Tortilla sin cebolla

Tortilla sin cebolla

    – Ya llegué.

Gritó desde la puerta mientras dejaba la mochila en el suelo y entraba en la cocina a darle un beso. Ella se limpió las manos en el delantal y se dejó besar.

Al separarse, el niño la preguntó:

    – ¿Por qué lloras?

    – Por nada cariño, es por la cebolla, estoy haciendo tortilla, como a ti te gusta, con la                  cebolla picada muy fina para que notes el sabor, pero no te encuentres trozos.   

    – Eres la mejor. Avísame cuando esté para poner la mesa.

Le dio otro beso antes de meterse en su habitación.

Ella se giró, cogió otra cebolla y se puso a cortarla, muy fina, en trozos diminutos, prácticamente un pure. Notó la irritación en sus ojos y como las lágrimas comenzaban a brotar, fue entonces cuando se sintió liberada y dio rienda suelta a su propio llanto, el provocado no por el suculento bulbo si no por el recuerdo del encuentro con el padre del niño, su exmarido. Había pasado mucho tiempo desde la última vez, cuando les dieron la sentencia del divorcio. No le echaba de menos, todo lo contrario, pero ese encuentro trajo a su memoria todos los golpes, desprecios e insultos que aguantó hasta que reunió el valor suficiente para presentar la denuncia. Y encima ella fue la que se sintió culpable.

Apoyó las manos y miró el montón de cebolla, se secó las lágrimas y se rio, primero una sonrisa, luego a carcajadas, había picado todas las cebollas que había en casa, por lo menos un kilo.

Entonces lo decidió, tiró a la basura el montón de cebolla, y se prometió nunca más volver a llorar, ni por cortar cebolla ni por los errores cometidos en el pasado, ahora era una mujer diferente, más fuerte, y ni ese cabrón ni nadie volvería a hacerla sufrir, a hacerla daño.

Limpió el cuchillo, cogió las patatas, y empezó a cortarlas, en trozos irregulares, no demasiado grandes, como había visto hacer siempre a su madre, echó aceite en la sartén y las puso a freír, despacio, deshaciéndolas poco a poco, sin prisa. Mientras, se puso a batir los huevos. Cuando las patatas estuvieron fritas las echó en los huevos, lo mezclo con cariño, y la puso a cuajar, ni muy hecha ni muy cruda, cremosa. ¡Terminada!, la puso en un plato y llamó a su hijo.

    – Cariño, la cena está lista, pon la mesa.

El niño colocó el mantel y dos cubiertos, la madre puso la tortilla en el centro de la mesa y sirvió un trozo para cada uno.

    – ¡Qué buena! Es la mejor tortilla que has hecho nunca.

Se levantó, se acercó a ella, le dio un beso a su madre y la susurro al oído:

    – Gracias, yo también la prefiero sin cebolla.

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