compasión que le tenía se fue transformando en una motivación ardiente para mi alma. Sentía la necesidad de aligerar la carga de este ser que alguna vez fue mi amigo. Me obsesioné con el tema de las neurociencias. Descubrí que había otros casos en el mundo y que este trastorno lo llamaban hipermnesia, es decir la capacidad excesiva almacenar información y la incapacidad agobiante de nunca olvidar.
La empatía y la información no eran suficientes tenía que hacer algo más allá, algo que nunca se hubiera hecho antes y heme aquí dentro de su cerebro viajando por estas callejuelas o vías enormes colapsadas, atiborradas. Pero finalmente lo logré. Pero esto solo es el comienzo. Ahora tenía que encontrar la manera más práctica de descongestionar o desactivar estas zonas paroxísticas.
Pase muchas penurias en ese asombroso y peligroso cerebro, había ya pasado mucho tiempo pero no hallaba ni por asomo la solución a este problema. El tiempo se agotaba para mí y por supuesto para Ireneo. Al estar en su interior sabía que sufría indeciblemente. Me encontraba en la cuerda floja, tenía dos opciones esperar que el cerebro colapse por si solo o cortar las vías del tronco encefálico para liberarlo de esta cruel tortura, esta acción lo sumergiría en un sueño letárgico para siempre. No estaba seguro aún, si eso era liberarlo. Pero mi tiempo se había reducido a cero y tenía que actuar. Opté por la decisión menos convencional. Tomando en cuenta que me encontraba en el tronco encefálico decidí lanzarme por el acueducto del cuarto ventrículo y ahogarme en esos mares cefalorraquídeos tormentosos, pero a la vez maravillosos y calmos, tal cual el alma de mi buen amigo. Mientras el líquido me hundía lentamente, pensaba en la soledad de Ireneo, y también en la mía. Ahora que partía, mis recuerdos se desvanecían en el olvido de ese mar infinito que llaman eternidad.
Cuánto cuento cuántico
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