LENGUA MUERTA, PALABRAS VIVAS

LENGUA MUERTA, PALABRAS VIVAS

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Durante años estudié lenguas muertas, convencida de que cada idioma arrastra consigo un mundo distinto. Sin embargo, nunca imaginé que pudiera existir una tan poderosa que alterara la realidad con cada palabra leída, como si el simple acto de nombrar ya fuera, por sí mismo, una forma de borrar.


En una biblioteca olvidada de Buenos Aires, entre estanterías cubiertas de polvo y corredores silenciosos que parecían no llevar a ninguna parte, hallé un libro encuadernado en cuero antiguo, cuarteado en los bordes y con ese desgaste silencioso que solo dejan los años de abandono. No tenía título en el lomo ni marca alguna que indicara su origen. No obstante, sin saber explicar el porqué, captó mi atención al instante y lo abrí.


Sus páginas estaban cubiertas de caracteres que me resultaban familiares, aunque imposibles; como si mi mente los reconociera y, al mismo tiempo, me negara su comprensión. Había algo inquietante en aquellas grafías, un ritmo que parecía acompasarse con mi pulso y que me empujó a intentar leer la primera palabra.


En el mismo instante en que lo hice, la desaparición fue inmediata. La taza de té que había dejado sobre la mesa unos segundos antes ya no estaba. No cayó, no se rompió: simplemente dejó de existir. Con una mezcla de incredulidad y torpeza, como quien repite un gesto absurdo esperando otro resultado, seguí leyendo. 
Entonces, un periódico que descansaba en un atril junto a la ventana se deshizo en el aire, sin ruido, sin rastro. De forma casi automática, continué leyendo, y un pequeño jarrón que contenía unos lirios marchitos desapareció; durante un instante, las flores quedaron suspendidas, como si no supieran que ya no tenían dónde apoyarse, y luego cayeron sobre la repisa, inertes, ajenas a lo que acababa de ocurrir.


Entonces comprendí, con una certeza que se iba imponiendo, que aquello no era un libro cualquiera. Era, de algún modo, un diccionario de la desaparición. Y cada palabra leída borraba del mundo aquello que nombraba.


Al principio temí por los objetos más próximos, por las cosas pequeñas y prescindibles. Después pensé en lugares, en voces, en rostros; en definitiva, en recuerdos que ya nadie podría recomponer del mismo modo. Fue entonces cuando cometí un error irreparable. Recordé a mi perro, mi compañero inseparable durante diecisiete años, corriendo cuando aún era un cachorro, dando saltos torpes y felices por la terraza de mi casa en Recoleta, como si aquel espacio no tuviera límites ni fronteras para él. Y, sin darme cuenta de lo que hacía, una palabra surgió de mis labios, como si una fuerza implacable del libro me hubiera empujado a pronunciarla.


Sinceramente, no sé si la leí en aquella página abierta o si, de alguna forma inexplicable, ya la conocía. El caso es que la pronuncié en voz alta y, como consecuencia, todo aquello —la imagen, el sonido, el olor, incluso la sensación cálida que acompañaba al recuerdo— se desvaneció de golpe, dejando en mí un vacío enorme y casi palpable, una ausencia que se imponía a la ternura que antes me confortaba.


Entonces me di cuenta de que se trataba de algo que iba mucho más allá de los objetos. Incluso mi propio reflejo comenzó a parecerme inestable, como si dependiera de un equilibrio demasiado frágil. Como si bastara una palabra más —la equivocada— para borrarme también a mí y, comprendí, con un estremecimiento silencioso, la magnitud de lo que tenía entre manos. Cada palabra era un acto de desaparición. Cada línea, un riesgo. Cada página, una amenaza. Cada hoja, una grieta en el mundo. Y el libro entero… un precipicio hacia la nada.


Con cada nueva palabra leída, la biblioteca misma parecía temblar. Sentía que los pasillos se estrechaban, que los estantes crujían, y que el silencio adquiría un peso extraño, como si estuviera compuesto de todo lo que ya no estaba. Pensé que, si lograba registrar lo que desaparecía, podría al menos conservar una huella. Fue entonces cuando me obligué a anotar cada pérdida, cada objeto borrado, cada intento fallido de comprender lo que estaba ocurriendo. Pero pronto resultó evidente que era inútil. Las palabras que escribía comenzaban a vaciarse, como si se consumieran desde su esencia. Y lo peor: algunas notas dejaban de referirse a algo reconocible. No sabía si lo había olvidado… o si ya no existía en absoluto.


No hubo un momento exacto en el que decidí detenerme. Más bien fue un cansancio progresivo, una intuición difícil de explicar.


Ahora el libro descansa cerrado sobre mis piernas. No lo he devuelto a la estantería. Tampoco me atrevo a alejarme demasiado. Cada página que dejo sin leer es un acto de supervivencia. Cada silencio, una resistencia contra la desaparición. Porque en esta lengua —muerta de nombre, viva en efecto— leer es hacer desaparecer, y callar es lo único que aún permite que algo permanezca. Y, mientras lo sostengo, siento que el mundo entero se sostiene de igual manera; por el equilibrio precario entre lo que se dice y lo que no, entre la memoria que guardamos y los vacíos que ignoramos.

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