El 4 de marzo de 2011 una noticia recorrió algunos diarios europeos, sobre todo en Bulgaria, Rumania, Hungría, Rusia y otros países del este, aunque tristemente no alcanzó difusión mundial. La simple pero extraordinaria historia fue contada por Petia Buchvarova, nieta de Vladimir Buchvarov, un panadero nacido en el invierno de 1929 en el viejo Leningrado, y muerto en el verano de 2010 a los 81 años en Varna. Según Petia, una joven estudiante de arquitectura, había sólo tres objetos que su abuelo llevaba consigo siempre sin excepción: una medalla que había ganado en la guerra por valentía, un gorro marinero que perteneció a su propio abuelo, y una extraña pasta dental. Desde luego lo que más le llamaba la atención a Petia era dicho dentífrico, por empezar porque no parecía ser de una marca conocida, de hecho no parecía tener marca en absoluto, ya que el tubo blanco no tenía insignias, dibujos o letras. Además era llamativa de por sí la costumbre de llevar pasta dental a todos lados, como si de un obsesivo de la higiene se tratara, cosa que Petia afirmaba que su abuelo no era. Es decir, no era que Vladimir se lavara compulsivamente los dientes, sino que simplemente llevaba consigo esa pasta de dientes a todos lados. Por último, a Petia le llamaba poderosamente la atención que dicho tuvo de crema dental estaba siempre lleno, como si comprara uno nuevo cada vez que usara un poco o como si lo rellenara él mismo. Petia sentía una especie de fascinación por el asunto, aunque por algún motivo nunca tuvo la audacia de preguntarle a su abuelo por aquél dentífrico.

Al morir Vladimir, Petia decidió conservar sólo algunos objetos para recordarlo. Entre ellos había algunas fotos, un palo de amasar que simbolizaba su oficio, algún suvenir de sus viajes, y desde luego sus objetos preciados: el gorro, la medalla y el dentífrico. Fue allí, mientras guardaba las cosas de su difunto abuelo, cuando Petia tuvo por primera vez la oportunidad de mirar bien de cerca aquella curiosa pasta dental. El tubo era perfectamente blanco y estaba lleno como siempre, sin embargo al recogerlo con las manos se dio cuenta de que no era nuevo, sino que al tacto se lo notaba muy viejo. Petia lo miró bien de cerca y descubrió entonces, detrás de las capas aparentemente blancas, un dibujo completamente desgastado que sólo se veía si la luz reflejaba de cierta manera en el objeto. Le tomó unos momentos descifrar el dibujo que allí se veía, hasta que de pronto una sensación extraña la invadió obligándola a dejar caer la pasta dental. Aquél dibujo no era sino la hoz y el martillo, el símbolo de la unión soviética.

Con suma extrañeza, Petia levantó nuevamente el objeto. Girándolo en el aire descubrió las letras MMS, también despintadísimas por el uso y los años. Reflexionó unos segundos sobre lo que estaba sucediendo hasta que se animó a abrir la pequeña tapa. Una vez que en su mano derecha tenía la tapita y el tubo quedó destapado, hizo presión con su mano izquierda para que saliera el contenido. La pasta era color blanco y olía a menta, no parecía tener nada extraño. Entonces pensó que aquello se trataba de un tubo muy viejo que su abuelo de alguna manera rellenaba obsesivamente para conservarlo. Algún motivo habría tenido el viejo. Ella decidió conservar el dentífrico y usarlo regularmente hasta acabarlo y guardar el tubo en algún cajón.

Así pasaron algunos meses. Recién a fines de septiembre recordó, como quien recuerda un sueño, que aquella pasta dental que continuaba usando era la de su abuelo, y se dio cuenta de que por algún motivo todavía parecía llena, como si no la hubiera usado nunca. Los dentífricos son así, pensó, duran bastante y cuando uno se quiere acordar se acaban. Sin embargo, ya entrado febrero, el dentífrico seguía como nuevo. Una noche Petia, luego de bañarse y antes de lavarse los dientes, miró con atención el tubo blanco y una descabellada idea vino a su mente. Así, agarró una hoja de papel de su escritorio, tomó el dentífrico y comenzó sin más a vaciarlo sobre el papel. La pasta blanca se apilaba prolijamente sobre la hoja, y ella seguía presionando el tubo dental. A los diez minutos de hacer presión incesante, con fuerza, con las dos manos, ya casi no quedaba lugar en el papel para contener la pasta, y sin embargo el tubito seguía completamente lleno, como si nada.

Tras pensarlo unos minutos ella entendió que aquella pasta que salía del tubito no era la que su abuelo había de alguna manera extraña recargado, sino que era la que originalmente había sido colocada en el tubo, y que por algún motivo, parecía ser ilimitada. Entendió que esa pasta dental era de hecho la única que su abuelo había usado desde que la compró, cuando todavía existía la Unión Soviética. Recordó entonces aquellas siglas impresas en el tubo, y rápidamente las buscó en internet. El laboratorio MMS había dejado de existir tras la caída del muro y los artículos de higiene databan de la década del 60. Allí, entre las imágenes de Google, Petia encontró una pequeña pasta dental con la hoz y el martillo y las letras MMS. En 1967 se habían dejado de producir, y sin embargo ella seguía usando uno de aquellos dentífricos.

Fue su madre la que dio a conocer la noticia en los diarios. Pero la “pasta dental infinita” no fue lo suficientemente atractiva como para atrapar a la gente. Habrá sido no más que una curiosidad de la tarde, otra de las tantas informaciones que se apilan en la conciencia digital del planeta.

Recordando esta historia, hace dos o tres días se me ocurrió buscar a Petia Buchvarova en Instagram. La tarea no fue fácil ya que no usaba su nombre completo, de hecho no hubiera podido encontrarla si no fuera porque en su foto de perfil se la veía a ella con un gorro de marinero, una medalla en el pecho, y una blanca sonrisa.

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