Creo que tengo un síndrome.
No sale en Google, no está en el Manual Diagnóstico y Estadístico de los Trastornos Mentales y ningún laboratorio está investigando una vacuna, pero existe.
Lo he bautizado como Síndrome del Gato Contradictorio.
Sus principales síntomas son: renegar por cualquier cosa, olvidarse al minuto por qué uno renegó, contestar mal a la gente que uno quiere, evitar los abrazos y después extrañar a quienes ya no puede abrazar.
Estoy bastante avanzado.
Yo reniego mucho.
Pero tampoco crean que necesito grandes tragedias.
No.
Puedo renegar porque alguien dejó abierta una puerta.
Porque alguien cerró una puerta.
Porque hace calor.
Porque hace frío.
Porque el tráfico no avanza.
Y si avanza demasiado rápido también puedo encontrar algún motivo.
Tengo una capacidad extraordinaria para detectar pequeñas situaciones que podrían no molestarle absolutamente a nadie.
—¡Pero cómo van a hacer esto así!
Me indigno.
Levanto la voz.
Muevo las manos.
Pongo cara de señor al que le acaban de expropiar una hacienda.
Cinco minutos después:
—¿Qué vamos a almorzar?
Y ya está.
Se acabó la revolución.
Lo peor es cuando alguien me pregunta:
—¿Sigues molesto?
Yo:
—¿Molesto por qué?
No es nobleza.
Es mala memoria.
Guardar rencor requiere disciplina y yo para eso soy pésimo.
También tengo otra característica complicada: suelo contestar feo.
No feo de insultar a la madre de alguien.
Feo cariñoso.
Una especie de afecto mal traducido.
Alguien me dice:
—Gato, llegué bien.
Y yo:
—Ah, ¿y qué quieres que haga?
Traducción:
“Gracias a Dios llegaste bien.”
Pero obviamente no puedo decir eso.
Se me caería el personaje.
Mi manera de expresar cariño necesita subtítulos.
“Come algo.”
Significa: te quiero.
“Avísame cuando llegues.”
Significa: me importas.
“No seas huevón.”
Puede significar desde “ten cuidado” hasta “eres casi de mi familia”.
Depende del tono.
Para entenderme hay que tener experiencia.
Como con los vinos.
O los perros bravos.
También soy bastante malo con los abrazos.
No sé qué hacer cuando alguien me abraza mucho rato.
Después de cuatro segundos empiezo a calcular la salida.
¿Ya terminó?
¿Dónde pongo las manos?
¿Palmadita en la espalda?
¿Dos palmadas?
¿Tres ya parece que estoy sacándole un eructo?
Me pongo rígido.
Como estatua de plaza.
Pero acá viene una de las primeras contradicciones serias del síndrome:
extraño abrazos.
No cualquier abrazo. Extraño especialmente los que ya no existen.
Los de mis viejos.
Eso es lo absurdo.
Cuando estaban aquí probablemente no los abrazaba tanto.
Uno cree que hay tiempo.
Mañana.
El próximo domingo.
En Navidad.
En su cumpleaños.
Después la vida, que tiene un humor bastante más negro que el mío, decide que ya no habrá próximo domingo.
Y ahí entiendes que eras un idiota.
También digo que soy desapegado.
Eso me encanta.
Suena muy evolucionado.
Muy budista.
Muy señor que ha entendido la vida.
—Yo no me apego a nadie.
Mentira.
No persigo a nadie, eso sí.
Si alguien quiere irse, dejo que se vaya.
No hago grandes escenas.
No me gusta rogar.
No soy de aferrarme.
Pero después aparece una canción y extraño a alguien.
Paso por alguna calle y extraño Arequipa.
Veo una foto y extraño a mi familia.
Me acuerdo de mi viejo y me quedo mirando cualquier cosa durante un rato.
Pienso en mi mamá y se me hace un nudo.
Así que desapegado, desapegado…
Tampoco.
Digamos que soy un apegado silencioso.
Una especie bastante cobarde del afecto.
Quiero mucho, pero trato de que no se note demasiado.
Encima tengo lágrima fácil.
Ese es otro problema.
Yo puedo estar renegando porque alguien puso mal un Excel y media hora después estar llorando viendo un video de un señor de Corea que se reencuentra con su hermano después de cuarenta años.
Ni siquiera entiendo coreano.
Pero ahí estoy.
Moco tendido.
También lloro con canciones.
Películas.
Recuerdos.
Fotos.
Historias ajenas.
Animales que regresan a casa.
Abuelos.
Niños.
Despedidas.
Reencuentros.
Prácticamente cualquier cosa que tenga música de piano de fondo.
Pero si alguien que quiero me dice algo muy sentimental, inmediatamente activo el mecanismo de defensa:
—Ya, ya… tampoco te pongas nena.
Perfecto.
Freud estaría feliz conmigo.
Otra particularidad del síndrome es el humor.
Me encanta hacer bromas sin reírme.
Decir alguna barbaridad con absoluta seriedad y esperar.
Ese segundo en que la otra persona no sabe si hablo en serio me parece maravilloso.
Pero si alguien me hace una broma a mí, normalmente me río.
Incluso cuando me agarran de punto.
Creo que reírnos de nosotros mismos es una de las formas más saludables de sobrevivir.
Porque si uno se toma demasiado en serio termina convertido en esos señores que mandan audios de nueve minutos.
Y eso sí es una enfermedad grave.
A veces me pregunto por qué soy así.
Quizás uno se va fabricando mecanismos.
La broma para no decir que algo duele.
El mal humor para esconder preocupación.
El “no me importa” para no reconocer cuánto importa.
El rechazo al abrazo para no sentirse vulnerable.
No sé.
Tal vez soy simplemente un sentimental disfrazado de renegón.
Un tipo que aprendió a poner espinas alrededor de algunas cosas blanditas.
Y mientras pasan los años, empiezo a sospechar algo.
Que quizá deberíamos complicarnos menos.
Decir más veces “te quiero”.
Abrazar aunque uno parezca un muñeco de Lego.
Llamar a ese amigo.
Ir a ver a la familia.
Perdonar rápido.
Reírnos de nosotros mismos.
Porque hay algo bastante cruel en la vida:
cuando finalmente aprendemos a decir algunas cosas, muchas veces ya no tenemos a quién decírselas.
Yo daría cualquier cosa por tener hoy a mis viejos frente a mí.
Probablemente mi viejo me diría alguna cosa.
Yo le contestaría mal.
Mi mamá reclamaría:
—Gonzalo, no le contestes así a tu papá.
Y yo renegaría.
Como siempre.
Pero después haría algo distinto.
Me acercaría a los dos.
Los abrazaría.
Sin apuro.
Sin contar los segundos.
Sin pensar dónde poner las manos.
Y si alguno me preguntara qué me pasa, seguramente diría:
—Nada, carajo.
Porque tampoco hay que curarse completamente del síndrome.
Algunas cosas forman parte de uno.
Solo hay que aprender a traducirlas antes de que sea demasiado tarde.
Así que si alguna vez te contesto feo, me burlo de ti, te digo huevón, reniego porque llegaste tarde o te escribo únicamente para preguntarte si llegaste bien…
no te confundas.
Probablemente te quiero muchísimo.
Solo que padezco del Síndrome del Gato Contradictorio.
Y todavía no encuentran cura.
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