¡ ESTREMÉCETE !

¡ ESTREMÉCETE !


HUÍDA

«¡Está con el ‘barbas’, seguro!».

Voceaba mi hermano mayor. E insistía.

«¡Todo estaba urdido desde aquí!».

Y apostillaba.

«¡Id y veréis como es verdad… lo habían preparado de antemano!»

Mi padre, también militar, jefe del Ejército de Tierra, le miraba cansado y condescendiente.

«Déjalo, que tu madre empeorará. Bastantes disgustos hemos tenido ya».

Ambos tenían razón, aunque entonces no me alcanzaba el entendimiento para valorar temas tan enjundiosos.

Mi hermana Maricarmen era un verdadero símbolo.

De casa marcharon todos pronto, bien porque era su hora, bien porque huían de un ambiente estricto con disciplina de Escuela de Caballería: «¡ ni ‘pero’, ni ‘es que’… !», solía decir mi padre ante las continuas excusas y alegatos que se le hacían.

Cuanto más si se trataba de la desaparición de Maricarmen.

Alfonso y Marisa, segundo y tercera en el orden de alumbramiento, se habían casado. Yo, Juan Luis, ‘el nene’, llegué catorce años después a una familia ya en proceso de agostamiento. Mi abuela Agustina, Mamá-Carmen y Papá formaban un triángulo en el que yo deambulaba perdido, habida cuenta el precario estado de salud imperante.

Primero desfiló la abuela: fulminante neumonía.

Sin su báculo, mi madre cayó tras el enésimo ‘ataque al corazón’ (así era llamada cualquier afección cardíaca), no sin antes haber sufrido una embolia que le produjo una lacerante hemiplejia. Asombrado, observaba los inútiles intentos de rehabilitación con pelotitas en su fláccida mano.

Una mañana me despertó mi padre y dijo: «mamá se ha ido». Pensé que era una buena noticia, pues eso significaba que ya podía andar. El ataúd y los cirios chisporroteando me abrieron los ojos que, desde entonces, mantuve bien despiertos.

Mi padre casóse después de cierto tiempo para darme cuidados pero no resistió un derrame cerebral que fulminó su gallardía y nobleza de espíritu…

Creo que me desvío del asunto que me trae aquí.

MARICARMEN

Nacida en Barcelona, ella era alegre.

Mientras vivía en Madrid, en unas casas militares junto al Palacio Real, se empeñaba en catequizar gente de color en El Campo del Moro…

Me enseñó a bailar. Mostróme su estudio de pintor. Era bohemia convicta con baúl repleto de libros extraños con títulos sugestivos.

Su novio, ‘Manolo Pirolo’, mi padrino, de proverbial paciencia, lloró desconsoladamente cuando la acompañó al convento donde Jesús le había quitado la prometida. Después el silencio. Y la noticia:

«Desaparece capuchino de un convento».

Mi hermano tenía razón.

Maricarmen emigró a Irlanda, luego a Inglaterra donde unióse a Carlos, hízose anglicana, tuvo hijas e hijos, donó el hígado de un vástago fallecido, peleó con los obispos del lugar sobre Teología Avanzada, regresó una vez a España, enviudó, sufrió una complicada enfermedad que la tuvo impedida y, finalmente, murió.

La última vez que hablé con ella fue por teléfono.

Me puso varias canciones de Elton John y me dió un consejo:

«Lucha siempre por lo que pretendas. Eso te hará un poco dueño de lo que aspires, aunque nunca lo consigas. No desmayes»

Hago mía su Fe.

Y quiero honrarla…

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