Toda mi vida solo he sido y aun soy, un “Fan Boy” de Pedro Paramo.
No mucho más.
Con una moto china de bajo costo dejé todo atrás y me interné en el Méjico profundo, 14 horas de camino por autopistas, carreteras y ahora un estrecho sendero hecho prácticamente de polvo. El monótono crujido del motorcillo de dos tiempos, como de máquina de coser, me tenía ya al borde de la demencia o ya dentro de ella, no lo sé. Mi entumecida espalda, piernas y brazos hacía rato ya los había dejado de sentir, sabía que ya la sangre no circulaba por ellos, pero no podía ya parar, me veía a mí mismo perdiéndome en el horizonte.
Y de repente, se abrió el paisaje. Tenía a Comala bajo mis pies, había esperado toda mi miserable existencia para este momento, las horas y horas, leyendo y releyendo a Rulfo se reducían a este momento. Mis ojos no pudieron llorar, lo intentaron, pero el polvo se bebió mis lágrimas.
El aviso de madera con un simple “No pasar, Pueblo maldito” más bien me dio risa, yo había nacido para esto y nada me detendría. Le di el último acelerón a “todo lo que da” a la motina hasta llegar a las afueras del pueblo, sabiendo que le fundiría el motor, sabiendo que era un viaje de no retorno.
Tardé varios minutos sacudiéndome el polvo de varios colores, de múltiples capas, desde crema hasta café. Llevé la moto arrastrada, muerta, exhausta, como buen habitante de este pueblo, pensé sonriendo, y la deslicé por un matorral.
Me colgué mi mochila y empecé a caminar por la calle central del pueblo, un paso a la vez, saboreando las maravillas que se cruzaban por mi mente. Conocía cada esquina, cada recoveco y de inmediato me dirigí hacia el rancho de La Media Luna.
Las voces las comencé a escuchar casi desde el principio, no me inmuté, contaba con eso, me alegraban la existencia, me hacían sonreír y me daban un sentido de pertenencia que me había hecho falta toda mi vida. Estaba en casa, pensé.
En realidad, no conseguí llegar al rancho, los llamados del pueblo eran demasiado intensos como para intentar seguir. Miré hacia un lado y vi una puerta entreabierta, me interné en ella, la salita me parecía acogedora como para pasar allí los próximos 10.000 años. Había una mesita con su silla, ambas desvencijadas por el olvido. Me senté, saqué de mi Mochila mi ejemplar de Pedro Paramo y empecé a leer, Aunque me sabía todo de memoria las palabras tenían ahora verdadero significado. Con cada página pasada perdía vida y ganaba espíritu, finalmente los habitantes del pueblo hicieron presencia y se agolparon frente a mí, me levanté de la silla con una agilidad que no había sentido nunca antes y los fui saludando por su nombre uno a uno, con la felicidad a flor de piel.

Cartas desde el polvo
OPINIONES Y COMENTARIOS