Capítulo 1: La noche en que lo vi todo de nuevo

A veces pienso en aquel verano roto,
cuando mi reflejo era solo un eco cansado.
Creí que el amor era una jaula pintada de oro,
y no vi que el aire me pedía libertad.
Pero en medio de mi huida silenciosa,
apareciste tú.
Con tu risa despreocupada,
con el desorden en tus manos,
y una mirada que parecía saber exactamente
que yo estaba aprendiendo a vivir de nuevo.
—
Evie
El reloj de mi celular marca las 7:30 p.m., y yo sigo en mi escritorio, rodeada de apuntes, resaltadores abiertos y tazas de café frío que no pienso terminar. Tengo dos exámenes en menos de una semana y, sinceramente, siento que mi cerebro ya no da para más. Me recuesto en la silla, cierro los ojos unos segundos y escucho el ruido de la calle entrando por la ventana.
—Evie, ¿ya cenaste? —la voz de mamá suena desde la cocina.
—¡Aún no! —respondo, con ese tono cansado que no puedo disimular.
—Ven un ratito, aunque sea come algo.
Me levanto, arrastrando los pies, y voy hasta la cocina. Mamá sirve una sopa caliente. Me siento frente a ella y trato de sonreírle.
—Tienes que descansar un poco, Evie. Estás muy pálida —dice, con esa mirada que lo ve todo.
—Lo sé, ma, pero si no estudio ahora… voy a reprobar. —Le doy una cucharada a la sopa, que me sabe a hogar.
Mamá suspira, resignada. Me pregunta si necesito algo más, si quiero que me haga té. Niego con la cabeza.
Después de cenar, regreso a mi cuarto y reviso el celular. Hay mensajes sin abrir, pero no tengo ganas de responder. Desde que terminé con Daniel, cada notificación me pesa más que otra cosa. Hace semanas que Agus, ese amigo que me escuchó llorar a través de tantas videollamadas, también está distante; supongo que ambos nos dimos espacio. Él estaba lidiando con su propia ruptura, y yo… bueno, yo estaba rota.
Tomo mis lentes y los dejo en el velador. La habitación se ve un poco borrosa sin ellos, pero así me gusta: el mundo desenfocado es menos doloroso.
Respiro hondo. Necesito aire, necesito salir.
—
Esa noche decido ir al cine. No por la película en sí, sino porque quiero sentirme bien conmigo misma, hacer algo sola. Camino hasta el centro comercial con los auriculares puestos, la música de Taylor Swift acompañándome. Entro a la sala de cartelera, pero sin mis lentes no logro leer bien los horarios. Me acerco a la taquilla, medio perdida, cuando de pronto siento un ligero choque:
—Perdón —digo, alzando la vista.
Y ahí está. Agus.
Me sonríe con esa expresión tranquila que siempre me dio confianza.
—Evie… Qué coincidencia. —Su voz suena igual que siempre, cálida, como si no hubiera pasado el tiempo.
—Agus… No esperaba verte aquí.
Él me cuenta que vino a recoger unos documentos de la universidad. Que sus amigos lo habían dejado plantado. Reímos un poco de eso. Sin pensarlo mucho, compramos entradas para la misma película: una de terror que acaba de estrenarse.
Nos sentamos lado a lado en la penumbra de la sala. Durante los sustos, me cubro el rostro con las manos y él se ríe bajo. Hace meses que no me río así, tan sincera, sin sentirme rota.
—
Al salir, el aire fresco de la noche nos recibe. Caminamos juntos hacia mi casa, conversando de todo: su nuevo trabajo, mis exámenes, nuestras rupturas. Son treinta minutos de trayecto que se sienten como cinco.
Llegamos a la puerta, hay un silencio. Él me mira fijamente, primero a los ojos… y luego a mis labios. Siento mi corazón golpearme el pecho, sin decir nada, se inclina y me besa.
Es suave, inesperado. Me separo un segundo, sorprendida, pero antes de que pueda reaccionar, él vuelve a besarme. Y esta vez cierro los ojos y lo dejo ser.
—Me alegra haberte visto —murmura con una sonrisa tímida.
Se despide y se va. Yo entro a casa en silencio, todavía sintiendo sus labios en los míos. Subo a mi cuarto, dejo el bolso en la cama y miro el celular: un mensaje suyo me espera.
«Me encantó esa cita, no cita.»
Sonrío, y mis dedos vuelan sobre el teclado: «A mí también… gracias por esta noche». Envío el mensaje y dejo el teléfono a un lado, con una sensación cálida recorriéndome de pies a cabeza. Pero esa sonrisa se quiebra al girar la vista hacia la repisa: ahí están todos los recuerdos de Daniel. La cadena de fresa, el peluche rosa de Stitch, las cartas. Todo lo que me ataba a él.
Prendo una vela, el fuego crepita suave, como un susurro. Tomo cada carta, cada recuerdo, y los dejo caer sobre la llama. El humo y el olor a papel quemado llenan la habitación, veo cómo se convierten en cenizas, una tras otra.
Suena «Begin Again» de Taylor Swift desde la lista de reproducción que olvidé cerrar. Me dejo envolver por la música mientras cierro los ojos. Tomo mi cuaderno de tapas gastadas y mi bolígrafo favorito. La primera frase fluye sola, como si me hubiera estado esperando toda mi vida:
«Puede ser nuestro amor… o quizá solo una historia más entre números y letras.»
Apoyo el bolígrafo, respiro hondo y sonrío. Sin saberlo del todo, acabo de comenzar mi propia historia.
August
Toronto siempre me recibe igual: con ese aire frío que parece atravesar la ropa, luces de neón y calles que nunca duermen. Después de tres semanas fuera por trabajo, regresar a la ciudad debería sentirse como volver a casa… pero no. Me siento más como un turista en mi propia vida.
Esa tarde había pasado por la universidad a entregar unos documentos. No suelo tener tiempo para esas cosas, pero el reencuentro con viejos profesores fue extraño y reconfortante.
—»Vaya, August, aún recuerdas cómo llegar», bromeó uno de ellos.
Sonreí educadamente. Lo que no dije fue que, en el fondo, prefería no recordar. La universidad era otro capítulo: proyectos imposibles, noches sin dormir… y ella. No Evie. Otra «ella» que ya no formaba parte de mi historia.
Al salir, recibí un mensaje del grupo de amigos: «Lo siento, bro, se canceló. Otro día.»
No me sorprendió. Ellos siempre estaban ocupados, o yo siempre lo estaba. Me guardé el teléfono y caminé sin rumbo por las calles. No tenía ganas de volver a casa ni de una noche de bares. Algo en mí pedía silencio, aunque fuera en compañía de desconocidos.
Entonces lo vi: un cine independiente, con un cartel brillante anunciando una maratón de terror. Perfecto. Compré mi entrada, con la idea de perderme un rato en la oscuridad de una sala.
Mientras bajaba las escaleras hacia la taquilla, ocurrió.
Un choque ligero.
—Perdón —dijo una voz suave.
Levanté la mirada… y ahí estaba. Evie.
Por un segundo pensé que estaba alucinando. Había pasado tanto tiempo desde la última videollamada, desde que su voz cansada me contaba lo rota que estaba, desde que yo mismo me sentía igual de perdido. Pero verla así, frente a mí, era diferente. Más real. Más hermosa.
—Evie… Qué coincidencia —dije, tratando de sonar tranquilo, aunque por dentro algo me golpeaba el pecho.
Ella sonrió nerviosa, apartándose el cabello de la cara.
—Agus… No esperaba verte aquí.
Nos quedamos un segundo en silencio. Era extraño. Habíamos compartido tantas conversaciones a distancia, pero en persona había algo distinto, como si fuera la primera vez.
