Una fina brisa bajaba la cuesta de la calle San Bernardo hacia la Gran Vía la tarde del Jueves Santo. Las nubes llevaban el paso ligero y jugaban a tapar el sol de la primavera.

     Decidimos aprovechar la tarde para ir a ver a la abuela de mi mujer en la residencia donde vive. La alegría al vernos entrar en la sala de juegos se reflejaba en su sonrisa y sus cansados ojos verdes. Sus primeras palabras iban dirigidas a sus contrincantes en la mesa de dominó:

     —¡Mirad que nietos más guapos tengo!— al tiempo que se levantaba con una energía envidiable y nos plantaba los respectivos besos sonoros en cada mejilla. Ningún reparo tuvo en dejar la partida a medias y salir en compañía de sus nietos a la calle.

     Nos sentamos en un banco frente al portal de la casa donde vivió casi toda su vida, en cuyo dintel de piedra reza la inscripción: “asegurada de incendios” y 1904 como el año de construcción.

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     En su mirada perdida observábamos que buscaba, distraída, recuerdos perezosos que brotaron tímidamente de su boca. Nos relató el miedo en el cuerpo que sentía en la guerra, cuando caían los obuses sobre la capital, mientras cuidaba de sus siete hermanos tras la muerte de su madre a la temprana edad de 16 años. Aquel amor interesado por el joven soldado que repartía las cartillas de racionamiento, y que tan bien hicieron a la familia en los días más duros. De cómo conoció al amor de su vida: alto, rubio y de ojos azul cielo con el que luego se casó en la Iglesia de San Francisco El Grande.

     Tras la guerra tomó la decisión de trabajar en contra de lo que mandaban los cánones de la época. Gracias a los sacrificios de su padre pudo estudiar enfermería  y aprobar el examen para ejercer en los duros años de la posguerra.

     Mientras escuchaba cómo Doña Jesusa compartía con nosotros algunos capítulos de la historia de su vida, no podía evitar pensar que estaba ante un testigo de excepción de los años de la Guerra Civil Española y me sentía todo un privilegiado. La abuela luchó para sacar una familia adelante, se enfrentó a las convenciones y  las normas sociales establecidas adelantándose a su tiempo, por lo que siempre ha despertado una gran admiración por mi parte hacia ella y hacia su generación.

     Ensimismado en mis pensamientos, contemplaba cómo sus venosas y huesudas manos se movían pausadamente para ilustrar el relato cuando nos dimos cuenta de que se aproximaba la hora de la cena. Hacía rato que el peregrinar de conocidos longevos hacia el comedor había comenzado, saludando a la abuela con especial cariño.

     Con un beso y una caricia en la mejilla se despidió de nosotros, regalándonos esa mirada que solo la palabra Amor puede describir.

FIN

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