Tú, en mis amaneceres… siempre tú

Tú, en mis amaneceres… siempre tú

Mariano E.

13/11/2018

El soldado acomodó su almohada para quedar más erguido, más de cara a la ventana. La mañana no se había entibiado, ni lo haría; la temporada de invierno se había empecinado en quedarse un poco más. Afuera, las nubes se veían más cercanas al plomo que al algodón.

Sin dejar que la manta descubriera su pecho miró los montes y los valles que se formaban bajo ella. En su rostro no se asomó ninguna queja, ya no. Tan solo, que no era fácil acostumbrarse a la ausencia de las cordilleras.

Su esposa entró al cuarto, sonriéndole con dulzura, como siempre. Acababa de salir de la ducha. Su cuerpo exhalaba vapor y un olor a jazmín que invadía el ambiente. La miró por un largo rato mientras ella se aplicaba crema en sus brazos, en sus piernas, en su vientre. La toalla se deslizó un poco dejando al descubierto su espalda y parte de sus caderas. Los dos hoyuelos arriba del coxis se veían hermosos, como siempre. Pensó en la última vez que sus labios habían adorado esa espalda, descendiendo luego, cuesta abajo, al sur del valle donde las mariposas se enloquecen… Un rictus, pequeño de por sí, se asomó, desapareciendo después. Como lo habían hecho las lomas y los picos: en un instante.

–¿Vas a desayunar ya, amor? –dijo ella, observándolo desde el espejo que había sobre la cómoda. Él asintió, casi sin mirarla.

Su atención se centró de nuevo más allá de las nubes, más allá del horizonte, justo donde la tierra plana terminaría si hubiese sido verdad que nunca fue redonda. Sus ojos divagaron, y viajaron, cabalgando al límite de lo consciente, depositando sus divergencias en las tierras del olvido y la desesperanza… sí, de nuevo, ahí donde pudo caminar por última vez entre valles y senderos, entre el verde del follaje, el amarillo de las flores, y el estruendo de las minas… sí, sobre una de esas mal llamada quiebra patas.

Sintió el dolor otra vez, y el vacío del vuelo: ese que lo elevó un par de metros antes de aterrizar hecho pedazos… pedazos que nadie recogió, porque ya no valían en esta vida.

Un resuello emergió horadando su pecho. Lo trajo de nuevo desde la selva hasta su cama, ahí, mirando por un último instante esos trozos de montaña que lloraban la ausencia de su hermana gemela. La que a veces sentía latir, palpitando, viva… aunque ya no lo estuviera.

Habían pasado seis meses desde aquello. Seis meses, de zozobra y desesperanza. Seis, sumido entre la rabia y el desconsuelo. Seis, sin más que hacer que mirar sin ver nada. Seis, sin haber reparado que la vida estaba ahí, más allá de los pies de la cama… ahí, cubriendo su cuerpo con crema humectante y un amor sin límites.

Sus miradas se encontraron. Ella se volvió y pudo ver que su esposo estaba de regreso. Se levantó, dejando caer su toalla.

El soldado sonrió… y dejó de buscar lo que ya no estaba.

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