En busca del corazón

En busca del corazón

Álex Ruiz

26/07/2017

Amanecer


I.

Él despertó, estirado, bajo el sol. Observó su pecho abierto. La sangre gorgoteaba sobre donde debería estar su corazón, salpicando la fina arena de la costa. Pese a la herida mortal, no cambió la expresión de su rostro.

Ella ya se marchaba, caminando con gracia.

Él elevó ligeramente la cabeza para echar un último vistazo. La observó. Ella seguía caminando, pero él tenía la sensación de que no se alejaba. La miraba con ojos vacíos, detrás de los cuales se escondía rabia —porque se marchaba—, alegría —porque aún podía verla— e indiferencia —porque no la conocía.

II.

Él despertó, estirado, bajo el sol. Observó su pecho abierto. Estaba vacío. Sin sangre. Sin órganos. Sin corazón.

La brisa marina azotaba su piel, con la misma fuerza con la que empujaba las velas. Ella ya no estaba, así que había construido un pequeño barco para buscarla. Pretendía viajar por todo el mundo hasta encontrarla.

Navegó por los mares, buscó en cientos de lugares. No la encontró en ninguno de ellos, hasta que, un día, vislumbró una isla casi tan pequeña como el velero. Amarró y pisó tierra firme.

Para su sorpresa, allí estaba ella, pero seguía dándole la espalda, alejándose. Apenas unos metros de tierra separaban las playas de la isleta, pudiendo ver el mar en cada lado al que se mirase, y aún menos metros le separaban a él de ella, que caminaba sin alejarse. Él intentó seguirla. Empezó a mover las piernas, hasta llegar a hacerlo más rápido que ella, pero no se acercaba ni se alejaba, por mucho que se esforzara. La expresión de su rostro comenzó a tornarse fea y agresiva. La impotencia y la frustración se apoderaron de él.

Acabó sofocado, cansado, exhausto. Decidió tumbarse y descansar, pues pensó que todo esfuerzo era inútil si no podía llegar a ella.

III.

Él despertó, estirado, bajo el sol. Observó su pecho. No había herida, tan sólo una apenas visible cicatriz.

El barco parecía ahora más grande; podía navegar por mares más adversos, podía llegar más lejos.

Desplegó un papel viejo y amarillento. Era un mapa, en el que marcó con una cruz cada lugar en el que había buscado. Ya estaba muy lejos de aquella playa de arena fina en la que, sin corazón, renació.

A ella nunca jamás volvió a verla, pero no dejó de buscarla. Eso fue lo que hizo que viajara tan lejos. En un barco más grande. En un cuerpo más duro. Con más corazón que ningún otro ser. Ella era, de alguna forma, sus ganas. Sus ganas de tener ganas. Su motivación. Su ambición. Un motivo para no dejar de viajar. De luchar. De vivir. Sabía que jamás la alcanzaría, pero también sabía que jamás debía dejar de intentarlo.

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