Pasos para dejar de ser robot

Pasos para dejar de ser robot

Noah Liberman

05/09/2022

El chirrido agudo de todas las mañanas, seguido del golpe al cacharro que emitía el perturbador sonido, Elena abrió sus ojos como dos huevos viendo el cielo gris con recelo, giró sus piernas, colocándose las pantuflas con precisión exacta.

El resto de movimientos eran los mismos de cada mañana, baño, dientes, ropa de color oscuro, cabello peinado, rostro pálido y mirada sin vida.

Había otra persona en la casa, preparaba el café negro en una cocina blanca, se saludaron con un extraño gruñido.

Se detuvo un momento en la puerta antes de iniciar la marcha en la calle de altos edificios grisáceos que hacían juego con el cielo, poco a poco llegó hasta el tubo que finalmente la escupiría cerca del trabajo, una voz deshumanizada daba las mismas instrucciones día tras día por un parlante, Elena nunca la había escuchado realmente. Otro personaje la tropezó, luego otro y otro más, ninguno de ellos pareció percatarse, la culpa había sido de ella, había un ritmo y no lo estaba siguiendo, apretó su brazo lastimado y se montó finalmente en el metro.

Esa mañana se sentía distinta, no sabía si había sido el café o un mal sueño, echó un vistazo al resto de los pasajeros y estrujó sus ojos, sin dar crédito a lo que veía, el hombre de al lado de ella la tropezó con su brazo mecánico, creyó que el golpe había sido seguido de una disculpa de la misma voz que salía del parlante.

La mujer lo vio a los ojos, volvió a entrecerrar los propios, no había mirada, una especie de grandes lentes negros en donde su propio rostro aturdido se reflejaba.

En ese momento se abrieron las compuertas, era su parada, intentó unirse a la precisa marcha que descendía, pero esa mañana había olvidado los pasos, torpe, se tambaleaba, los demás seguían su camino, como pudo se detuvo en el costado y desde la escalera los pudo observar bajando y subiendo del tubo blanco, ataviados de sus rígidos trajes negros.

Un rizo se soltó del cabello perfectamente peinado de Elena, extrañada intento incorporarlo con fuerza al resto de su melena, el timbre de su teléfono empezó a sonar con insistencia, estaba retrasada, hacía 5 minutos que debía haber estado en su trabajo.

Con prisa corrió hasta llegar a la enorme torre, una puerta automática le dio el paso, colocó su huella para poder continuar, el vigilante de pie repetía una misma frase, con la misma entonación a todos los presentes, Elena se acercó intentando llamar su atención y con el dedo tocó su brazo, pero el hombre vestido con su camisa blanca siguió con su labor, ella insistió, no podía sentir la carne en el brazo de aquel vigilante, con el rizo nuevamente en su frente miró con extrañeza al hombre.

– Buenos días- contestó el vigilante

– ¿Cómo está?- preguntó Elena con una sonrisa

– Entrada con acceso autorizado en caso contrario regístrese en el mostrador

– Solo quería saludarlo, imagino nos vemos todas las mañanas

– Entrada con acceso autorizado en caso contrario regístrese en el mostrador

    Elena lo tocó nuevamente, mirándolo a los vidriosos ojos

    – Es increíble, parece de verdad-

      Al entrar en la aséptica oficina donde trabajaba, se dio cuenta que sus compañeros lucían exactamente igual que las personas del metro, hizo un esfuerzo por recordar sus nombres, ninguno de ellos parecía darse cuenta de que ella estaba allí, sin embargo, parecían haberse dado cuenta de que llegaba con retraso.

      – Buenos días, disculpen por el retra…- Elena no continuó la frase, no parecía importar a nadie

        Se sentó en un diminuto cubículo blanco, con un escritorio, un computador, carpetas y un lapicero, como el de al lado, como el de frente y de atrás de ella, el sonido de las teclas al compás, de los pasos en el suelo, al unísono, ensayados y aprendidos, el cabello de Elena se soltó por completo, el primer botón de su camisa cayó al suelo.

        – Para hoy- dijo una voz grave soltando una pila de carpetas en el escritorio

        – Espere, es que no me siento muy bien hoy

          El hombre de la voz grave siguió su camino, su pierna parecía hacer un cierto chirrido al caminar como de si una pierna mecánica se tratara, Elena tomó la carpeta y comenzó a repetir números, cifras, estadísticas como cada día de los últimos años, no significaban nada, al menos no para ella, un sueldo al final del mes como para todos los demás, esa era la cifra más pequeña, y a veces la más vacía.

          ¿Qué ocurriría si no terminaba la pila de números?, se iría, vendrían otros, de traje negro, camisa blanca y mirada vacía, estaban afuera, en fila, esperando la silla, practicando con sus dedos el movimiento del teclado.

          Aturdida se levantó, comenzó a caminar por los pasillos, a observar a los compañeros con quienes había convivido más tiempo que con su familia, que con sus amigos, no podía distinguir sus rostros, ellos tampoco el de ella, sus brazos, sus cuellos eran también de metal, como los del hombre de la entrada, sus ojos eran incapaces de mirar y solo reflejaban los falsos cielos, y las luces artificiales, sus pulmones respiraban el frío aire que esparcía una máquina no muy diferente a ellos, mientras sus bocas sorbían un desabrido café de un vaso de cartón.

          Un intenso rayo de sol encandiló a Elena para luego mirar su propio reflejo en el ventanal, para su sorpresa  su rostro ya no estaba pálido y  su ropa ya no era negra, una melodía vino a su cabeza ocultando el compás del teclado, con paso alegre y desencajado del resto salió de la alta urna con ventanas, el cielo azul acompañó su sonrisa, y con calma llegó hasta su casa, abrió la puerta que hacía años había mantenido cerrada, y con lágrimas cálidas en sus ojos, sacó los viejos pinceles, era tiempo de que su mundo fuese otra vez de colores. 

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