La noche le doy, amada, y cuanto en ella
mi pensamiento alcanza y peregrina;
la luz que sobre el mundo se reclina,
la estrella que se enciende, le hago bella.

A usted consagro el aire y su querella,
el suspiro que el pecho no termina,
la sombra que en silencio se avecina
y aqueste corazón que le guarda en ella.

Si miro al alto cielo, allí le contemplo;
si escucho alguna voz, la suya espero,
y aun tiembla el alma cuando la reconoce.

Pues basta verle para alzar un templo
donde mi amor, secreto y verdadero,
arde sin voz, mas nunca se deshace.

Esa voz suya me derrite, y en mi pecho
despierta aquel ardor que amor procura,
romances que mi sangre no desmiente;
mas si prudente pide que sea estrecho
el fuego que por suya mi alma murmura,
lo callo… con esa rima de Quevedo:
«aunque os adore eternamente»…

Etiquetas: amor poesía romance

URL de esta publicación:

OPINIONES Y COMENTARIOS