Las aventuras inefables de Ismael Void

Las aventuras inefables de Ismael Void

Julio Arteaga

25/02/2019

Hay lugares tan lúgubres y estrechos que ni el lenguaje se atreve a recorrer. No por miedo ni por precaución, sino solo por incapacidad. Y así estamos, nos vemos arrojados al régimen desértico de la palabra; dónde a tientas encontramos un oasis que resulta insuficiente ante una sed insaciable.

Ismael Void no era un chico retraído, se podría decir incluso que por momentos tenía momentos de elocuencia en los cuales captaba la atención de sus congéneres; eran pocas las veces en las que sucedía, pero sucedía. Se podría decir, en resumidas cuentas, que era un chico común. Llevaba dos años en la universidad, pero sentía que había pasado menos. Además creía que no podría superar esta etapa de su vida (la universitaria) porque era la que más satisfacciones le había dado.

Pese a todos esto pormenores, el joven Void sabía en el fondo que le aguardaba un futuro apacible; sin embargo, había algo que llamaba su atención de manera frecuente. Su incapacidad para poder expresar cabalmente lo que sentía. En ciertas ocasiones lo invadía de manera sobrecogedora una fuerza abrasadora que enaltecía sus días, sus ojos, su ser; en otras, un estruendo seco que colmaba su pecho lo condenaba irremediablemente a una nostalgia miope que no dejaba ver cuán bueno era lo que pasaba a su alrededor. Podía lidiar con ambos sentimientos, pero con lo que no podía lidiar era con ese nudo engorroso que no le permitía describir lo que le pasaba. Le faltaban las palabras o mejor dicho, no existían y nunca existirían.

Eso era lo que lo aquejaba. Y tenía el presentimiento de que nunca podría deshacerse de ese peso. Hay días en los que siento que los hombros se me endurecen como el concreto más duro y que doblegan todos mis huesos y no me dejan actuar como debiera. Me estancan, me retraen, me condenan… Esto no basta, hay algo más. Más monstruoso, más soso, más mudo, más dulcemente cruel, que me exalta a callarme, que me duele en ningún lado, el grito más mudo que se ha podido concebir. Pero incluso esto último, no es capaz de describir lo que siento. ¿Cuánto tendría que soportar el joven Void? Estar condenado a sentir, pero no a compartir porque incluso este pensamiento recurrente, casi neurótico, lo había hecho dudar de sus sentimientos frente a sus seres más cercanos. ¿Qué es querer?, ¿cómo es posible saber si lo que la gente siente es lo mismo que yo siento si no hay manera de comprobarlo?, ¿si ni siquiera puedo describir lo que me pasa, puedo tener la seguridad de que estamos hablando de lo mismo cuando nos referimos al querer?, ¿qué tal si todos hablan de algo que yo no comparto, qué tal si todos lo comparten menos yo?, ¿o si todos usamos el mismo nombre para cosas distintas? Si no sé qué es querer, ¿cómo puedo saber si quiero a mis seres más cercanos? Madre, ¿será acaso que no te quiero y recién caigo en cuenta de aquello?

Cientos de veces se habían convencido de que sus reflexiones solo eran oraciones fútiles que se repetían con el fin torturarlo, pero cientos de veces volvía a ellas, para poder consumirse de nuevo en sus dudas. No se trataba de pensamientos lejanos a los cuales uno llegaba después de horas de reflexión, sino que la misma vida práctica lo empujaba sin darse cuenta al tal martirio. De repente como una flecha azul, atravesaba su sien y lo dejaba postrado y taciturno. Hoy siento una nostalgia tan grande, que vierte en mí su ambrosía seca. Tan sutil como los rayos del sol atravesando una ventana, yendo directamente a mi rostro, calentándolo, invadiéndolo. ¿Será acaso que he perdido el juicio? Siento caer todo lo que conozco, desde la cima más petulante, crispando mi carne, evadiendo mis ojos, gritándome su silencio. No… Esto no basta… Resulta insuficiente, incluso vacuo

El joven Void era testigo de cómo el tiempo se encargaba de prolongar su espectáculo frenético, pero inamovible. A veces creía que el lenguaje debía ser abolido, luego de una carcajada con resignación, se dedicaba a explicarse que la vida práctica necesitaba del lenguaje. Por ello, a veces, cuándo sentía desgarros en el cráneo, trataba de calmarse: cuándo la gente le preguntaba cómo se sentía, despejaba su mente y decía lo primero que se le viniera a la cabeza. Después pasaba una saliva espesa, sentía un sinsabor en los labios cada vez que describía erróneamente lo que le pasaba.

Nunca pudo encontrar una solución a su desdicha, a su impotencia. Pero supo cómo lidiar con su frustración. Cuándo se sentía triste, lloraba, con ganas, como si su vida dependiera de ello, con un hondo presentimiento de que estaba descargando el grito de mil almas. Cuando estaba alegre, reía, en demasía, sin hipocresía, con garbo y responsabilidad. Su carcajada era consecuente con su alegría. Evitando la celda a la que el lenguaje lo había atraído con sus engañifas, Ismael pudo sobrellevar su pena, su dilema, su intento por describir lo inefable.

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