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Mi primer trabajo atendiendo al público, fue en una agencia de lotería y quinielas en Argentina, personas muy raras si las hay (los apostadores, no los argentinos) tienen muchas cábalas. En aquel tiempo luego de perder el miedo, me di cuenta, que en realidad disfrutaba conociendo  personas, hablar con ellas preguntarles “como se encontraba” y que eso, realmente me importara. Desde entonces mis distintos trabajos han tenido que ver con atención al público

Es como terminé en Uruguay, trabajando en un hipermercado. Creo que tiene más de mil trabajadores y unos cien son cajeros, a los que orgullosamente pertenezco. Cada uno de esos cajeros puede atender a cientos de personas al día. Todos de diferente clase social, nacionalidad y por supuesto, historias de vida.

 Mientras se acercaba a mí ese hombre delgado y serio y esa señora pequeña con un pañuelo en su cabeza, pensaba que serían personas antipáticas y difíciles. Gratamente descubrí mi equivocación. Ella comenzó a hablarme y él sonreía intentando ayudarme a poner las cosas en las bolsas. Les pregunté de dónde eran – De Libia- respondió ella. Sentí curiosidad de saber cómo habían llegado al pequeño país en el cuál ahora se hallaban, me contó que él trabajaba para el consulado y que habían vivido en varios países, también me dijo que tenían dos hijos  que se encontraban estudiando en Inglaterra. Les cobré, sonreí y les dije que había sido un gran placer conocerlos. Creí que no los vería más, fue grande mi sorpresa y la de ellos también cuando los vi esperando para que los atendiera, ella estiró su mano la tomé y acaricié, era cálida, él se acercó pero creo que no supo si darme la mano o no -¡Hace mucho que no los veía! ¿Cómo están?-

– Fui a visitar a mis hijos.-  Respondió ella, en su español lento y un poco confuso pero sonriendo. Habían pasado dos meses todos juntos, menos el padre que se había tenido que quedar en Uruguay, al regresar ella había enfermado, pero ya estaba mejor. Les pregunté sus nombres, les hice un chiste respecto a que me sería difícil recordarlos. El ser cajera da el beneficio de trabajar con las manos, así que mientras pasamos los artículos por el escáner y los guardamos en las bolsas podemos charlar con nuestros clientes. A veces eso no es fácil, primero si hay mucha gente, quien está detrás se pone de mal humor si hablas mucho con quien estás atendiendo, otras en cambio, el cliente no quiere charlar y eso se nota cuando le dices buenos días o buenas noches y no te responde nada. Se acercan al mostrador te dan la espalda y comienzan a descargar sus cosas como si tú no estuvieras en el lugar. O suele pasar que la persona viene absorta en sus pensamientos. Y sin maldad no nota que estás en el lugar. Otras (muy pocas por suerte) simplemente no les interesa el empleado que tienen en frente.

Uno de eso días en los que el super, está hasta las manos (como solemos decir) apareció un cliente, un hombre mayor con el cabello totalmente blanco y unos ojos de un color azul hermoso. Saludo y comienzo a pasar las cosas. Él no hablaba mucho pero  su compañera por el contrario era charlatana, me contó que eran segundas nupcias y que llevaban ocho años juntos. Él era viudo y ella se había divorciado. Al momento de cobrarles él me da su tarjeta y su cédula me fijo en su nacionalidad y leo que es polaco. Lo que repito en voz alta. – Igual que el papa Juan Pablo- Y por fin logro que me ponga atención. – Si.- Dice sonriendo, evidentemente con nostalgia de recordar. Comienzo con mi curiosidad.-  ¿Cuánto hace que está viviendo acá?  – Hace muchos años – Responde él con su voz más clara. Ahora que le prestaba atención se me hacía  más notorio su acento. –  ¿Regresó alguna vez? Para ese momento me sentía como una reportera. Tenía curiosidad, sabía de ese país por lo que leía o veía en la televisión ahora conocía a alguien que había vivido allí. Pero su respuesta me hizo dejar de preguntar. – No regresé, llegué a Uruguay cuando tenía quince años con mi padre, un hermano y un tío. Los nazis asesinaron a mi madre y a dos hermanas… – y sus ojos comenzaron a llenarse de lágrimas, sentí que algo estrujaba mi corazón, las imágenes horrendas de la guerra llegaron a mi memoria y comprendí también, que yo solo había leído de ella o la había visto a través de películas, mientras que ahora, frente a mí, tenía a alguien que la había sobrevivido pero con muchas cicatrices en él. Tantas, que a sus ochenta años aún dolían. –Le causa mucha tristeza recordar – Dijo su compañera. – Entiendo – dije yo, en realidad solo podía imaginar lo que ese hombre (ahora anciano) había tenido que soportar en su juventud. Bajé mi mirada y me encontré nuevamente mirando su cédula (los documentos aquí traen como información la nacionalidad de origen, el año en que nacieron, sus nombres y apellidos y donde viven en la actualidad. Así fue que leí Waldemar. – Waldemar. – Dije en voz alta, y él salió de su trance. Un nombre original, no me voy a olvidar. Volvió una vez más, esta vez solo, y hablamos de sus hijos, de sus nietos, aún era tímido, pero me había reconocido al verme. Una tercera vez vino con un hombre de unos cuarenta años. – ¡Hola Waldemar! –  Lo saludo en cuanto lo veo esperando en la fila a que lo atendiera. El hombre que lo acompañaba se sorprendió y sonrió. – ¡Pero papá! ¿Cómo es esto de que saben tu nombre en el supermercado?- Waldemar sonreía. Me gustó verlo sonreír así. – En el supermercado no (aclaro) solo yo, y porque él, es uno de mis clientes favoritos. Y lo es. Es una de mis personas favoritas.

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