—Vine por unos documentos de la universidad —expliqué, alzando la bolsa que llevaba—. Iba a salir con unos amigos, pero me dejaron plantado.
Ella sonrió suavemente.
—Vaya, qué suerte la mía. Yo solo… bueno, decidí salir sola.
No lo pensé demasiado.
—¿Quieres ver la película conmigo?
Sus ojos se abrieron un poco, sorprendidos.
—¿Contigo?
—Claro. Así no te asustas sola —bromeé.
Ella sonrió bajito y asintió. Compré las entradas y entramos juntos a la sala.
—
Dentro, las luces se apagaron lentamente. Me senté a su lado, notando cómo abrazaba sus piernas y acomodaba el suéter sobre ellas. Había algo tierno en sus gestos, como si tratara de hacerse invisible en medio de la oscuridad.
—¿Siempre vienes sola al cine? —pregunté en voz baja mientras pasaban los trailers.
—Casi siempre. Me gusta. Pero hoy… bueno, hoy no. —Me miró de reojo y sonrió.
—Hoy no —repetí, devolviéndole la sonrisa.
La película comenzó, y desde la primera escena ella dio un pequeño salto. Me reí suavemente.
—Tranquila, apenas empieza.
—No me juzgues —susurró, cubriéndose la cara con las manos.
La vi reír nerviosa, y me pareció adorable. No entendía nada de versos o canciones como los que ella siempre compartía, pero esta ecuación frente a mí… esta no sabría resolverla.
En una escena particularmente intensa, acerqué mi mano a la suya, dudando. Ella se tensó, pero no se apartó. Nuestros dedos se entrelazaron lentamente. Sentí un calor extraño, uno que no tenía nada que ver con la calefacción de la sala.
Cuando terminó la película, ella suspiró con alivio.
—Sobreviví.
Sonreí.
—Y lo hiciste muy bien.
Salimos al aire frío de la noche. Caminamos hacia su casa hablando de todo: sus exámenes, mi trabajo, nuestras rupturas. Hablábamos como dos viejos amigos que se reencontraban, pero había algo más. Algo que me mantenía atento a cada palabra suya, a cada risa.
Frente a su puerta, el silencio se hizo presente. La miré. Primero sus ojos, luego sus labios. Sentí el impulso antes de pensarlo. Me incliné y la besé.
Fue suave. Casi temeroso. Ella se separó un segundo, sorprendida, pero volvió a cerrar los ojos y correspondió el beso.
Cuando nos separamos, sonreí.
—Me alegra haberte visto.
Ella sonrió también, y algo en esa sonrisa me atravesó. Me despedí y caminé de regreso con las manos en los bolsillos, tratando de controlar el latido acelerado de mi corazón.
En el camino, revisé mi celular. No tenía ningún mensaje importante, pero escribí uno:
«Me encantó esa cita, no cita.»
Minutos después, su respuesta llegó: «A mí también… gracias por esta noche.»
Sonreí solo, caminando por calles vacías. Esa noche fue diferente. La mejor que había tenido en mucho tiempo. Y no porque hubiera terminado con alguien en mi cama, como tantas otras veces, sino porque me fui a casa con algo más poderoso: la sensación de que algo nuevo había comenzado.
Capítulo 2: El placer de vivir... y el peso de los fantasmas

Y allí estabas tú,
con los bolsillos llenos de risas,
el cabello rebelde como si no creyera en las reglas.
Yo, con el corazón haciendo ruido
más fuerte que la ciudad en hora punta,
rogando que no notaras el temblor en mis manos.
Caminamos por calles que parecían inventadas,
como si alguien hubiera colgado faroles
solo para enmarcarte.
La noche me supo a smoothie de fresa,
a promesas que no dijiste,
a esa chaqueta sobre mis hombros
que olía más a hogar que mi propia casa.
Pero cuando cerraste la puerta,
llevándote tu sonrisa,
el eco de tu nombre
me siguió como una canción que no sé apagar.
– Play: «Enchanted» – Taylor Swift
Evie
No dejaba de pensar en la noche anterior. Ese beso.
A veces cerraba los ojos y lo sentía todavía, como si su mano siguiera rozando mi mejilla y su sonrisa aún se dibujara frente a mí. Era tonto. Apenas había pasado un día, y yo ya parecía vivir en una película adolescente de romance barato.
August me escribió esa tarde:
«¿Quieres salir por un smoothie? Conozco un lugar increíble.»
Acepté sin pensarlo. La universidad había sido pesada, y honestamente, cualquier excusa para verlo me parecía perfecta.
Nos encontramos frente a la estación. Él llevaba una chaqueta de cuero desgastada, y el cabello le caía desordenado sobre la frente, como si hubiera salido corriendo de casa.
—No sabía que te gustaban los smoothies —le dije mientras caminábamos.
—Tampoco sabía que me gustaban las películas de terror —contestó él con una sonrisa ladeada, mirándome de reojo.
—Te burlaste de mí toda la función.
—Estabas muy asustada —rió.
—¡Estaba asustada porque dabas miedo tú! —le empujé el brazo con suavidad, y él fingió dolor.
El lugar al que me llevó parecía sacado de Pinterest: paredes color crema, luces colgantes y macetas con plantas que parecían colgar del techo. Pedí uno de fresa y plátano; él, uno de mango. Pasamos casi una hora hablando, riendo, compartiendo historias de la universidad, de Toronto, de profesores raros y de nuestras clases favoritas.
Era fácil estar con él. Demasiado fácil.
Después de eso caminamos por la ciudad. Atardecía, y la brisa fría me obligó a cruzar los brazos sobre el pecho. August se dio cuenta.
—¿Tienes frío? —preguntó.
—Un poco.
Se quitó su chaqueta sin dudar y me la puso sobre los hombros.
—Me vas a deber una película de terror más por esto.
—¿Qué? ¡No!
—Sí. —Sonrió satisfecho—. Y además palomitas grandes.
Me reí, sin poder evitarlo. No estaba acostumbrada a que alguien me tratara así, con tanta naturalidad.
Cuando nos acercamos a la avenida principal, él revisó su teléfono. Sus ojos brillaron un instante.
—Un amigo me acaba de invitar a una fiesta esta noche.
Me quedé en silencio.
—Genial —dije al final, intentando sonar indiferente.
—Pensaba… bueno, que antes podríamos cenar algo ligero, y luego te dejo en tu casa.
—Claro —respondí, sonriendo. Por dentro, algo en mí esperaba que me invitara a ir con él. Pero eso no pasó.
Esa noche, cuando me dejó en la puerta de mi edificio, se inclinó para darme un beso en la mejilla. Fue rápido, como si no quisiera darme falsas señales.
—Descansa, Evie.
—Tú también, Agus.
Entré en casa, pero no duré ni cinco minutos. Tenía un nudo en el pecho. Le escribí a Amelia:
Yo: «¿Planes esta noche?»
Amelia: «Netflix, Lucas y yo, pero ven si quieres.»
Yo: «Voy para allá. Necesito terapia de amiga.»
Decidí tomar un taxi directo a su casa. En el trayecto, llamé a mi mamá.
—Mamá, me quedaré a dormir donde Amelia.
—Está bien, hija. Pero llámame temprano mañana antes de ir a la universidad. Ya sabes que tu papá se molesta si no te ve al despertar.
—Sí, mami. Te quiero.
—Yo también, Evie. Cuídate.
Suspiré y apoyé la frente en el vidrio mientras el taxi avanzaba. No sabía por qué me sentía así. Estaba segura de que no tenía derecho a estar molesta… pero lo estaba.
