La geometría del delirio.

La geometría del delirio.

Emil Santos

01/04/2026

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Bajo la cúpula cenicienta del recuerdo – gris archivo de infinitos corredores –, tras haber visitado ayer a mi hermano Pedro Julio en el hospital mental, me persigue un pensamiento vigilado por un coleccionista de pesadillas antiguas. Esa idea se presenta en forma de encrucijada. No pretendo afirmar que tengo la razón, ni siquiera pretendo que todos me crean; sé que la verdad suele manifestarse como un laberinto hostil en el que nos perdemos por exceso de luz. Sin embargo, me atrevo a pensar que habrá alguien en el mundo con un sentimiento similar.

Al llegar al centro psiquiátrico, me envuelve un sentimiento denso: una mezcla de tristeza e impotencia. Me rehúso a aceptar que mi hermano, a tan corta edad, habite aquel silencio. Él había nacido sano; nunca padeció dolencia alguna, no se enfermó. Pero su mente se fue deteriorando con los años, en un proceso que los médicos nunca pudieron predecir ni explicar, como si sus genes cargaran una condena genealógica ineludible. Me entristece verlo así: un día dueño de una lucidez bibliográfica y al otro distante. Pedro Julio habita en un tiempo circular, donde los espejos no devuelven su rostro, sino la huella de su ausencia. No sé si su amiga Sophia exista o sea una cifra de su delirio, o si realmente ve espíritus como manifiesta. Quizás Sophia sea el nombre de una sabiduría vedada para los cuerdos, una deidad íntima que lo conduce por los corredores de la sinrazón.

Recuerdo que, de niño, aunque él era mayor – por un par de años –, debía defenderlo frecuentemente. El destino, aficionado a las simetrías irónicas, me concedió la fuerza para proteger a quién, por ley natural, debía conducirme. Cuando lo golpeaban o le hacían caer, él solo sonreía. Aquella risa era un dédalo infranqueable, un muro de espejos que apartaba su numen de la brutalidad de la materia. En mí, su visión destrozaba los infinitos corredores del ser; era como atisbar a un arcángel lapidado por ciegos que jamás han vislumbrado el fulgor de lo eterno.

Me asustaba cuando hablaba solo. Entonces imaginaba que era un ritual en el jardín del silencio. A veces me hablaba de temas ajenos a nuestra edad; no podía haberlos visto en televisión o en otro medio, pues el mundo exterior era apenas un rumor. Mencionaba hombres con alas o esferas de luz moviéndose, como si el éter estuviera cuajado de jeroglíficos radiantes que solo él descifraba. Pero más me sorprendió cuando habló del baile de los átomos y de la velocidad de la luz, temas que solo ahora encuentro en manuales de física que pretenden explicar el universo.

Una noche, mientras descansaba en el sillón de la sala, me vi de pronto cruzando aquellos pasillos. Mi mente añoraba inverosímilmente encontrarlo sujeto a la realidad; rogaba por un equívoco milagro para no verlo en su deterioro secuencial. Al llegar al patio donde estaba, mi percepción cambió abruptamente: lo vi lleno de vida y sonriente, como si la vida misma le hubiera devuelto lo arrebatado. Corrió a abrazarme con una fuerza olvidada y, con un brillo inusitado en los ojos, comenzó a hablar.

– Te contaré algo de las almas y su funcionamiento real – me dijo con seguridad absoluta.

– De acuerdo, le respondí, sorprendido por su firmeza.

– Las almas usan los cuerpos solo como transporte; quienes evolucionan son ellas. Biológicamente constamos de lo mismo desde hace mucho tiempo.

Hizo una pausa, tomó mi mano derecha y la llevó a su pecho y continuó:

– No somos sino la liviana cáscara de un proceso arcano e invisible, un mero simulacro carnal al servicio de un espíritu insomne. –

Sus palabras se clavaron hondo. Me alegraba verlo sano y aún más por la rigurosidad geométrica de su relato; era como si leyera una enciclopedia invisible.

– La evolución que percibimos y de la cual hemos estado mal interpretando, se demuestra con la gráfica de la campana de Gauss, la humanidad es una estadística espiritual. En los extremos de esa curva, se halla lo más evolucionado a la derecha y lo menos a la izquierda; en el centro, el común. Con el tiempo, la gráfica se desplaza a la derecha y se transpone, reemplazando los tiempos. Lo que ayer era la cima de la evolución, mañana será apenas el punto medio de una escala superior que no alcanzamos a vislumbrar. –

Aquello me hizo reír, pero luego cobró fuerza en mi pensamiento. Me pregunté si su demencia no radicará en el confín derecho de esa campana gaussiana, donde la lucidez se dilata hasta fundirse con el abismo, en un Aleph de transparencia insondable.

– Ahora observa cómo se interponen estas mismas en otros planos. – continuó.

Dibujó en el suelo una línea recta con puntos separados que nos representaban. Encima trazó otra paralela y proyectó desde los puntos inferiores líneas en dirección aproximada de 45°. Esa proyección era el puente hacia lo invisible, la diagonal que rompe nuestra mirada tridimensional. En la línea superior, los puntos se sobreponían, demostrando su unión. Al sumar más líneas y proyecciones, llegaba un punto donde todos esos seres se transponían. Pedro Julio llamaba a ese lugar la unidad o el punto Aleph. Decía que allí las almas conforman un solo ser, demostrando una existencia superior que controla todo al final. Cada línea era una dimensión, un espacio al que no podíamos acceder…al menos, no por ahora. Fue algo que nunca entendí, pero se quedó haciendo eco en mí.

De pronto, la imagen de mi hermano se desvaneció. Desperté y noté que había dejado la televisión encendida. Transmitían una entrevista grabada en los años setenta, en el programa Historias Asombrosas, donde un científico mencionaba, casi de forma literal, lo que acababa de soñar. Apagué el televisor, sumido en un silencio denso. Luego me sobresaltó el sonido repentino de mi celular: era la alarma que me recordaba la visita a mi hermano ese mismo día. Me quedé inmóvil, preguntándome si el sueño fue una premonición o un salto a esa dimensión que él ya habitaba.

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