…Un nudo en la garganta escaseo mis palabras, sentí tan lejanos sus ojos de los míos, mi voz en un grito silencioso quiso alcanzarla.

 – Melissa, quédate conmigo, lo suplica este corazón en abandono, dime cuanto me amas, susurra en mi oído la melancolía de extrañar el calor de mis brazos, mira como mi alma adolorida busca descanso entre la gélida lluvia; déjame verte eternamente conmigo, bailarte paso a paso, música mía.

La tempestad cesó; entre rechinidos, sollozos, risas, caras largas y corazones vacíos el tren se marchó. De pronto, aquel monstruo metálico detuvo su paso, inesperadamente saltaron del vagón los dos luceros, el ondulado cabello y la risa carmesí de mi adorada.

-Siempre supe que te amaba, te supe mío, desde que tus ojos levantaron la mirada de aquel libro, el frio se apoderó de mi vientre, y deseaba tu cobijo, sentí extrañarte, necesitarte, y hoy quiero perderme en tu abrazo perenne.

Tomadas nuestras manos dejamos alejarse aquella fábrica de soledades. La miré, me observó,  y su imagen como humo se perdió entre la bulliciosa estación.

Desde el andén, tras los cristales, veo tu lívida mano despedirse. Te creó mi soledad, una noche en mis sueños desahuciados.  

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