—¿Y entonces? —Amelia me miraba con sus ojos enormes, sentada en el suelo con una taza de té. Yo estaba hecha un ovillo en su cama, abrazando una almohada.
—No sé qué me pasa, Am. Siento que para él ese beso no significó nada… y para mí… no puedo dejar de pensarlo.
Ella soltó una carcajada seca.
—Evie, ¿en serio estás dramatizando así por August?
—¡No dramatizo! Es que… —me cubrí la cara con las manos—. Él es guapo, interesante… y yo sé que antes tenía una lista interminable de chicas. No quiero ser solo otra.
—Escúchame bien —Amelia se levantó y se sentó frente a mí, seria—. Si no lo quieres ser, no lo seas. Tú decides cómo te trata alguien, ¿me escuchas? Si él no tiene la intención de algo serio, no merece ni un segundo de tus lágrimas.
—Es que… siento que estoy exagerando.
—No exageras. Tienes derecho a sentir lo que sientes.
Lucas entró en la habitación en ese momento con un bol de palomitas.
—¿Todo bien aquí? —preguntó, sonriendo.
—Sí, amor. Estamos hablando de chicos idiotas —dijo Amelia mientras él se sentaba a su lado y le daba un beso en la frente.
La escena me hizo sonreír y dolerme un poquito a la vez.
—Lucas Hayes —dijo Amelia, señalándolo con el dedo—. Este es el estándar. Chicas como nosotras merecemos a alguien que nos trate como él me trata a mí. Ni menos, ni más.
Lucas me guiñó un ojo.
—Amelia es demasiado dramática.
—¡Cállate! —Amelia le lanzó una almohada, y yo terminé riendo con ellos.
Mientras Amelia y Lucas discutían entre risas, me quedé en silencio un momento, viendo lo felices que eran juntos. Y no pude evitar preguntarme si yo algún día tendría eso con August… o si solo sería un capítulo pasajero en su vida.
August
No podía sacarme de la cabeza esa sonrisa.
Ni sus ojos brillando cuando la asustaba en el cine. Ni la forma en que se escondía en el asiento, con las manos sobre la cara, pero mirando por entre los dedos. Evie tenía esa manera de reírse nerviosa que me hacía querer molestarla más, solo para escucharla de nuevo.
Así que, en la tarde, le escribí:
«¿Quieres salir por un smoothie? Conozco un lugar increíble.»
Sonreí cuando aceptó sin pensarlo mucho. Toronto me había dado miles de cosas en el pasado: amigos, aventuras, recuerdos que prefería olvidar… pero ahora, de repente, se sentía diferente. Como si todo aquí me llevara a ella.
Pasé por la estación a recogerla. Estaba preciosa, como siempre. Intenté actuar normal, como si mi corazón no estuviera dándome una patada en el pecho cada vez que me miraba.
La tarde fue fácil, ligera. Reímos tanto que parecía que la conocía de toda la vida. Me gustaba su manera de hablar, su curiosidad, cómo siempre encontraba algo interesante que comentar.
Le puse mi chaqueta sobre los hombros cuando vi que tenía frío. El gesto fue casi automático, pero cuando sus dedos tocaron los míos para ajustársela, sentí un chispazo.
Y ahí estaba yo, haciendo bromas sobre películas de terror para ocultar que me estaba derritiendo por dentro.
Después, cuando mencioné la fiesta a la que Max me había invitado, noté la leve caída en su mirada. Fingí que no me di cuenta. La dejé en su casa con un beso en la mejilla y una sonrisa que no mostraba mi propio dilema: quería quedarme con ella. Pero también necesitaba perderme un poco.
El bar estaba lleno de humo y luces rojas. Max me recibió con un abrazo exagerado.
—¡August, hermano! —gritó sobre la música—. Ya era hora de que volvieras a respirar aire de verdad.
—No sé si esto cuente como aire —bromeé.
—Esta noche cuentas como soltero. Y feliz. ¡Así que deja de poner cara de mártir y ven a brindar!
Con Max siempre era así: caos envuelto en un traje caro. Se le notaba en cada gesto que era hijo de un empresario poderoso, pero lo usaba para hacer fiestas y no para presumirlo.
Y ahí estaba ella: Charlotte Duval.
Una mujer que parecía saber exactamente el efecto que causaba. Se presentó con una sonrisa lenta.
—Charlotte —dijo.
—August.
—Interesante nombre.
—Peligroso el tuyo.
—Quizá lo sea —respondió con un guiño.
La noche avanzó entre tragos y risas. Charlotte era todo lo opuesto a Evie: segura, directa, un huracán de sensualidad. Y sin embargo, mientras la tenía cerca, mientras sus labios se pegaban a los míos, mi mente volvía a la sonrisa tímida de Evie. Me sentí un idiota por pensarlo, pero ahí estaba: esa chica estaba grabada en mi cabeza.
Aun así, dejé que Charlotte me llevara con ella. Dejé que la música, el alcohol y su risa borraran lo que sentía. Al menos por unas horas.
Desperté con un dolor de cabeza insoportable. Me incorporé lentamente, y ahí estaba Charlotte, dormida, su cabello desparramado sobre la almohada. La habitación olía a perfume caro y a culpa.
«Al menos es bonita», pensé.
Pero al instante la imagen de Evie me golpeó. Sus ojos, su voz, sus risas en aquel café.
Me pasé las manos por el rostro.
—Evie… ¿qué carajo hago pensando en ti? —murmuré.
Recogí mi ropa, me vestí y salí sin despertarla. Mientras caminaba por el pasillo del hotel, mi celular sonó. Era mamá.
—¿August?
—Mamá.
—Tu hermana está llorando. No quiso ir a la escuela porque no viniste a leerle.
Me quedé callado.
—August… ella te extraña.
—Lo sé. Dile que hoy le leo dos cuentos.
—Eso espero. Y desayuna algo decente. No quiero verte enfermo otra vez.
Colgué con un suspiro. Podía ser el chico de las fiestas, el que siempre sonreía, el que parecía tenerlo todo bajo control… pero la verdad era que todo esto me estaba rompiendo por dentro.
Cuando llegué a casa, Lila estaba en el sillón, con los brazos cruzados.
—¿Estás enojada? —le pregunté, sentándome a su lado.
—Mucho.
—Lo siento. Hoy te leo dos cuentos.
—¿Me lo prometes?
—Te lo prometo.
Me abrazó con fuerza, y sentí que todo lo demás —Charlotte, las fiestas, incluso mi propia confusión— desaparecía por un momento.
Pero cuando ella se fue a jugar, me quedé solo en el sillón, y lo único que podía pensar era en Evie. En su risa, en la chaqueta que probablemente seguía oliendo a mí. Y me di cuenta de que no había nada que pudiera hacer para borrarla de mi cabeza.
Capítulo 3: Cristales que vuelven a brillar

«Decían que mis sueños eran de cristal,
pero contigo aprendieron a romperse…
solo para brillar otra vez.»
Evie
El día siguiente amaneció con nubes bajas sobre Toronto, como si el cielo supiera que yo estaba hecha pedazos antes de empezar.
Entré al aula con mi libreta bajo el brazo, esa donde escribía mis versos favoritos. Hoy en Historia de la Literatura del Siglo XVIII debatiríamos sobre «Cartas de una viajera solitaria», una novela feminista ficticia que había devorado en una sola noche. Estaba emocionada… hasta que escuché esa risa.
Charlotte Duval estaba sentada en la fila delantera, rodeada de sus amigas como si fueran un séquito real. Perfecta, impecable, con el tipo de belleza que parecía sacada de una campaña de perfume. Yo respiré hondo y me senté al fondo.
