Carta al Padre Rentería

Carta al Padre Rentería

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Zapotitlán,

8 de diciembre de 1929

Tío:

Ni la guerra me hirió tanto como Susana, y de ella apenas salí vivo.

La conocí cuando “El Michoacano” me mandó ver si Pedro Páramo resistiría la revolución. Acampé en Cerro Prieto, cerca de las minas.

Una madrugada bajé al río Armería a llenar la cantimplora. La vi. Pálida como la pulpa del jinicuil.

—¿Eres de aquí? —le pregunté.

—De Comala.

Si lo hubiera sabido, me habría quedado. Habría limpiado de las botas de Miguel Páramo la sangre de mi padre con tal de abrir el postigo, oír esa voz, decir: «Susana». 

La última vez que la vi me tomó la mano. Engarruñada, sin despegar la vista del agua, sus párpados colorados.

—Ignacio, ¿recuerdas cuando nos conocimos? ¿Notaste algo entonces?

—¿Qué?

—Llevaba un anillo. Lo guardé el día en que me diste esto —tomó el dije de girasol que colgaba de su cuello—. Se llamaba Florencio. Lo veo. Lo sueño —entre sus manos ocultó el rostro.

Me quedé callado. Salieron unos pecaríes del juncal y cruzaron el río. 

—No nos volveremos a ver.

—Me hubiera gustado, Ignacio, que… No, vete.

—No puedo dejarte así.

—Lo sé —me puso la mano en la rodilla—. Mañana regresaré a Comala con papá. Perdóname.

La dejé ir.

Hoy soñé con ella. Estaba en la bruma, quieta, bajo la parota donde nos dijimos adiós.

Dígame, tío, si la ha visto pasar por Comala con el dije. Si lo lleva, regresaré.

Ignacio Rentería.

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