Mil veces durante años el coronel Salgado Torres había proyectado vengarse del asesino a sueldo que le había arrebatado a su familia si hubiera sabido quien era. Un día de primeros de octubre recibió una carta del mercenario solicitando un encuentro. Quedaron en verse en la sala de exposiciones del metro de Retiro a las cinco y media. Ambos llevarían un brazalete negro anudado al brazo. Cuando lo tuvo frente a sí escrutó su rostro, devastado y viejo, muy semejante al suyo. El hombre cayó a sus pies, llorando como un niño.

–Te perdono y te libero.

Desde el andén buscó la salida sin mirar atrás, y al salir al parque se sintió súbitamente ingrávido, como las hojas de los olmos que ese otoño que acababa de estrenar acariciaban su rostro antes de caer al suelo.

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