UNA TARDE DE NOVIEMBRE

UNA TARDE DE NOVIEMBRE

Oliva Cienfuegos

01/12/2015

Cuando se murió, yo fui la encargada de vaciar su casa. Encontré fácilmente quien se llevara sus muebles, repartí vajillas, ropa de cama con profusos bordados, que no encajaban en las medidas de mi cama. Su ropa terminó en un asilo de ancianos, situado en las afueras de nuestra ciudad. Por último, aparté algún recuerdo para mi: las copas azules en las que me servía el helado, una pareja de delicados pájaros, hechos en transparente cristal rosa, sus pañuelos de mano, un bolso de cocodrilo que adorna una de mis estanterias, sirviéndome de sujetalibros y su más preciado tesoro: los albumes de fotos recopiladas en una vida. Todo lo que le habia interesado estaba allí, todo lo que había dejado de interesarle estaba allí. Mi tía nunca tiraba una foto.

Cuando llegué a mi casa, busqué sitio para sus recuerdos que ya eran mios, pero los álbumes quedaron escondidos en el fondo de mi armario.

Una tarde oscura de noviembre en que la noche había ido comiendo las estancias de mi casa, ahogando las voces infantiles de mis hijos, ya tan lejanas, no se que me impulsó a sacarlos de su olvido. Tal vez el deseo de volver a sentirla cerca, con su tranquila voz y eterna triste sonrisa o la necesidad de buscar caras conocidas entre aquella gente de la que yo procedía  -pero más extraños para mi, que cualquiera de las personas con las que a diario me cruzaba por las calles-  para que me sacaran de la abulia en que aquel sábado me había sumido.

Fui viéndola crecer. Primero en los brazos de una abuela preciosa, luego vestida de comunión, con mi padre a su lado de flamante marinero y en otra que, desprendida del seco pegamento, amenzaba con escapar de sus páginas y me la traía casi adolescente. Observo en ésta, a tres jovenes con sus brazos enzalados  por el camino que llevaba a la iglesia. Fácilmente me hace viajar en el tiempo. La espió vistiéndose de domingo y cuidando su aspecto hasta el último detalle. Escucho las voces que ella misma escucha. Reconozco la de mi abuela que les da prisa para poder encontrar sitio, en los fríos bancos de la Colegiata, a mi padre canturreando una de sus eternas melodias y siento los pasos de mi abuelo, oliendo a su colonia de Alvarez Gómez.

Al principio no rencocí a las dos jovenes que la acompañaban y solo me fijé que la sonrisa de mi tía «no era triste», después fue apareciendo en mi memoria quienes eran las otras dos, que con el ánimo de la juventud no solo enseñaban su alegría a la cámara, sino también al mundo.

¡Sabía que esperaba a cada una de ellas!. Ningúna fue feliz. La más alta se había quitado la vida hacia ya mucho tiempo. La del medio, se dedicó a cuidar de una hermana enferma. Luego estaba ella. Cualquiera diría, con seguridad, que había sido la más feliz. Se casó enamorada, viajó por todo el mundo y nunca supo lo que era tener problemas económicos. Sin embargo yo sabía que aún me esperaba otra fotografía, que mostraría a una mujer en la mediana edad, vestida de luto, abrazándose a si misma y con la mirada perdida. Sentía sorpresa y pena por su mundo roto, cuando ya no podía preguntar el motivo a aquel que, durante tanto tiempo, le habia ocultado con sus mentiras, que durante demasiados años había sido una de tantas parejas de tres.

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