La hora de irse se aproximaba y Fede aún tenía que terminar su postre. Era incapaz de levantarse de su espacio seguro. El resto de mesas del Lamucca las ocupaban familias, grupos de amigos, parejas… Los camareros iban de un sitio a otro con una sonrisa pintada. Fingían ser conocidos de toda la vida. ¿No se sentían intrusos?

Si se levantaba, incrementaría su dolor interior. Cada vez le oprimía más el pecho.

Terminó su postre. Pagó la cuenta y salió a la calle. Era tal y como la recordaba: individuos solitarios paseaban hacia destinos desconocidos. Unos se evadían de la realidad con música, otros hablaban con gente lejana o fijaban su mirada en una pantalla. ¿Tan poco interesante era el escenario que tenían enfrente?

Fede era un intruso entre esa multitud desalmada, esos grandes edificios y esa atmósfera de humo. Ya no era su hogar.

Su dolor de pecho se hizo más fuerte. Llevaba una década sin notarlo, desde que empezó a vivir en una tierra fantástica de la España casi despoblada. Ahí había pocas criaturas, pero su compañía era constante. En medio de ese silencio, únicamente alterado por el sonido de gallos, caballos, puercos y terneros, uno distinguía una voz familiar. Sus vecinos lejanos eran cercanos. Los veía todos los días de camino al trabajo, en la cantina, en el mercado… Incluso le acompañaban a sus “solitarios” paseos por el bosque circundante. Siempre estaban dispuestos a prestarse ayuda mutua sin pedir nada a cambio.

Era un lugar apacible e idílico: la Comarca de Tolkien. Aunque se respiraba inocencia y bondad, existía, en menor medida, la oscuridad.

En ese Edén particular alivió el dolor de pecho de su antigua vida, pero lo tuvo que abandonar. Regresó a la ciudad y las punzadas volvían. ¿Por qué tuvo que despedirse de esa nueva gente? ¿Acaso no consiguieron llenar su vacío?

Si abandonó el pueblo onírico, fue para comprobar que no había vivido una falsa ilusión durante esos años.

Llegó a su viejo hogar, situado en una calle estrecha y mugrienta. Atravesó el portal. Mientras subía el ascensor, el dolor se hizo más notable. Cuando abrió la puerta de su piso, estuvo a punto de echarse atrás. Pero se armó de valor y llegó hasta el salón, donde tiempo atrás recibió esa llamada.

Fue una mala noticia. Esa persona a la que tanto aprecio dedicó se había esfumado como la niebla. Fue un accidente, una broma amarga y cruenta del destino.

Así empezó el dolor, y quiso huir de él. Por eso fue al pueblo. Tenía que superarlo y erradicarlo. ¿Lo consiguió? No, pero se puso por encima de él, sintiéndolo como una débil punzada en un mar de felicidad. En ese momento se dio cuenta.

Fue a su habitación y descubrió que ya no le pertenecía.

Miró al espejo y no se reconoció. Era un afable e inocente campesino. No había rastro de ese hombre recto, perfumado y formal.

Era un intruso. Esa idea le hizo sonreír.

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