La profesora, una mujer elegante con gafas finas, inició la discusión:
—¿Qué opinan de la protagonista y de su lucha contra los convencionalismos de su época?
Levanté la mano, el corazón golpeándome el pecho.
—Creo que su rebeldía no era solo un acto político, sino un acto de amor propio. Ella… ella quería escribir su historia, incluso si el mundo le decía que no tenía derecho.
Charlotte soltó una risita que hizo eco en el salón.
—O… quizá solo era una soñadora fracasada. Como esas chicas que creen que los poemas pueden salvarlas —dijo, mirando directamente hacia mí.
Las risas de su grupo se clavaron en mi piel.
—No veo cómo burlarse de una mujer que quería libertad es gracioso —respondí, sintiendo calor en las mejillas.
—Relájate, Evie. No todas las cosas tristes son «profundas» —dijo Charlotte, cruzándose de brazos.
La profesora intervino, pero no de la manera que esperaba.
—Señorita Monroe, modere sus emociones. No es apropiado levantar la voz a sus compañeros.
—Pero… ella—
—Suficiente. Y debido a su comportamiento, quedará suspendida de participar en el Taller de Poesía Moderna hasta nuevo aviso.
Sentí que me arrancaban el aire de golpe.
Ese taller era lo único que me hacía sentir que pertenecía a este lugar.
Tragué saliva y asentí, demasiado rota para defenderme.
Salí del salón antes de que alguien pudiera verme llorar. Caminé por los pasillos llenos de voces, sintiéndome invisible y al mismo tiempo juzgada por todos.
La frase de Charlotte resonaba como un eco cruel: soñadora fracasada.
Cuando llegué a casa, mamá estaba en la cocina.
—¿Todo bien, cielo? —preguntó, preocupada.
—Sí… solo cansada —mentí.
Me refugié en mi habitación. Me quité los zapatos y me tiré en la cama, sin fuerzas para nada. La cena pasó sin mí; apagué el teléfono y me escondí bajo las mantas.
Frente a mí, en el escritorio, estaba mi cuaderno. La primera página tenía una frase que había escrito la noche después del cine:
«Puede ser nuestro amor… o quizá solo una historia más entre números y letras.»
Tomé el bolígrafo y empecé a escribir como si mis palabras fueran una fuga desesperada. Imaginé a August sosteniéndome la mano, riendo conmigo bajo una lluvia inesperada, susurrándome promesas que nunca haría en voz alta.
En mi mente, él era mi refugio.
En la vida real… solo había sido un beso, una tarde de smoothies, y luego el silencio.
Las lágrimas empezaron a caer sin que me diera cuenta.
Me detuve, dejé el cuaderno y abrí Pinterest buscando inspiración. Terminé guardando ilustraciones de parques vacíos, cielos de neón y chicas con el corazón roto. Era como si alguien hubiese dibujado mi tristeza.
Fue entonces cuando sonó mi teléfono.
August: «¿Libre mañana para un partido de básquet? Los chicos quieren revancha.»
Leí el mensaje una y otra vez. Mi pecho gritaba sí, pero mi reflejo en el espejo decía lo contrario.
Yo: «No… no estoy bien para competir.»
No pasaron ni dos minutos antes de que llegara otra respuesta.
August: «¿Qué pasa?»
Yo: «Nada.»
August: «Mentira.»
Suspiré. No tenía fuerzas para explicarle.
August: «Mañana no habrá partido. Te paso a buscar. Parque de los juegos, el de las afueras. No acepto un no.»
Me quedé mirando el mensaje, con el corazón latiendo un poco más rápido.
August no era de insistir. Pero lo estaba haciendo… por mí.
Por primera vez en todo el día, sentí algo parecido a esperanza.
August
Toronto amaneció gris, como siempre. Me gustaba esa sensación de ciudad viva que nunca se dormía, aunque ya no era mi casa. Ahora solo estaba de paso. Semanas contadas antes de volver a Northbay Heights, a mi oficina en el piso treinta y cuatro de un edificio que olía a café caro y estrés.
Me había ido del hotel temprano, antes de que Charlotte abriera los ojos. Sabía que no me buscaría; Charlotte no era de las que se quedaban esperando a nadie, y yo no era de los que dejaban notas en la mesita de noche. La noche anterior había sido solo eso: una noche.
Aun así, el eco de su perfume me siguió mientras caminaba por la calle. Saqué el teléfono y miré mis mensajes, esperando algo que sabía que no estaría ahí.
Nada de Evie.
Sacudí la cabeza y me metí a una cafetería. Llevaba puesta una gorra negra y una sudadera gris; me gustaba pasar desapercibido.
Mientras esperaba el café, abrí el correo del trabajo. Había reportes que revisar, proyectos en pausa. Mis días en Toronto eran vacaciones disfrazadas: ver a mamá y a Lila, reconectarme con los chicos… y fingir que todo en mi vida estaba bajo control.
—Aquí tienes —dijo el barista.
—Gracias.
Me apoyé en la barra y me dejé perder en el sonido de la lluvia golpeando los ventanales.
Fue entonces cuando pensé en ella otra vez.
Evie.
La chica que había hecho que las luces de esta ciudad parecieran menos frías. La que llevaba mi chaqueta, probablemente todavía oliendo a mí. La que escribía versos en un cuaderno viejo como si el mundo dependiera de eso.
Me pasé una mano por la cara.
—Estás jodido, August —murmuré.
Al mediodía, pasé por casa. Mamá estaba preparando sopa y Lila veía caricaturas en pijama.
—¿Vas a trabajar hoy? —preguntó mamá, alzando una ceja.
—Desde aquí.
—»Desde aquí»… significa que no te vas a mover del sillón.
Sonreí.
—Algo así.
Lila vino corriendo y se me lanzó encima.
—¡Me debes dos cuentos!
—Dos, tres, los que quieras, enana.
Me gustaba ese momento: la calma de estar en casa, la sonrisa de mi hermana, la cocina llena de olor a comida. Era lo único que me hacía querer quedarme en Toronto para siempre.
Pero sabía que no podía. Northbay me esperaba. Mi vida entera estaba ahí: el trabajo, mis metas, mis errores.
Pasé la tarde respondiendo correos y revisando documentos desde la laptop. Pero, en medio de todo, terminé abriendo Instagram, luego Pinterest, luego… su perfil. Evie.
No había subido nada nuevo. Solo las mismas fotos de parques y libros, como si su mundo entero fuera más sencillo que el mío. Me gustaba eso. Me daba paz.
Tomé el teléfono y escribí:
«¿Libre mañana para un partido de básquet? Los chicos quieren revancha.»
Esperé.
Segundos después, ella respondió:
«No… no estoy bien para competir.»
Fruncí el ceño. Algo estaba mal. No era la misma chica que había reído conmigo días atrás.
«¿Qué pasa?»
«Nada.»
«Mentira.»
Suspiré. Podría haber dejado el tema ahí, pero no lo hice. No podía.
«Mañana no habrá partido. Te paso a buscar. Parque de los juegos, el de las afueras. No acepto un no.»
Mandé el mensaje y dejé el celular a un lado.
La tarde siguió igual: reuniones virtuales, risas con Lila, una cena tranquila con mamá. Pero mi cabeza no estaba ahí. Estaba en la chica que no quería salir de casa.
Esa noche, mientras Lila dormía sobre mi pecho después del tercer cuento, me descubrí a mí mismo mirando el techo y sonriendo como un idiota. No por la fiesta de anoche, ni por Charlotte, ni por el caos que siempre me rodeaba.
Sonreía porque mañana la vería.
Y eso, aunque no quería admitirlo, me hacía sentir vivo.
