Mi abuelo Aurelio.

Siempre que como patatas fritas me acuerdo de cuando mi abuelo Aurelio, me llevó a Madrid a casa de una de una de sus  hijas y me invitó a tomar una Coca-Cola con patatas fritas. Yo creo que era la primera vez que probaba esta bebida. Ahora después de comer patatas fritas me entran ganas de tomar una Coca-Cola y viceversa.

 Pero no era lo que comía o bebía sino lo que significaba para mí estar con mi abuelo, que era tan optimista y risueño. En Madrid me llevó al Retiro y mis tíos me compraron unas gafas de sol y me hicieron fotos. Aquella niña que fui, disfrutó de hacer de turista por primera vez en su vida.

En el pueblo es donde más recuerdos tengo de él, así por ejemplo, cuando iba a verlo al casino, mientras  jugaba la partida de  dominó con sus amigos:

 ¡Nicolás deja pasar a mis nietas! Le pedía al portero de la sociedad y este nos dejaba entrar a las mesas donde estaban los hombres jugando a cartas y a dominó.

 Mi abuelo, sonreía de la alegría que le daba vernos, y nos daba un achuchón y diez reales a cada una, para que lo gastáramos en el kiosco de chuches. El siempre demostraba lo orgulloso que estaba de sus nietos y nietas.

O cuando mis padres, mis hermanos y yo vivíamos con él y mi abuela, era ya de noche y a nosotros los pequeños nos habían mandado a la cama, mientras los mayores se habían quedado conversando en el comedor. Desde la ventana de nuestro dormitorio oíamos sus pasos y su tos cómplice, porque él sabía que lo esperábamos. Nos daba unos caramelos de menta, a través de las rejas de la ventana  y  con eso nos permitía estar un rato más despiertos, cosa que ignoraban el resto de los mayores de la familia.

Recuerdo también de estar todos reunidos, alrededor de la mesa, a la hora de comer y  nos cortaba un trozo de queso fresco de Burgos y en medio le perforaba un agujero con el cuchillo y nos los ponía en el ojo para que viéramos a través de él, luego decía ahora coméroslo que está muy rico.  Otros días nos traía manzanas y melocotones de su huerto y nos decía: la manzana  se come con piel y  a muerdos, sin cuchillo, que eso es bueno para los dientes, así os crecerán rectos y sanos.

 Comíamos jugando con él, con gran apetito y apreciando la comida como un gran placer.

Era un hombre que nos trasmitía su amor por la vida y las cosas sencillas.

Maribel Fernández Cabañas.

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