La escuela quedaba muy lejos según me habían dicho. El colectivo se zarandeaba intentando inútilmente esquivar las piedras del camino mientras acortaba las distancias hacia aquella mancha blanca en el horizonte. El paisaje era árido y olía a soledad de siglos.

Al cabo de un rato que se me hizo eterno por la ansiedad, llegué a la puerta de esa escuelita abandonada de la patria. Cargaba en un bolso mis libros, carpetas, hojas y lápices de todos los colores y tamaños que había recolectado con paciencia. Llevaba también un pasado de maestra de escuelas pulcras, ricas e impecables, mis miedos y todos los sueños de mi adolescencia a cuestas.



Salieron a recibirme mujeres y hombres de rostros ajados por el tiempo, la lucha y los dolores. La calidez de su bienvenida me envolvió como una frazada tibia en una mañana de otoño. Detrás estaban ellos, mis alumnos. Veinte caritas asombradas y felices que desparramaban dientes de leche y huequitos en las mejillas sonrosadas. Los guardapolvos eran de un blanco nevado pero debajo, las ropas estaban raídas, zurcidas infinitas veces, y sus zapatos gastados por mil usos diarios.

Los padres se despidieron entre besos y regalos que dejaron encima de un escritorio desvencijado: canastitas con flores, empanadas, tortas fritas y hasta un cachorro negrísimo que dormía dentro de su jaula. Mis alumnos y yo quedamos solos mientras oíamos los cascos de los caballos y las mulas alejándose de la escuela.

Estaban sentados prolijamente en sus bancos de madera sin lustrar, apoyando los codos sobre los pupitres que llevaban décadas de uso y los ojos grandes fijos en mí. Ni un sonido, ni uno más que el de los chimangos que atravesaban el cielo de la pampa. Les dije mi nombre y lo contenta que estaba de haber llegado a la escuela para ayudarlos a leer y escribir. Respondieron con timidez y calidez por partes iguales, contándome algunas cosas de sus vidas: este criaba ovejas con su familia, aquel correteaba entre los surcos de papa con sus primos, la otra hacía telares con una abuela que según ella tenía más de cien años.

Empecé a repartir las hojas, los cuadernos y los lápices mientras iba sintiendo un sentimiento único anidando en mi pecho. Las letras formaron arco iris de colores sobre el despintado pizarrón mientras los números bailaban al ritmo de las palmas de aquellos que intentaban contar.

La hora de la merienda fue una fiesta. Sobre la mesa pusieron toda la comida que había para ser compartida mientras yo preparaba una olla de té humeante y listo para caer en esos jarros de metal que me recordaron por un instante la cocina de mi abuela. Era la hora de las risas, de los secretos y de las miradas vueltas a mí. Si algo había aprendido en estos pocos años de docencia, es que los niños son agudos observadores y se entregan a sí mismos sólo cuando se saben aceptados. Y eso era lo que buscaban en mis ojos.

La jornada terminó cuando el sol intentaba meterse entre las montañas a fuerza de empujones dorados y naranjas. Emprendí el regreso al pueblo con la sensación plena de ser maestra por primera vez. No lo había sentido así en los cinco años en los que había trabajado en esas escuelas perfectas. pero me había bastado un día con estos niños para entender plena y absolutamente el motor de mi tarea.

Para cuando los ocres del cielo se habían convertido en azules, ya me conocía mejor a mí misma y la capacidad de mi corazón se había multiplicado infinitamente y contenía a mis niños, sus padres, la escuela y a todo ser viviente de aquel rincón abandonado del planeta. Había entendido que si bien recibía una paga por mi labor, no podría sentirlo como un trabajo nunca más. Se había convertido para mí en una pasión y un desafío que me acompañaría para siempre.

Era una privilegiada. Había encontrado por fin, mi lugar en el mundo.

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