Las manos recuerdan

Las manos recuerdan

Harpo

05/08/2022

Mis manos, algo pequeñas, demasiado suaves, no hacen justicia a las manos que las han precedido. Si se estrecharan, no se reconocerían. Tanto de hombres como de mujeres eran manos endurecidas por la recogida de espigas, de forraje y de madera, por el manejo de la azada y por los pellizcos del arado. Y a pesar de ser un trabajo ingrato, ejercido por muchos y despreciado por los legos, entre estos últimos todavía había quienes, no tanto por caridad como por avaricia, estaban dispuestos a librarles del yugo, pidiendo a cambio solo su hambre.

Uno de mis bisabuelos, contaban, viajó hasta América en busca de trabajo cuando, al terminar la Primera Guerra Mundial, derrotado en un país victorioso, le arrebataron sus escasas tierras de labranza. Y allá fue, a los bosques de Michigan donde le contrataron para talarlos en nombre de alguna compañía ferroviaria norteamericana, como si los trenes herrumbrosos se sintieran menospreciados por la gracia natural de abetos y robles. Manejaba con habilidad el hacha y la sierra, acostumbrado desde niño a ayudar a su tío que procuraba madera a los carpinteros de la ciudad más cercana. Muchos años después, uno de sus nietos, tal vez inspirado por los ecos de esta historia, solicitó sin resultado un visado para trabajar en una compañía maderera en Alaska. Él vería Chicago y Nueva York como turista y no sé si alguna vez pensó en que, en esos mismos lugares, unos sesenta años antes, su abuelo sería el primer habitante de su pueblo en ver por primera un rascacielos. En su pueblo natal, donde había dejado una esposa y un atajo de chiquillos con la promesa de regresar en cuanto hubiera ahorrado suficientes dólares como para comprar nuevas tierras, nada sabían de rascacielos. La imaginación popular de la región, durante siglos había sido dominada por la presencia inamovible de los Alpes en cuyas estribaciones orientales se situaba el pueblo.

Más al norte, en los valles donde se hablaba alemán, se contaban historias sobre antiguas disputas entre los hombres del valle y los enanos de las montañas. También de reyes avariciosos y de sus guerras para arrebatar a los enanos los tesoros extraídos con esfuerzo de las montañas. Solo un pueblo desperdigado en valles o en las laderas podía imaginar este tipo de historias. Solo esas espaldas rotas y esas manos cansadas de campesinos sometidos a un clima indócil podían levantar la vista y sentir envidia y esperanza a partes iguales al contemplar las montañas y soñar con sus secretos.

Para cuando mi bisabuelo se embarcó ‒desde Génova o Marsella supongo, por ser los puertos comerciales más cercanos‒ la guerra, a base de cañonazos y de los túneles excavados por los zapadores e ingenieros austrohúngaros, alemanes e italianos habían terminado de desterrar todas las antiguas historias de esos montes a los libros de cuentos infantiles. Las entrañas de las montañas estaban tan vacías como las esperanzas de los hombres. Pero con la guerra aparecieron historias nuevas: aquellos con edad para recordar cuentan como la tierra arcillosa del Pasubio se volvió roja solo entonces, teñida por la sangre de los soldados de la Gran Guerra.

Las historias traídas de América por mi bisabuelo no cruzaron intactas el arco de tiempo que nos separa. Solo han trascendido los hechos y alguna anécdota. Como no podía ser de otra forma, en la epopeya de un campesino en el corazón industrial del mundo moderno, permeó en la memoria de los descendientes el recuerdo de las injusticias y los abusos. Allí también, como en el Viejo Continente, los patrones y los capataces no dudaban a la hora de estafar a un campesino, además de extranjero, analfabeto. Cuando este y otros muchos como él reclamaban lo suyo y exigían justicia, esos mismos patrones esgrimían papeles y documentos escritos en una lengua que podía ser cualquiera y, golpeando con la punta del índica una X garabateada en alguna latitud incierta, sin poder reprimir una sonrisa, decían: «Este eres tú; that’s you, pal

A pesar de los contratiempos y los abusos, en no demasiado tiempo, mi bisabuelo consiguió ahorrar lo suficiente para el pasaje de regreso y para recomprar las tierras también arrebatadas a punta de papel. Esa vez anterior habían sido los hombres del clero, los funcionarios del obispado, quienes habían desenterrado un título de propiedad en algún sótano para reclamar una fortuna a ese campesino ignorante que ocupaba ilegalmente con su familia las tierras de la santa iglesia católica.

A diferencia de los reyes de las antiguas historias, mi bisabuelo no había intentado apoderarse del tesoro de otros. Él atravesó medio mundo para romperse la espalda y los riñones en los bosques de Michigan, solo para recomprar la tierra donde su familia había vivido y trabajado durante generaciones. Desconozco si aprendió a garabatear su nombre cuando recompró las tierras al clero. Si lo hizo, puedo imaginar sus manos, grandes y callosas, trazar con letras toscas y torcidas su nombre: Lighezzoli, Giuseppe. Se tuvo que sentir orgulloso.

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