SALTO HACIA ATRÁS

SALTO HACIA ATRÁS

Pilar Flores

23/02/2019

―Mira, allí está el cinturón de Orión… Hacía mucho que no lo veía desde mi propia casa. Parece que he encontrado de nuevo mi brújula.

Estábamos una al lado de la otra, con los brazos apoyados en la barandilla de la terraza de su nuevo piso y aunque ni la miré ni pregunté más cuando me dijo eso, me podía imaginar perfectamente su mirada perdida y la cadena de pensamientos que se sucedía en su cabeza. Ella siempre buscando esas señales externas, esos guiños cósmicos que podían dar o quitar la razón a cualquiera de sus decisiones. Me debatía entre dejarme arrastrar, como tantas otras veces, por la diversión de unir puntos con hilos invisibles o dejar mis pies bien anclados al suelo y buscar otro tipo de perspectiva. Recordé cuando todavía vivíamos juntas y se nos ocurrió hacer el juego del “salto hacia atrás”. Apuntábamos nuestro momentos cruciales y deshilábamos, como si fuera un ovillo, los otros momentos que nos habían llevado a ese. Y cuando encontrábamos un nudo, seguíamos tirando del hilo hacia atrás y hacia atrás todo lo que podíamos. A veces, cuando encontrábamos uno de esos momentos de tomar una decisión vital,nos divertíamos haciendo una historia alternativa hacía adelante, llevándonos a otro momento crucial que estábamos convencidas de que debía estar sucediendo en un mundo paralelo. «Si en ese momento hubiera elegido quedarme en casa en lugar de ir a aquella fiesta, entonces ahora…»o «si me hubiera quedado en aquella ciudad para estudiar, ahora tal vez…» y cosas del estilo. Fantaseábamos con nuestro yo haciendo algo distinto, igual que justificábamos el punto donde nos encontrábamos en ese momento. Con el tiempo se volvió más complejo: Analizábamos fechas, buscábamos sincronicidades, nos recreábamos en las casualidades que mostraban las canciones que escuchábamos y los personajes de los libros que leíamos, hasta que, satisfechas y eufóricas, creíamos haber descifrado las guías que condicionaban trabajos, amantes, viajes, discusiones, reconciliaciones… todo acabó simbolizado en distintas fichas de colores que se movían por nuestro tablero de juego. Parecía una diversión inocente, pero lo cierto es que acabé viéndole el peligro y nunca más quise jugar al salto hacia atrás después de que se marchara…

Ahora, después de mucho tiempo, ella había vuelto a la ciudad. La noticia, días atrás, me había alegrado pero notaba un revuelo que no sabía identificar, tal vez incertidumbre. Por primera vez desde nuestra despedida estábamos hablando cara a cara y no detrás de palabras escritas o mensajes de voz en diferido. Y algo se me escapaba, notaba que perdía pie entre dos tiempos – el de los recuerdos y el de ahora-que sucedían a la vez. Como en nuestro juego, donde todas las realidades se superponían en un mismo momento.

―Ya estás de nuevo dejándole las riendas “al universo”, como tú dices –le respondí finalmente.- Tal vez lo que pasaba es que allí donde vivías estaba siempre nublado.

Se giró hacia mi desconcertada.

―Tú mejor que nadie sabes a lo que me refiero, no hables así como si todo fuera una banalidad.

Se nos cruzaron las miradas y fue como si algo se me agarrara en la garganta y bajara por el pecho. Entendí en ese momento lo que se me revolvía por dentro: tendría que lidiar con una bola de fuego hecha de expectativas, con la certeza del cambio que habíamos experimentado cada una y, en el fondo de todo, con el miedo que tenía de volver a caer en nuestro juego. No estaba preparada para sufrir de nuevo sus consecuencias. No ahora que yo tenía el orden que necesitaba, que me creía segura de que todo estaba en su sitio.

Me encendí un cigarrillo y yo también miré hacía Orión. La ciudad ponía el ruido de fondo a nuestro silencio y nos rodeaban los edificios llenos de ventanas, las personas que se veían a través de las ventanas, las historias que salían de cada una de esas personas… todos personajes prescindibles de las películas de los demás. Pero yo no estaba sólo allí, sino en todos los sitios donde ella y yo habíamos estado juntas en el pasado.

―¿Sabes? Si pienso mucho me lleno de nostalgia, y a la vez… -empecé a explicarme.

―Calla. -me cortó en seco- Te entiendo. Lo bueno de crecer es que se puede hablar con menos palabras… La diferencia es que crees que tú has nadado hasta esta orilla y yo sencillamente he llegado, o me he dejado llevar, a esta orilla.

Me dio un escalofrío y con la excusa de ir a buscar una manta entré en el piso. Salvo un par de lámparas de pie que iluminaban algún rincón y unos cuantos cojines donde sentarse en el suelo, lo demás eran cajas medio abiertas y maletas… Tantas que era difícil pensar como había podido mudarse con todo aquello. Yo me había sentido muy ligera al hacer limpieza de tanto en tanto en mi trastero, liberada al tirar cuadernos y cajas con diversas cosas, al regalar libros, consiguiendo así olvidar momentos y ,por fin, rompiendo esos hilos causales que tanto me habían enmarañado. Tomando yo las decisiones y no sólo contemplando las consecuencias, para poder sentirme dueña del presente y no víctima del pasado. Para poder respirar en la linealidad del tiempo, en lugar de sentirme en el centro de una espiral que no para. Todo esto me iba repitiendo a mi misma mientras buscaba la manta, revolviendo en una de las maletas. Me convencía de que algo se había perdido entre nosotras y que no seríamos de nuevo aquellas cómplices de antes. Dudaba sobre si debía irme a casa en lugar de salir a la terraza. Encontré la manta y, al cogerla, un marco de foto cayó al suelo. Era una imagen del cielo nocturno, un cielo en el que todavía se podía ver la vía láctea y en ella, perfectamente identificables, las tres estrellas del cinturón de Orión. El texto decía: En el instante está la eternidad.

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