Capítulo 4: La noche en que me perdí de nuevo
«Hay palabras que hieren más que el filo de un cuchillo,
miradas que se clavan y dejan cicatrices invisibles.
A veces, los sueños se rompen en un suspiro…
y aun así, el corazón insiste en seguir latiendo por quien los rompió.»
Evie
Me pasé el día entero en mi dormitorio. Las luces de la ciudad entraban apenas por la ventana, pintando líneas tristes en el suelo de madera. Había dejado el cuaderno abierto, con frases a medio terminar, como si incluso las palabras me hubieran abandonado.
La notificación del grupo de clase me sacó de mi ensimismamiento.
Amelia: «Terminamos el taller en 10. Vamos a verte. Prepara té, que llevamos pastel.»
Sus palabras eran una caricia, pero también una punzada. Me habían suspendido del taller, y Amelia estaba allí, en ese mismo salón donde yo debería estar leyendo mis versos.
Me envolví en una manta y esperé.
Una hora más tarde, Amelia apareció en mi puerta con Lucas, su novio. Amelia llevaba su sonrisa radiante de siempre y una bolsa de panecillos.
—Hey, poetisa —dijo ella, sentándose en mi cama sin pedir permiso.
Lucas dejó el pastel en el escritorio.
—Si supieras lo mucho que hablan de ti en el taller… —comentó, con voz tranquila.
—¿Para bien o para mal? —pregunté con un hilo de voz.
Amelia me pasó un trozo de pastel.
—Para bien. Tu poema de la semana pasada dejó a todos callados. Incluso la profe dijo que eras la voz más fresca que había escuchado este año.
Sonreí apenas.
—No sirve de nada si ya no puedo ir.
Se hizo un silencio pesado. Amelia me abrazó sin decir nada más. Pasamos horas así: hablando de series, riendo un poco, intentando llenar el vacío. Pero el vacío seguía ahí, escondido detrás de cada sonrisa.
De pronto, las palabras salieron de mi boca antes de que pudiera detenerlas:
—A las ocho pasará August por mí. Vamos al parque de diversiones.
Los ojos de Amelia se abrieron como platos. Mateo tosió con sorpresa.
—¿Qué? —dijo Amelia.
—No… no es nada de lo que piensan —me apresuré. Sentía que mis mejillas ardían.
—¿Nada de lo que pensamos? —se burló Mateo.
—Solo parece que le importo un poco. Pero no quiero hacerme ilusiones —dije, bajando la mirada.
Amelia soltó una carcajada suave.
—No quieres ilusionarte… cuando tienes páginas enteras llenas de versos sobre él. —Tomó mi cuaderno y lo levantó como prueba.
—¡Amelia! —protesté, riendo nerviosa.
—Es verdad —agregó Mateo—. La negación nunca le queda bien a una escritora.
Sonreí, pero dentro de mí seguía latiendo un miedo extraño. ¿Qué estaba haciendo aceptando esa salida?
August
El día había sido una rutina disfrazada de descanso. Teletrabajo, llamadas que parecían interminables y una madre que cada tanto me recordaba que comiera algo.
Lila se pasó toda la tarde dibujando, y yo fingía estar concentrado en una hoja de Excel mientras pensaba en ella: Evie.
A las siete y media tomé el auto. Toronto estaba cubierto por una bruma que hacía que las luces parecieran estrellas caídas. La ciudad se sentía lejana mientras manejaba hacia su casa.
Cuando la vi salir, con su abrigo largo y esa mirada de quien había llorado demasiado, supe que había hecho lo correcto al insistir.
—Hey, poeta —le dije, bajando la ventana.
—Hola… —su voz era suave, casi temblorosa.
Subió al auto, y el silencio nos envolvió.
—¿Lista? —pregunté.
Ella asintió.
—No sabía que en Toronto había un parque de diversiones —comentó después de un rato.
—No está en Toronto. Hay que salir de la ciudad. No me gusta que haya mucha gente.
—Parece tu estilo.
—¿Ah, sí?
—Silencioso, reservado… misterioso.
Sonreí.
—Tal vez.
El camino fue tranquilo. Cuando llegamos, el parque estaba casi vacío. Las luces parpadeaban sobre atracciones apagadas, y el sonido lejano de la ciudad apenas alcanzaba a llegar. Era como un rincón suspendido en el tiempo.
Caminamos en silencio. Evie se detuvo de repente, mirando el cielo.
—La luna está preciosa.
—No tanto como tú.
Ella bajó la mirada, ruborizada.
Me acerqué un poco más, preocupado al ver que sus ojos brillaban demasiado.
—Evie… estás llorando.
Ella se limpió rápidamente las lágrimas.
—Perdón.
—No tienes que disculparte. Podemos hablar si quieres… o solo quedarnos en silencio. Lo que necesites.
Ella me miró, como si esas palabras hubieran roto algo dentro de ella. Asintió y seguimos caminando.
Horas más tarde, el parque parecía un fantasma. Tomamos unas cervezas de una máquina expendedora. Ella bebía despacio, su mirada perdida.
—¿Sabes qué sería perfecto ahora? —dijo de repente.
—¿Qué?
—Olvidar todo lo que pasó hoy. Fingir que el mundo no existe.
Sonreí.
—Puedo ayudarte con eso.
Ella frunció el ceño, confundida.
—¿Cómo?
—¿Quieres que te acompañe esta noche? No tienes que estar sola.
Su respiración se detuvo un segundo. Asintió apenas.
La llevé al coche. Ella envió un mensaje rápido a Amelia y luego llamó a su madre, fingiendo que se quedaría en casa de su amiga. La idea no era dormir juntos; ella solo quería compañía. Yo también.
Conduje hasta un hotel discreto. Cuando estacioné, Evie me miró con sorpresa.
—Nunca he estado en un hotel —murmuró.
—Entonces será una nueva experiencia. Solo vamos a descansar, ¿sí?
Asintió, insegura.
Entramos en la habitación. Me quité el abrigo y los zapatos. Ella estaba sentada al borde de la cama, nerviosa.
Me acerqué lentamente, acariciando su rostro.
—Evie…
Ella puso una mano en mi pecho y dijo con firmeza:
—Alto.
Retrocedí, confundido.
—¿Por qué haces esto? —preguntó, con los ojos llenos de lágrimas.
—Porque… pensé que…
—¡No! —lo interrumpió, con un sollozo. Se levantó de golpe—. No soy como las demás, August. No soy una noche más.
Mi corazón se encogió.
—Evie, yo no…
—No me toques. No digas nada. —Su voz se quebró.
Antes de que pudiera reaccionar, tomó su bolso y salió de la habitación.
Corrí tras ella, descalzo, gritando su nombre. Pero no la alcancé. La vi subirse a un taxi y desaparecer en la neblina.
Evie
En el taxi, el conductor me preguntó:
—¿A dónde, señorita?
Me quedé muda, tartamudeando.
—A… Amelia. A su casa. —Di la dirección con voz temblorosa.
Llegué con el corazón desbocado. Amelia ya estaba esperándome en la puerta, alarmada por mi mensaje.
—Evie… ¿qué pasó? —susurró, al verme con el maquillaje corrido y la mirada vacía.
No pude hablar. Solo me aferré a ella.
—Vamos, cariño. Estás a salvo.
Me preparó té y me dejó una toalla limpia. Me duché en silencio, tratando de lavar todo el miedo y la confusión. Cuando salí, me metí bajo las mantas y, por primera vez en días, dormí profundamente.
August
Mientras ella dormía, yo estaba sentado en mi auto frente al hotel, con el corazón hecho pedazos. La había perdido antes de siquiera tenerla.
Llamadas. Mensajes. Nada.
«Evie, por favor, háblame. No quise hacerte daño. Lo entendí mal. Lo siento.»
