El muchacho de pies grandes estaba sentado en la orilla de la playa, descalzo, y mirando al infinito con los ojos cerrados.

Y una mujer que paseaba a su vestido de piel, se acercó y se sentó a su lado: «¿qué te pasa chico?», le preguntó. Y el muchacho le dijo: «nada». Ella se sentía tan sola… y hacía tanto frío…

Después, se acercó un hombre con atuendo deportivo y les preguntó si les pasaba algo, a lo que ambos contestaron: «nada». Expectante, a la par que harto de correr sin rumbo intentando echar a sus males fuera, acabó por sentarse a su lado y, como ellos, cerrar los ojos mirando al infinito.

Y el curioso que andaba por el paseo marítimo, aburrido hasta de respirar, los vio y se acercó cruzando con paso cansino la arena, y llegado hasta ellos les preguntó: «¿pasa algo?», a lo que los tres contestaron: «nada». Entonces, él también dejó caer su voluminoso cuerpo sobre su culo en la arena, y… cerró los ojos.

Al cabo de un rato, una pareja que llevaba tiempo mirándolos y que caminaba cogida de la mano, como se coge una flor muerta, se acercó al pequeño grupo mirando en la misma dirección que ellos y, viendo que al parecer no ocurría nada, se sentaron también. Ella le preguntó a él: «¿pasa algo?»; y él, mirando a su alrededor y luego entornando los ojos frente a los de ella, le dijo: «a mí, nada, ¿y a ti?».

No tardaría en ir llenándose la playa, con gentes sentadas y con los ojos cerrados mirando al infinito, y todos haciéndolo por… «nada». Obra que llamó la atención de otras gentes que, desde su ventana, estaban viendo el proceso.

Hasta que uno de ellos, por supuesto el buen samaritano, no dudó en llamar a las fuerzas del orden; antes, eso sí, de bajar, cruzar la calle, el paseo marítimo y la arena, para acabar sentándose junto al, ahora ya, numeroso grupo y, como los demás, cerrar los ojos mirando al infinito. Una vez sabido, eso también, que no pasaba nada. Porque él es de los que siempre deben saber lo que pasa; y es más, él es de los que siempre lo saben todo.

Y llegaron tres coches patrulla, y bajaron los mil policías, y marcharon hasta ellos y les preguntaron por megafonía si pasaba algo. Pero inmediatamente pudieron ver que todo parecía estar bien; por lo que a la pregunta del centro de mando de si necesitaban refuerzos para contener o disolver a los disidentes, el jefe del operativo se apresuró a decir que no, que no pasaba nada; al tiempo que se sentaba en la arena y le ordenaba a los suyos que lo hiciesen también. Y cerraron todos, cómo no, los ojos.

Llegado el ocaso, todos abrieron los ojos; caminaron, o reptaron, hasta llegar al agua y, en absoluto silencio, se adentraron en ella hasta donde ya no era posible volver.

Fue cuando, de lejos, y aún con los ojos cerrados, dios dispuso: «no pasa nada».

FIN.

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