Palabras de mariposa

Palabras de mariposa

La mujer más vieja del pueblo lo supo. Lo supieron todas. Todas las mujeres de las cinco generaciones que habitaban bajo el mismo techo. Todas las mujeres de aquella aldea perdida en el pantanal, abandonada en el tiempo.

La señal fue inequívoca. Poco antes del amanecer, el canto del gallo quedó suspendido en el aire, como el son de una gramola antigua atrapado en el surco roto de un disco viejo de pizarra. El Sol se negó a trepar por el firmamento, persistente como el canto monocorde del gallo, estancado en si bemol. Y como era de esperar, ocurrió que, con el canto ininterrumpido del ave y el astro empecinado en no elevarse en el cielo, empezó a extenderse la hiedra negra de la noche que, como hasta los niños saben, se alimenta de la Luna nueva, retrayéndose con la llegada del alba.

Lo supieron todas en casa de la mujer más vieja del pueblo. Del mismo modo que en su momento ha ocurrido siempre en cada casa. De la misma manera en que aconteció unos quince años atrás, igual que pasó hará ya aproximadamente seis lustros, aún antes, sumando tres quinquenios, y anteriormente, contando medio siglo y una década. Las cuatro mujeres adultas se reunieron en la complicidad de la cocina. La señora Herminia, la más anciana de la aldea, su hija Mirta, su nieta Laura y su bisnieta María, mientras que Valentina, la pequeña de las cinco generaciones, quedó durmiendo en su cama.

—Muchachas, no hagan tanto barullo. Dejen que la niña duerma, aún quedan muchas horas por delante —dijo la matriarca.

—¿Recuerdan hace treinta años? Estuvo lloviendo para arriba durante tres días —dijo Laura con expresión de fastidio, mirando a su hija María, que asintió con una sonrisa.

—Laura, deja la masa. —dijo Mirta —Ya sabes que tu corpulencia asusta a la levadura y en vez de panes tendremos que obsequiar tortas —y la hija se limpió las manos en el mandil y miró hacia abajo avergonzada.

—Señoras, apúrense. Pronto vendrán las visitas —dijo la señora Herminia.

No hicieron falta más palabras, continuaron trabajando en silencio, hablando con las miradas, asintiendo con silencios expresivos, sonriendo con la sabiduría profunda de las mujeres analfabetas.

Las raíces de la hiedra se aventuraron primero discretas, horadando surcos en los caminos de tierra, levantando el empedrado en la calle principal. Sus brotes negros empezaron a extenderse por los muros de las casas, adentrándose en grietas equivocadas, retrocediendo y rectificando el rumbo.

Lo ignoraron todos, como les correspondía. Los hombres se replegaron, se aislaron, se evitaron las miradas, se ocultaron en sus cuartos, en los corrales, en los desvanes, en los cobertizos de los aperos, aún sin apurar el primer café de la mañana, pues el agua en los peroles, como ocurriera en algunas casas cada quince años, se negó a hervir, aun fuertemente alimentada por las llamas. El hombre más grande de todos se empequeñeció como un párvulo, el más energúmeno apenas asomaba la cabeza, como un ratoncillo asustado. La dentadura postiza del hombre más viejo del pueblo, heredada de su padre, escapó de su boca y avanzó dando saltos hasta refugiarse segura en el vaso de la mesilla, mientras su esposa, como cada amanecer, le acercó un espejo para ver en el vaho si aún respiraba.

Las gallinas parieron sus polluelos vivos, rompiéndose el cascarón al tocar el heno. Las ranas se refugiaron en el fondo de las charcas, retomando las habilidades respiratorias de cuando no eran más que renacuajos. Y junto al canto del gallo se elevó la música más dulce de todas las quenas, las guitarras, los charangos, tañidos por las patas mágicas y expertas de las enormes cucarachas voladoras, que saltaban con maestría de cuerda en cuerda. El tren, que cada madrugada pasaba de largo por el apeadero dejando oír su silbato, quedó atrapado en las vías abrazadas por la hiedra negra, como un buque varado en la selva.

El canto continuo y sostenido del gallo que amedrentaba a los hombres, tenía el efecto contrario sobre las mujeres. Las casas y las chozas del pueblo se iluminaron y abrieron sus puertas, por las que salieron todas buscando el rastro de la hiedra negra, mientras las palabras de júbilo al brotar de sus bocas, se transformaban en mariposas multicolores que revoloteaban durante el tiempo que dura el eco de una palabra, para caer transformadas en polvo de seda, que bajo las pisadas se convertía en orugas procesionarias, dirigiendo la voluntad de sus piernas.

Y ríos de mujeres confluyeron en casa de la señora Herminia, entre la algarabía insostenible del canto del gallo, la dulce melodía de los instrumentos de cuerda, el revoloteo de miles de mariposas, el silbato de la locomotora y el castañetear de dientes masculinos y dentaduras postizas, mientras la más anciana del pueblo, abriendo de par en par sus puertas, dejó entrar a todas en la cocina, ante la gran mesa repleta de los aromas más coloridos y los sabores más melódicos, obtenidos de los frutos de la tierra con mimo y habilidad por las manos hacendosas de las anfitrionas, y todas las presentes, dispuestas en dos filas, formaron un pasillo por el que se adentró el ramaje de la hiedra negra, ya rápida y certera, encaminándose hacia el cuarto de la niña, trepando por las patas de su cama, abrazando los barrotes del cabecero como anacondas, como boas constrictor, y blancos como las sábanas blancas comenzaron a abrirse sus capullos, tornasolándose en rosa, y del rosado se entreveraron de rojo, para acabar abriéndose plenos de color grana, y el canto del gallo cesó en el aire, el Sol recuperó el tiempo perdido, se escuchó al unísono el aliento masculino contenido y las mariposas dejaron paso a las palabras: «la niña ha florecido».

Fotografías publicadas con autorización. Perfil de Instragram de la autora: @bymarianieto

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