Golpeé el volante con frustración. Nunca había querido a alguien así. Nunca había temido tanto perder a alguien.
—Soy un idiota —susurré, encendiendo el motor y perdiéndome en la noche de Toronto.
Capítulo 5: Me voy, pero me quedo contigo
«No todas las heridas sangran;
algunas laten en silencio,
como versos que nunca se atreven a rimar.»
August
Los últimos dos días habían sido un torbellino. Mensajes sin respuesta, llamadas que no contestaba. Toronto parecía más gris que nunca, incluso para alguien que no pensaba quedarse mucho tiempo.
En 48 horas debía volver a Vancouver, al mismo banco, a la misma rutina. Una vida que sonaba exitosa en el papel, pero que cada día lo dejaba vacío. Y sin embargo, aquí estaba, con un ramo de flores blancas y una caja de pastel de frambuesas, parado frente a su casa.
—No quiero irme así —murmuró, respirando hondo.
El frío le calaba los huesos, pero no se movió. Tenía que verla, aunque ella no quisiera escuchar.
Evie
El día había sido largo. Universidad, pasillos llenos de murmullos, profesores que la felicitaban y estudiantes que no sabían lo rota que estaba por dentro. Amelia había insistido en acompañarla, pero Evie decidió volver sola.
Su sueño de ser escritora seguía intacto, aunque el golpe de la suspensión en el taller dolía. Y August… bueno, su decepción también dolía, aunque intentara convencerse de que debía superarlo.
Caminaba absorta, sin lentes, con la bufanda cubriéndole medio rostro. A una cuadra de casa, una silueta borrosa se perfiló contra las farolas. Por un segundo pensó que su miopía le jugaba una broma.
—No puede ser… —susurró.
Pero sí era. August. De pie frente a su puerta, con las manos en los bolsillos y una expresión de nerviosismo que nunca había visto en él.
Su corazón latió más fuerte. Tenía llamadas suyas sin responder, mensajes que no había leído. No estaba lista para excusas, pero sus pies no le obedecieron. Caminó hacia él.
—Evie… —dijo, su voz grave, rota.
Ella se detuvo a pocos pasos, sin saber qué decir.
—¿Qué haces aquí?
—Esperarte. No me quiero ir así… no con esto entre nosotros.
—No tenías por qué venir.
—Sí tenía. Porque me voy pasado mañana. Y no quiero que pienses que lo nuestro fue… —se interrumpió, bajando la mirada—. No quiero que creas que eres solo otra historia más en mi vida.
Evie sintió un nudo en la garganta. Su voz estaba llena de arrepentimiento.
August dio un paso al frente, sacando el ramo y la caja.
—Flores. Pastel. Y un idiota que no sabe pedir perdón.
Ella parpadeó, sorprendida.
—¿Pastel?
—De frambuesa. Me dijeron que es tu favorito.
—Lo es. —Evie lo tomó, sintiéndose extraña—. No hacía falta…
—Sí hacía. Porque lo arruiné. Porque tú eres… —vaciló, buscando las palabras correctas—. Diferente. Y no sé cómo explicarlo, pero me importa. Mucho.
La vulnerabilidad en sus ojos derritió un poco el muro de Evie. Suspiró y abrió la puerta.
—Pasa. Hace frío.
La casa estaba en silencio. Su madre, profesora en Bishop Strachan School, estaba en una conferencia, y la sensación de estar solos hizo que ambos se movieran con cautela.
—Subo a dejar mis cosas —dijo Evie.
—Claro. ¿Te molesta si me siento?
—Ponte cómodo. Y… gracias por venir.
August dejó las flores en la mesa, mientras ella desaparecía escaleras arriba. Observó el hogar cálido, con muebles de madera clara y fotografías familiares. Había algo acogedor allí, algo que no conocía en su mundo acelerado de cuentas y reuniones.
Cuando Evie bajó, él ya había preparado dos tazas de chocolate caliente.
—Wow, no sabía que sabías preparar chocolate.
—No sé. Solo seguí las instrucciones que había en la caja —bromeó él.
Se sentaron en el sofá, y Evie, poco a poco, le contó lo ocurrido con el taller, su enemistad con Charlotte y la suspensión injusta. August la escuchó en silencio, con una mezcla de rabia y ternura.
—Eres demasiado buena para dejar que te apaguen así —dijo, apretando los puños.
—Es solo un taller.
—No. Es tu sueño. No dejes que nadie lo toque.
Evie sintió un calor extraño en el pecho.
—¿Sabes qué? —dijo Evie, intentando cambiar el ambiente—. Tú me hiciste ver una película de terror. Ahora me debes una.
—¿Cuál?
—Orgullo y prejuicio. Mi favorita.
August arqueó una ceja.
—¿Esa donde hablan mucho y casi no pasa nada?
—¡No hables mal de Elizabeth Bennet y Darcy! —rió Evie.
—Está bien, está bien. Veamos esa.
Ella fue a preparar palomitas mientras August se acomodaba en el sofá.
—El baño está al fondo, derecha —dijo Evie distraída desde la cocina.
August sonrió y fue en busca del baño, pero sus pésimas habilidades de orientación lo llevaron a otra puerta.
Abrió y se quedó quieto.
Era el cuarto de Evie.
Un santuario lleno de colores, fotografías, frases en post-its, peluches, ilustraciones, y un gran póster de Taylor Swift. Todo hablaba de ella: de su sensibilidad, de su pasión por crear mundos.
Sobre el escritorio, un cuaderno viejo cayó al suelo cuando él se movió para cerrar la puerta. Se agachó para recogerlo, pero se le resbaló y se abrió por una página.
Leyó en voz baja:
«Puede ser nuestro amor… o quizá solo una historia más entre números y letras.»
La fecha: 22 de abril.
El corazón de August dio un vuelco. Empezó a leer más.
«Aquel día en el cine no fue una cita, pero sentí que el universo nos había empujado allí. Tú, con tus ojos cansados y tu sonrisa irónica, tratabas de asustarme con cada susto de la película. Y yo, con mis manos sudorosas, fingía que no me importaba que las tuyas rozaran las mías en el portavasos.
Cuando me besaste en la salida, con el aroma de palomitas y lluvia en el aire, pensé que había encontrado un poema hecho persona.
Pero pasaron días. Silencio. Días en los que me convencí de que era solo eso: un beso para ti, una historia para mí.
Aun así, sigo escribiéndote. Porque quizás, aunque tú no leas estas páginas, mi corazón necesita dejar huella de que alguna vez exististe en mi vida.»
August tragó saliva, conmovido. Pasó otra página: versos escritos a mano, llenos de emoción.
«Eres caos en traje de oficina,
una ciudad que no duerme,
y yo, la calma que se esconde tras cortinas floreadas.
Pero cuando me miras,
la ciencia falla,
y los polos opuestos se atraen.»
Él sonrió, incrédulo.
—Dios… —susurró para sí—. No tenía idea…
Sintió un nudo en la garganta. La había subestimado. Y ahora, esas palabras eran un tesoro que lo desarmaba por completo. Cerró el cuaderno con cuidado y salió del cuarto justo cuando Evie bajaba las escaleras con las palomitas.
—¿Encontraste el baño? —preguntó ella, sonriente.
—Sí… —respondió, aún conmovido.
—Perfecto. Todo listo para la mejor película de la historia.
Se sentaron juntos en el sofá. La película comenzó, y Evie se iluminaba cada vez que aparecía una de sus escenas favoritas.
—Darcy no es frío, es reservado. Solo que la gente no lo entiende.
—¿Y tú sí? —preguntó August, divertido.
