Hasta la Patagonia sin itinerario

Hasta la Patagonia sin itinerario

Marvan

29/03/2020


                    HASTA LA PATAGONIA SIN ITINERARIO






 

Sentí el soplo de la puerta de la casa cuando se cerró por última vez, me revolcó el pelo, el alma y el estómago. Luego del estruendo, las llaves cambiaron de dueño. Cuando se las guardó en su cartera, con prisa, como quien paga barato por algo costoso y más encima le dan vueltas de más, me dio una angustia terrible. No me gustaba ese dolor en la garganta, tampoco la señora que había comprado la casa. Todavía no podía decir groserías pero ya me sabía varias. Tampoco me gustaba pensar en ellas, eso me daba rabia. Pero ese día sentí  una pregunta que jamás le pude hacer:

 
Y ahora… ¿A dónde mierda es que nos vamos?

Algún día llega el día en que uno se va sin saber porqué. Ante las despedidas tuve que volverme indolente a causa de la inevitable efusión de las bienvenidas.









C
onvencida de que grandes acontecimientos transformarían el planeta tierra, vendió la casa, se despojó de todo para viajar al sur del continente buscando un lugar que nos acobijara del Apocalipsis. Tras una década de infatigable búsqueda, sujetando el timón de un carro equipado con lo justo y lo necesario: sus hijos, una perra, libros, anzuelos, mapas, una carpa, un bote y sus aberrantes convicciones, quedamos encerrados en la inmensa libertad, sin encontrar más que kilómetros y caminos que conducían a todos lados y a ninguna parte. Quizás buscaba otro mundo, el suyo, quizás se buscaba a sí misma.

Yo escuchaba rugir el motor que devoraba distancias y paisajes, entonces, solía con frecuencia preguntarle: Y… ¿Falta mucho?

– ¡Ya verás, es un lugar hermoso! Lo ví en un sueño… Algún día llegaremos…

El reloj incrustado, pegado con silicona en el cenicero del tablero frontal de la camioneta, marcaba las doce en punto de aquel 4 de diciembre.

– ¡Bueno niños, arrancamos! Suban la perra. –

Extendió el mapa sobre la tapa del motor y batió su péndulo.

– Haremos nuestra primera parada en Calarcá. Tengo que despedirme de un amigo.

De manera estrecha y algo incómoda, entre los asientos del carro, cumplimos con el ritual de tomarnos las manos y cerrar los ojos para encomendarnos a esta aventura. El motor ya estaba en marcha.

 «Unimos nuestros pensamientos y los elevamos al centro vibratorio del universo, invocamos a nuestros guías y protectores. Pedimos luz y protección del padre creador en este nuevo camino que emprendemos el día de hoy»…

– ¡No se rían carajo!

Nos estrujó el alma con su mirada, no contuvo su llanto y giró la llave para apagar el motor.

– Perdón – le dijimos.

– ¿Ustedes me entienden?

– Claro que sí – musitamos sin decirle la verdad.

Nos abrazamos, nos contagiamos de llanto. Volvió a girar la llave para encender el motor. Con el dedo índice de su mano derecha empujó el casete que apenas mordía el reproductor a manera de orquestar nuestra partida…


Bajo la visera que estaba sujeta al techo llevaba una imagen forrada en papel adhesivo transparente, era un retrato hecho a pincel del libertador Simón Bolívar. Lo acarició suavemente como si fueran amantes secretos. Respiró profundo. Se forró las manos con sus guantes de cuero negro. Dejó correr un par de nostalgias más, como intentando ahogarlas con suspiros profundos. Cuando ponía la cuarta velocidad de la caja de cambios, ya casi terminándose la primera canción, volvió a preguntarnos:

– ¡Niños!… ¿están seguros de esto? …¡Qué carajos ya nos fuimos! …

Era una pregunta que se le notaba todo el tiempo. Se inventó otra conquista y el fin del mundo para seducirse a sí misma. Más de una vez dijo, «Aquí es, sí, aquí definitivamente es, esperaremos hasta que haya un señal».

Fueron varias noches enteras de vigilia en lugares inhóspitos. Esperando la anunciada catástrofe o algún plato volador que nos rescatara de este mundo. Un día el ovni llegó, se posó delante de nosotros. El asombro  nos dejó inmóviles.

– Mejor quedémonos, el fin del mundo se aproxima y seguro que encontraremos donde meternos… 

Pasaron años. Aquel valle de sus sueños viajaba más rápido que nosotros. Ya nos era imposible de alcanzar. Estábamos varados bajo la sombra de un inmenso sauce y al amparo de cuatro paredes más humildes que el barro. Ella seguía esperando el fin del mundo. Ese día fatal amaneció. Ella se sentó a esperar. Cuando la tarde llegaba a su última hora nos pidió que nos sentáramos a su lado, la voz le temblaba, nos quería pedir perdón  pero nos dijo otra cosa:


 – En cualquier momento el planeta saldrá desorbitado en busca de otro sol… Todo de ahora en más será oscuro… 

Nada pasó. Espere hasta el otro día.

– Me devuelvo -, le dije

– ¿A dónde te vas a devolver?… ¡Ya no hay tiempo para eso!

Solo tenía un billete en el bolsillo, no tenía muchos ceros, apenas uno. En una maleta puse lo imprescindible:los títeres y un poco de ropa. Nos despedimos, quiso atajarme pero yo ya me había decidido. Solté el morral a la orilla del camino. Me senté sobre una piedra. Lloré y oré como aquella vez que nos íbamos de Colombia.Paró un camión.

– ¡Che!… Yo voy para el otro lado, para el sur. Si querés te llevo…

 Me subí sin pensarlo. Quería despedirme de un amigo.


  

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