Madre: ¿nunca te planteaste negarme la vida a pesar de lo que suponía una boca más que alimentar en una tierra reseca, consumida y estéril? Fue un acto de valentía o tozudez o de egoísmo por tu parte, aunque quizás paguemos un alto precio.
Ante el asombro y miedo que sentiste cuando se encendió el relámpago de certeza, sí (ahí estaba yo) pusiste tu determinación de llevar a cabo la preñez.
Te alegraste por ti. Por fin tendrías compañía y “algo” que sería tuyo. Tu vida hasta entonces había sido puro arrimo porque eras huérfana, sin parientes próximos y los lejanos que tenías se desentendieron de ti. A pesar de la negrura de tu vida muy al fondo de tu ser empezó a brillar una luz temblorosa.
Sabías que ibas a criarme sola. Y presentías que nos moriríamos de hambre. No le dirías nada a aquel malnacido que te violó en una noche de borrachera cuando no callaban ni las ranas ni los grillos y el maíz ya maduraba.
Las pocas veces, en dos ocasiones, que se te escapó delirando el nombre: “la bestia”, me enteré como te dejó preñada. El amo les había dado a los pocos jornaleros que le quedaban unos cuartos para que se alegraran en “el mitote” emborrachándose y así se olvidaran del ambiente enrarecido que reinaba en este villorrio llamado Comala. “La bestia” cómplice y al servicio del amo te tenía en su pensamiento y no dejaba de intimidarte con su mirada de ave rapaz desde que te descubrió en la trastienda del colmado donde te alimentaban a cambio de tu trabajo. Al final te atrapó y violó hasta que perdiste el conocimiento.
Te encontraron unos aldeanos y te llevaron a la iglesia para que el párroco te diera cobijo. Oculta y de malas maneras te auxiliaron, aunque no te podías quedar porque hasta allí llegaban las redes depredadoras del cacique.
Habías visitado el infierno más de una vez y te preparabas con desconsuelo infinito para el momento en el que posiblemente volvieras a hacerlo.
Siguiendo una voz interior te alejaste de allí cuando la noche empezaba a ganar terreno al día aprovechando el paso de unos arrieros que iban ambulantes de pueblo en pueblo vendiendo baratijas.
Permíteme madre poner en duda si ha sido un acierto o no que me dejaras vivir. ¿Por qué traer una criatura a este mundo miserable? ¿Para pasar hambre? ¿Para pasar frío? ¿Para sufrir desesperanza? Hasta ahora has podido ocultar el embarazo, pero ya no va a ser posible. ¿Qué vas a hacer con nosotras?
Yo también soy mujer, aunque tu quizás no llegues a verme nunca.
¡Madre! ¡Madre! ¿Quién pondrá los lazos negros en las puertas si no queda nadie?
Cartas desde el polvo
OPINIONES Y COMENTARIOS