—Obvio. Elizabeth y él son como… polos opuestos.
—¿Polos opuestos? —repitió, mirándola de reojo.
—Sí. Y ves que funcionan. Aunque todo el mundo diga que no.
August no podía dejar de observarla. Sus ojos brillaban, sus gestos eran apasionados. Y él, que solo sabía de números y cálculos, se sintió como si hubiera entrado en un mundo nuevo.
La película terminó, y con ella, esa burbuja donde podía verla sin sentir que el mundo me apretaba el pecho. Nos despedimos en la puerta.
—Gracias por venir, Agus.
—Gracias por dejarme entrar.
—Cuídate.
—Tú también, Evie.
Forcé una sonrisa. No podía quedarme más tiempo; si lo hacía, iba a romper algo que no debería.
El aire frío me golpeó apenas salí. Caminé con las manos en los bolsillos, escuchando mis pasos en la vereda vacía. No somos Darcy y Lizzy, pensé. Ellos tuvieron su final feliz; nosotros no lo tendremos.
No con todo lo que cargo. No con las decisiones que ya tomé.
Ella merece algo limpio, algo seguro… algo que yo no sé dar. Y aún así, nunca conocí a alguien como ella. Nunca me había sentido así: como si alguien hubiera escrito mi nombre en silencio, como si me viera incluso cuando yo quería desaparecer.
Dolía. Dolía como duele una cicatriz que no deja de arder, como esos tres años que me dejaron roto. Y ahora estaba ella, tan distinta a todo, tan brillante…
Evie Monroe.
Me niego a que termine siendo otra herida. Ella merece quedarse intacta, como esas páginas que leí en secreto. Merece ser poesía, no un adiós.
El celular vibró en mi bolsillo. Era Lili preguntando si ya iba a casa. Le respondí que sí y aceleré el paso. No miré atrás.
Las luces de la calle dibujaban mi sombra, larga, flaca, como si caminara solo.
Evie se quedará en esas hojas, en ese cuaderno que la guarda mejor que yo.
Yo seguiré adelante. Así es la vida real: no siempre hay bailes ni salones ni finales felices.
Pero mientras camino, una certeza se clava en mi pecho:
Evie Monroe ya es la única historia que nunca voy a olvidar.
Capítulo 6: Entre lo que arde y lo que queda

«Hay un momento en que el espejo duele,
en que la pregunta no es si alguien te ama,
sino si tú te sostienes en tu reflejo.
Ahí no hay máscaras ni excusas:
solo queda elegir
si vivirás de los fragmentos
o de lo que puedes construir de ti misma.»
Evie
La casa estaba en silencio, pero mi cabeza no.
Las flores en la mesa seguían frescas, el pastel de frambuesa intacto en su caja. Parecía que todo lo que Agus había traído estaba allí para recordarme que había algo… y al mismo tiempo nada.
Amelia me había repetido por mensaje: «Si te trajo flores y pastel, no fue en vano. Algo siente.»
Yo quería creerlo, pero ¿qué hacía con esas dudas que me apretaban como un corsé invisible?
Subí a mi cuarto, abrí el cuaderno y dejé que la tinta se llevara lo que la garganta no podía pronunciar.
«Fueron dulces esos días,
cuando estabas cerca,
como si la vida se permitiera un respiro.
Ahora que regresas al ruido,
¿cómo llenará mi silencio
tu ausencia?»
Dejé la pluma sobre el escritorio y me tumbé en la cama. Entonces empezó a sonar «Back to Friends» de Sombr, como si el universo hubiera decidido reírse de mí.
«How can we go back to friends,
after sharing the same bed…»
Me quedé mirando el techo, repitiendo en susurros esa línea que no era mía pero parecía escrita para mí.
¿Qué pasaría si aquella noche, en lugar de un beso, hubiéramos compartido algo más?
Si con un roce me tenía así, ¿qué sería de mí si hubiese sido suya por completo?
Abrí Instagram y me puse a mirar sus fotos: sus viajes, sus reuniones, su sonrisa en lugares donde yo nunca estuve. El dedo se quedó quieto sobre la pantalla, como dudando entre escribir o no.
Pero escribí.
«Fueron dulces esos días mientras estabas cerca. Ahora que volverás a estar lejos, te voy a extrañar más de lo que debería.»
Lo envié.
Esperé como quien espera un milagro.
Y la respuesta llegó, fría, breve, como un golpe de agua helada:
«Yo también te aprecio mucho, Evie. Somos buenos amigos.»
El aire se me escapó de los pulmones. El día que habíamos tenido se deshizo como humo congelado.
Me quedé inmóvil, con la música aún sonando, intentando convencerme de que esto era lo más real, lo más lógico. Pero ¿qué hacer cuando el corazón se aferra a algo que ya se rompió?
Apagué la luz. Y aunque cerré los ojos, seguí despierta.
August
El aeropuerto estaba lleno de ruido, maletas rodando y anuncios constantes.
Yo me sentía vacío. Vacío y, en parte, tranquilo. Evie no podía ser mi excepción; mi vida siempre había sido un caos, y ella era otro caos que no podía permitirme.
Antes de abordar, tomé el celular y grabé un mensaje de voz:
«Evie, quería decirte algo antes de irme. No dejes que lo del taller te quite las ganas. Lucha por eso. Tienes un talento enorme, y sé que puedes con todo. Siempre vas a contar conmigo, aunque mi trabajo me consuma. Al final del día, voy a tratar de estar ahí para saber de ti. No dejes de atreverte por lo que importa.»
Lo envié.
Y seguí caminando hacia la puerta de embarque, sin mirar atrás.
Evie
El mensaje me llegó entrada la mañana. Lo escuché dos veces, y cada palabra era como un eco.
Quise quedarme con la parte bonita: «Siempre vas a contar conmigo». Pero mi sistema de defensa lo tradujo en otra cosa: «Solo en tus sueños.»
Respiré hondo. Si no podía atreverme en sentimientos, al menos debía atreverme en lo que sí dependía de mí: la escritura.
Amelia me acompañó hasta la oficina de la directora del taller. Toqué la puerta con las manos temblorosas.
—Adelante, Evie —dijo la directora, seria.
Entré y sentí que cada paso era un juicio.
—Profesora… quiero pedirle disculpas por lo ocurrido con Charlotte. Y suplicar mi reintegración al taller. Jamás quise discutir por orgullo ni por rencor, solo defendí un punto de vista.
Ella me observó en silencio antes de responder.
—Evie, ¿sabes por qué fui dura contigo? Porque tienes un potencial enorme. Pero la suspensión no fue por tu idea, sino por tu reacción. Los mejores debates no se ganan con dardos, sino con inteligencia.
Tragué saliva, sin atreverme a interrumpir.
—Ser escritor no es solo leer, vivir y escribir —continuó ella—. Es también debatir, refutar, defender tus ideas con cabeza fría. La literatura no es un campo estéril: es lucha. Pero debes aprender a luchar con argumentos, no con emociones desbordadas.
—Lo entiendo… —murmuré.
La directora suspiró y añadió:
—No está mal soñar, Evie. Lo necesitamos. Pero recuerda: en los libros los puntos de vista se juzgan con ojos severos. Y en la vida, también. Si quieres ser escritora, aprende a convertir tus emociones en palabras que nadie pueda refutar. Ese es tu campo de batalla.
Me quedé muda, con el corazón latiendo fuerte.
—Voy a darte otra oportunidad. Vuelve al taller. Pero no olvides esto: la pluma más fuerte no es la que hiere, sino la que convence.
Salí de la oficina con un nudo en el estómago. Amelia me abrazó apenas cerré la puerta.
Caminé por los pasadizos, sintiendo que acababa de recibir un lavado de cerebro.
