Cuánto me place verla, ¡oh mi amada!,
aunque las formas nos dividan,
aunque las apariencias nos impidan
mostrar la llama en nuestros pechos dada.
No me aflige la suerte disfrazada,
ni aqueste amor que las costumbres cuidan;
pues basta que mis horas se decidan
a hacer de usted su eterna destinataria.
¿Qué importa que otros juzguen que ha fallado
aquello que no entienden ni conocen,
por no tener medida ni concierto?
Si al solo verla queda mi alma en vado,
si mis ojos, entre todos, la reconocen,
¿qué importa el nombre, si el amor es cierto?
Y si al mirarla nace en mí el deseo,
y su voz enciende mis sentidos,
y aun despierta en mi pecho aquel recreo
de antiguos sueños, dulces y escondidos;
si es de mis poemas el trofeo
y el pulso de mis versos encendidos,
no he de llamar desgracia a mis cadenas,
ni cruz a lo que amándola me condena.
Porque aun sin nombre, rito ni promesa,
sin forma que las gentes reconozcan,
mi corazón la guarda y no tropieza
por sendas que a otros parecerán torcidas.
Mientras mis latidos su nombre gocen,
mientras mis ojos siempre la reconozcan,
como decía Lorca:
«amaros será mi ley», aunque haya cruces,
aunque por usted me ciñan mil cadenas.
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