Madre: ¿nunca te planteaste negarme la vida a pesar de lo que suponía una boca más que alimentar en una tierra reseca, consumida y estéril? Fue un acto de valentía, tozudez o de egoísmo por tu parte, aunque quizás paguemos un alto precio.
Ante el asombro y miedo que sentiste cuando se encendió el relámpago de certeza, sí (ahí estaba yo) pusiste tu determinación de llevar a cabo la preñez.
Pido a gritos que me escuches:
-Te alegras por ti. Tendrás “algo” tuyo. Estarás acompañada.
Tu vida hasta entonces había sido puro arrimo porque eras huérfana, sin parientes próximos y los lejanos que tenías se desentendieron de ti. A pesar de la negrura de tu vida muy al fondo de tu ser empezó a brillar una luz temblorosa.
Necesito desahogarme para comprender.
-Sabes que vas a criarme sola. Presientes que nos moriremos de hambre. No le dirás nada a aquel malnacido que te violó en una noche de borrachera cuando no callaban ni las ranas ni los grillos y el maíz ya maduraba.
Las pocas veces, en dos ocasiones, que se te escapó delirando el nombre: “la bestia”, me enteré como te dejó preñada. El amo les había dado a los pocos jornaleros que le quedaban unos cuartos para que se alegraran en “el mitote” emborrachándose y así se olvidaran del ambiente enrarecido que reinaba en este villorrio llamado Comala. “La bestia” cómplice y al servicio del amo te tenía en su pensamiento y no dejaba de intimidarte con su mirada de ave rapaz desde que te descubrió en la trastienda del colmado donde te alimentaban a cambio de tu trabajo. Al final te atrapó y violó hasta que perdiste el conocimiento.
– ¿Dónde vas muchacha?
-Te dejaremos en la iglesia.
– ¡Ocúltate! ¡Siempre hay ojos vigilando!
– ¡Gracias!
– No me las des. No se si el ministro de la iglesia te ayudará o denunciará al cacique. Son malos tiempos.
Habías visitado el infierno más de una vez y te preparabas con desconsuelo infinito para el momento en el que posiblemente volvieras a hacerlo.
Siguiendo una voz interior te alejaste de allí cuando la noche empezaba a ganar terreno al día aprovechando el paso de arrieros que iban ambulantes de pueblo en pueblo vendiendo baratijas.
-Madre: ¡Qué desafíos buscas si sabes de antemano que perderemos! Te admiro por que no te acobardas a pesar de estar confundida y desorientada.
Permíteme madre poner en duda si ha sido un acierto o no que me dejaras vivir. ¿Por qué traer una criatura a este mundo miserable? ¿Para pasar hambre? ¿Para pasar frío? ¿Para sufrir desesperanza? Hasta ahora has podido ocultar el embarazo, pero ya no va a ser posible. ¿Qué vas a hacer con nosotras?
Yo también soy mujer, aunque tu quizás no llegues a verme nunca.
¡Madre! ¡Madre! ¿Quién pondrá los lazos negros en las puertas si no queda nadie?
-Te pido perdón Madre porque gracias a ti he sido “algo” un tiempo porque nada es peor que la nada.
Cartas desde el polvo
OPINIONES Y COMENTARIOS