Al principio me asustaba, descendía a un submundo de gente ansiada que corría tensa, mecánica, reconvertida tras el despertar en poco más que un chip en la tarjeta del gran procesador. Una vez traspasado el umbral, allí abajo, al final de la escalera, la luz del mundo exterior desaparecía, reemplazada por un brillo de fluorescencias reflejadas en los muros de aquel tubo digestor. Desde sus intestinos de piedra sucia emergía la serpiente eléctrica, arrastrando su cuerpo chirriante sobre un suelo de hierros engrasados. Una vez detenida, las puertas se deslizaban, y una ola de cuerpos escapaba, mientras irrumpía una resaca humana. Disparado hacia la oscuridad de los túneles, viajaba con la esperanza de surgir a la claridad del siguiente andén.

Ahora es diferente; en contra de mi voluntad resulta que, al final, me entiendo condenadamente bien con la serpiente eléctrica. Juntos atravesamos cuevas que se extienden bajo calles, aceras y bulevares. Como una sombra, desde el andén, intuyo un cielo que no veo, y casi puedo sentir a las personas viviendo por encima de mi. Allí arriba la gente pasea por un mundo abierto, conectado a estos raíles subterráneos a los que alguno de ellos, sin quererlo, me empujó.

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