Harina, agua y sal

Harina, agua y sal

Roberto S.

29/07/2022

Harina, agua y sal. Estas tres palabras habían acompañado a Toshiro desde su llegada a la gran ciudad hacía más de treinta años. La muerte de Katsuki le había empujado a abandonar su pueblo natal. Regentaba un pequeño establecimiento de fideos situado en una gran estación de metro y, poco a poco, su fama como gran maestro cocinero había ido en aumento. Había perdido la cuenta de cuántos platos había servido. Apenas distinguía entre el día y la noche y los clientes se iban sucediendo a todas horas.

La harina constituía el ingrediente básico. Venía de los campos de trigo cercanos al lugar donde nació y donde, fugazmente, fue del todo feliz. Un viejo compañero del colegio le proveía de los sacos necesarios a cambio de un precio razonable. Sin embargo, en los últimos años, el grano se iba encareciendo y cada vez había que ajustar más los costes. Tenía que tener la fuerza suficiente como para que los clientes más lentos no comieran sus fideos demasiado gomosos. Y, al mismo tiempo, no podía ser demasiado rígida ya que en caso contrario no daría tiempo a que las masas fermentaran antes de que llegaran los comensales del turno de tarde.

Agua. Sin duda, el ingrediente más especial. La cantidad que empleaba cambiaba en función de la estación del año. En verano, el cliente habitual mutaba del serio oficinista al estudiante ocioso y el turista extranjero. Por ello, ponía menos agua a la masa haciendo que los fideos cogieran más resistencia a fin de pasar más tiempo sumergidos en el caldo. En invierno, exactamente lo contrario. Sus clientes más fieles no le perdonarían que estuvieran demasiado duros ya que el frío les empujaba a comerlos cuanto antes.

Sal, el ingrediente más delicado. Un uso excesivo ocasionaría las quejas de sus clientes mayores tan preocupados por la tensión. Unos fideos sosos le harían perder a buena parte de todos aquellos jóvenes que buscaban sabores cada vez más fuertes.

Y, sin duda, sus manos. Toshiro había exigido demasiado a sus pequeñas manos sometiéndolas a horas y horas de amasado. Ya no recordaba cuántos comerciales habían visitado su establecimiento con suculentas ofertas de alquiler de artilugios para amasar. Nunca le convencieron ni las máquinas ni los vendedores. Los fideos no sabían igual. Además, ello le obligaría a pasar menos tiempo en su pequeño establecimiento sin saber muy bien a qué dedicarlo.

El dolor se hacía cada vez más insorportable. Ya no era capaz de amasar a la misma velocidad y eran muchos los clientes a quienes había tenido que anunciar que se había quedado sin fideos. Los precios seguían creciendo y la estación de metro iba poblándose con nuevos restaurantes.

Una mañana de invierno Toshiro se apeó del vagón del tren que lo conducía a la estación donde trabajaba. Entró en el local y comenzó a preparar las primeras masas que habrían de dar de desayunar a los oficinistas más madrugadores. Horas después se dirigió la puerta de entrada para colocar el cartel que anunciaba que la cocina estaba abierta. Sin embargo, no se había formado ninguna cola. Miró a su izquierda y a su derecha y no descubrió a nadie en actitud de espera. Algo le llamó la atención al fondo de la estación. Sin quitarse el delantal se dirigió al otro extremo y, fatalmente, descubrió que se había instalado una máquina de fideos instantáneos ante la que sí se había formado una cola. Temeroso de que algún avispado cliente le hubiera robado la receta, decidió comprar un envase y probarlo por sí mismo.

Sentado en su pequeño restaurante, con la puerta cerrada y las persianas echadas, probó el invento que había vaciado su restautante. Los fideos eran repugnantes. La textura se parecía al plástico, ardían y solo sabían a sal.

Deprimido ante el hallazgo Toshiro entendió que su tiempo en la gran ciudad había terminado. Traspasó su establecimiento con la única condición de que no albergara ninguna máquina de comida instantánea. Cogió el mismo tren que le había traído a la ciudad décadas antes y se asentó en el único lugar en el que todavía apreciaban la harina, el agua y la sal.

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