Soy un bibliotecario público. Bueno, trabajo en una biblioteca pública, y he decidido escribir lo que me ha sucedido en mi lugar de trabajo en los últimos… días.

Podría definir mi función como la más monótona y aburrida del mundo, pero solo si yo fuera un engreído. La realidad es otra, ya que gracias al poco movimiento que hay en nuestras instalaciones, puedo dedicarle tiempo a mis ejercicios cerebrales, es decir, a la completación de crucigramas, sopas de letras, sudokus, entre otros.

Por lo general, me desempeño en el área de recepción; no es para vanagloriarme, pero es obvio: soy la cara de la institución. Sin embargo, algunas veces también estoy en las salas de consulta y otras en la de fotocopiado; otras tantas también hago de guía.

La mayoría de los usuarios son personas adultas; comúnmente superan los treinta años. Los más jóvenes dicen que los libros les producen cualquier tipo de erupciones o alergias y piden una computadora, pero nosotros no contamos con esos equipos ahorita. No obstante, ese no es el asunto que quiero dejar aquí registrado, por si me llegara a suceder algo.

Todo inició hace veintiún días. Yo estaba en la recepción y eran cerca de las dos de la tarde, es decir, faltaba poco para terminar mi servicio, cuando un hombre anciano, vestido de traje azul oscuro, me entregó un libro y con voz disfónica y sufrida me dijo: “Lee la página 56 y comprenderás el mundo”.

Ignoré lo de la comprensión del mundo, aunque sí revisé el libro, y mientras lo hacía pensé que se desintegraría en mis manos si realizaba algún movimiento brusco, así que lo coloqué en el escritorio para terminar de ubicar la página referida. Hoy no sé por qué lo hice y me arrepiento de ello. Cuando di con la página, quise preguntarle al hombre si el libro era propiedad de la biblioteca, pero ya había desaparecido.

El cuento se titulaba: “El libro de arena”. Insisto: no sé por qué lo hice, me temo que algún tipo de hechizo me obligó a hacerlo. La historia trataba de un libro sin principio ni fin, cuyo número de páginas era infinito e imposibles de releer; aun así, consideré que era un cuento como cualquier otro. Constaté que el ejemplar no tenía ninguna identificación de la biblioteca y lo dejé en uno de los cajones de la recepción, luego salí.

En la mañana, lo encontré en la sobrecubierta de la recepción y lo leí nuevamente. La lectura se repitió cinco veces ese día. Al terminar mi jornada, volví a engavetarlo; pero al iniciar la siguiente, estaba en la cubierta. Esa vez, lo leí en siete oportunidades. Al tercer día, fue igual; al cuarto, también, y las lecturas se repitieron diez y quince veces.

Al sexto día, antes de terminar el turno y después de releerlo por vigésima vez, decidí quemarlo a las afueras de la biblioteca. Sin embargo, al retornar en la mañana, lo hallé intacto en el escritorio. Lo agarré con desprecio y lo quemé sin importar que me descubrieran. Me sentí victorioso entonces, pero en horas del mediodía lo tropecé en la mesa del comedor. Iracundo, le grité a mis compañeros de mesa que ya me tenían harto con el libro, y les exigí, además, que se dejaran de payasadas porque no me hacía responsable de mi reacción. Todos me miraron con cierta impresión y un gesto que no me agradó; solo uno de ellos me respondió con el nombre del autor. No soporté la frustración y los abandoné.

Busqué la bibliografía del autor en Internet tratando de hallar una respuesta, pero no tuve suerte. La indagación solo me sirvió para darme cuenta de que mis problemas de visión estaban agravándose, ya casi no distinguía las letras de los crucigramas, aunque extrañamente diferenciaba con claridad el texto del cuento.

Empecé a conseguirme el libro en el baño, comedor, salas de lectura, restaurantes, iglesia, plazas… En cada ocasión debía hacer un esfuerzo sobrehumano para alejarme, ya que el libro me absorbía y me obligaba a leerlo una y otra vez. No obstante, cada día perdía fuerzas, y en la octava noche surgieron los sueños: en unos yo leía el libro, en otros, el libro me leía a mí; había escenas en las que me perseguía y, luego de atraparme, me comía bañado en salsa de champiñones. Entonces dejé de dormir en mi casa para hacerlo en el trabajo, pero era lo mismo, los sueños seguían.

Uno de mis compañeros, después de comentarle lo que me ocurría, me llevó con un psicólogo amigo suyo. Él me diagnosticó estrés y me dio tres días de reposo. Fue peor. Comencé a vestir de traje azul dentro de mi casa, a recitar de memoria titulares de periódicos y títulos de libros que no conocía; luego transcribía el cuento una y otra vez, también de memoria. Al principio escribía en papel, pero se agotó rápido y utilicé la computadora.

Visité al psicólogo nuevamente y le comenté mis recientes e incontrolables cambios de rutina. Me habló de un TOC, me dio tres días más de reposo y me mandó terapia. Le insistí, pero me prohibió trabajar hasta entonces.

No ha funcionado la terapia. Sigo vistiéndome de traje azul y escribiendo una y otra vez, repitiéndome una y otra vez. Ahora el libro está conmigo y en cada espacio que diviso, incluso debajo de mis pies; me veo caminando sobre sus páginas, guiando a cuerpos hechos de letras por una biblioteca interminable, de pasillos infinitos. Ya no como, leo y satisfago mi apetito. Mis articulaciones se han vuelto algo obsoletas y mi piel ha perdido elasticidad. Estoy a punto de quedar absolutamente ciego, mi acento ha cambiado y tengo la sensación de que puedo hablar latín, inglés, francés y hasta alemán.

Hace veintiún días yo era… ¿Hace veintiún días?

Tu puntuación:

URL de esta publicación:

OPINIONES Y COMENTARIOS