Afrontó la primera de sus últimas noches arrinconando el amasijo de huesos esparcidos por el suelo, acurrucándose resignado en el fondo de aquella caverna, donde el viento y la luminosidad de luna y estrellas temían adentrarse. Al girarse, algo se clavó en su espalda: una mano ya sin carne aferrando un objeto. Tuvo que romperle las falanges para hacerse con él; pareciera que su dueño intentara impedir que se lo arrebataran. Su innata curiosidad le instó a palparlo. Se trataba de una rama corta y rugosa. Donde se dividía en dos, formando una V, se engarzaba una piedra circular de bordes redondeados. La olisqueó y lamió sin notar nada característico, salvo su perfecto pulido, producto de enormes presiones y el rozamiento con piedras semejantes y el agua.

Inquieto esperó las primeras luces del alba. Cuando emergió de la cueva observó cómo aquel mineral traslúcido cobraba un centelleo irreconocible para sus retinas. Ensimismado lo giraba contemplando los destellos que surgían sin razón aparente. Relegando el rugir de sus tripas comprobó que el brillo era más cegador a medida que lo alzaba hacia donde el amanecer coronaba las desoladas colinas. No se percató que los rayos del sol traspasaban la piedra y convergían en su mejilla. Un dolor atroz, desconocido, le indujo un alarido cuyo eco se propagó por el valle, como si el sufrimiento se difundiera a todo lo que le rodeaba. Aquello le inquietó y suscitó interés a su limitado entendimiento, pero en lugar de mostrar temor su valentía, le instó a repetir los mismos movimientos, esa vez más erguido; la quemadura se la originó en el pecho, profiriendo un grito que arrancó nuevos quejidos a las montañas.

Ratificado su ilusorio poder, intentó procurar dolor a cosas más menudas. En cuclillas, orientó la piedra hacia un escarabajo que pasaba entre sus pies desnudos. Lejos de conseguir su objetivo, comprobó estupefacto cómo aumentaba de tamaño. La casualidad propició la confluencia del haz de luz con paja seca. Primero apareció el humo y luego, de súbito, unas llamas que se propagaron rápidamente a un arbusto. Aquello escapaba a su comprensión; aún así las lenguas abrasadoras, anaranjadas y cambiantes, como con vida propia, no le disuadieron de acercarse para intentar agarrarlas. El estridente alarido reverberó en las paredes de las montañas. Calibrando la distancia para no sufrir daño, la sensación era agradable, placentera. Aquel ente le hipnotizaba arrojando sombras que bailaban a su alrededor y le sumía en un sueño decorado con un escenario que reconoció sin esfuerzo: su poblado. En él irrumpía esgrimiendo su preciado objeto, infligiendo sufrimiento a quienes le desterraron, recuperando así el trono del que fuera defenestrado. Fue tan real que al despertar confundió la realidad con una pesadilla, pesadilla que se desvaneció al percibir el tacto de su dios, que asía con vehemencia.

Decidido desanduvo la senda que nadie osó desandar con mirada desafiante y la determinación de quién tiene total convicción de lo que va a acontecer.

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