«La literatura… ¿qué es?
¿La miseria de los que la vivieron como una guerra,
o la pulcritud de quienes la acariciaron como un lujo?
¿Yo qué quiero ser?
¿Una soñadora que escribe amores pasajeros que solo existen en mi mente?
¿O una mujer que se atreve a escribir la verdad,
aunque duela, aunque me desarme?»
Mientras avanzaba, entendí que la respuesta aún no la tenía.
Pero al menos sabía algo: la lucha apenas comenzaba.
Evie
Decidí no responderle más.
August tenía su vida: caótica, ruidosa, llena de ciudades, números y fiestas que jamás entendería. La mía, en cambio, parecía insignificante: una rutina de libros, pasillos de universidad y cuadernos donde lo único que ocurría era lo que yo me atrevía a escribir.
Guardé el cuaderno donde había escrito nuestra historia: mi historia de Agus. Lo cerré con cuidado, como quien entierra algo que alguna vez fue sagrado.
Y comencé otro. Uno que no iba dirigido a nadie en particular, sino a mí misma.
«Los sentimientos son la única brújula que nunca se debe poner en duda.»
Ahí escribiría sobre mí, sobre lo que contemplaba mi vida, sobre lo que dolía y lo que nacía. Esa sería mi verdad.
Las palabras de la directora retumbaban en mí:
«No está mal soñar, pero aprende a convertir tu emoción en algo irrefutable.»
Lo entendí: no escribiría más para alguien que nunca me leyó.
Ahora escribiría para existir.
Meses después
La Facultad de Humanidades hervía de rumores. Era fin de ciclo, y un anuncio había encendido la chispa entre todos los estudiantes de literatura:
Editorial Lumière, una de las más prestigiosas de Canadá, había convocado a un Concurso Internacional de Poesía Creativa.
El premio era monumental: publicación del libro ganador bajo su sello, además de una beca en la Sorbona, París, para cursar el último año y dictar clases de Poesía Creativa a los recién ingresados en la carrera.
Era el sueño de cualquiera.
Y para mí, se había convertido en una brújula.
Amelia no paraba de alentarme:
—Evie, esto es tuyo. Tu talento es único. Solo escribe como sabes hacerlo.
Pero también había sombras.
Charlotte.
En los pasillos la vi hablando con sus amigas, con esa sonrisa venenosa que tanto conocía.
—No pienso dejar que Evie Monroe se robe esto —susurró con veneno en la voz.
—¿Qué vas a hacer? —preguntó otra, con un dejo de nervios.
Charlotte arqueó una ceja.
—Lo que sea necesario. Ella no va a ganar.
Amelia, que había pasado sin que la notaran, se quedó helada tras escuchar eso.
Más tarde me tomó del brazo, preocupada:
—Evie, tienes que cuidarte. Charlotte… está tramando algo. Lo escuché.
—¿Algo como qué? —pregunté, incrédula.
—No lo sé. Pero su tono era… macabro. Como si estuviera dispuesta a todo con tal de verte caer.
Me quedé en silencio. Sentí un escalofrío recorrerme la espalda.
Charlotte siempre había sido arrogante, pero ¿tanto?
—Evie —me apretó la mano Amelia—, prométeme que no bajarás la guardia. Tienes demasiado talento, y lo saben. Por eso te envidian. Por eso intentan quebrarte.
La miré a los ojos y asentí, aunque por dentro la duda me estaba devorando.
Porque lo cierto es que, en este nuevo capítulo de mi vida, ya no solo me enfrentaba a mis sentimientos.
Ahora también tenía enemigos.
«He dejado atrás lo que nunca fue,
para luchar por lo que sí puede ser.
Pero cuando las palabras se vuelven un arma,
debo elegir si escribir para sanar…
o para sobrevivir.»
Agus
Agus había aprendido a disfrazarse. De risa, de ironía, de esa ligereza que lo hacía parecer el más despreocupado de todos. Pero detrás de los chistes, del humo de los bares y de las horas muertas en la oficina, su vida era un rompecabezas roto.
—Agus, ¿otra vez tarde? —le reclamó Clara en la oficina, al verlo dejar la carpeta en el escritorio.
Él soltó un bufido y se dejó caer en la silla.
—El tráfico… y el insomnio —murmuró, como si no fuera gran cosa.
—¿Insomnio? —ella lo miró con desconfianza—. No me digas que sigues pensando en esa chica.
Él sonrió, forzando la calma.
—¿Cuál chica? Eso ya pasó.
Pero en su voz había un filo apagado, como una verdad enterrada bajo demasiadas capas de mentira.
Las horas de trabajo se volvían eternas. Los números y reportes le parecían borrones sin sentido. Había días en los que ni siquiera recordaba lo que había hecho. Solo sabía que al final de la jornada lo esperaba el mismo vacío.
En las noches intentaba llenarlo con amigos.
—¡Vamos, Agus, no seas aguafiestas! —gritó Sofía mientras lo jalaba hacia la pista del bar.
—Hoy no, Sofi —respondió él, sacudiéndose con suavidad.
—¿Qué te pasa? Antes eras el alma de la fiesta —intervino Martín, con media sonrisa.
Agus se encogió de hombros.
—El alma también se cansa.
Sus amigos se rieron, creyendo que era una broma más. Pero Nico lo miró distinto, con esa seriedad que solo tienen los que conocen de verdad.
—Hermano, si la extrañas, escríbele.
Agus apartó la mirada.
—No quiero arruinar su paz. Yo… yo no soy parte de ese mundo tranquilo que ella tenía. Soy un desastre.
—O tal vez ella no buscaba calma, sino a ti —contestó Nico, dándole una palmada en el hombro.
Esa frase se le quedó rondando en la cabeza toda la noche.
De regreso en su departamento, el silencio era ensordecedor. Se tiró en la cama, encendió el celular y abrió el chat que juraba no volver a abrir. Ahí estaba. El nombre de Evie, brillando entre todos los demás, como una herida que se negaba a cerrar.
Escribió algo.
«Evie… no hay un solo día en que no piense en ti. En medio del trabajo, en las noches vacías, en cada risa que no me llena. No sé escribir poemas, pero si pudiera, escribiría solo tu nombre una y otra vez.»
Lo leyó dos, tres veces. Y lo borró.
Volvió a escribir:
«Perdóname por no estar. Perdóname por ser menos de lo que merecías.»
Y también lo borró.
Se quedó mirando el cursor parpadear, como si se burlara de su cobardía. Hasta que, cansado, con el pecho ardiendo de tanto contener, escribió solo dos palabras:
«Evie, te extraño.»
Las envió. Tan simple. Tan brutal.
Se dejó caer hacia atrás, con la respiración entrecortada, como si hubiera corrido una maratón.
No sabía que ella no leería aún ese mensaje.
No sabía que, en otra parte, Evie estaba guardando sus viejos cuadernos y preparándose para el concurso que cambiaría su vida.
Y mucho menos sabía que la misma mujer con la que había cometido un error en Toronto, Charlotte, era ahora la sombra que estaba dispuesta a hundir a Evie.
No sabía que ella no abriría aún ese mensaje.
No sabía que, al otro lado, Evie había decidido guardar el cuaderno donde lo escribía a él y empezar uno nuevo, con su propia voz como único destinatario.
No sabía que mientras él buscaba anestesia en bares y risas ajenas, ella comenzaba a encontrar su camino en los versos.
Y mucho menos sabía que aquella noche en Toronto lo había condenado a un secreto que tarde o temprano explotaría.
Charlotte.
La misma mujer que fue su error fugaz, era ahora la sombra que se cernía sobre Evie, dispuesta a envenenar su sueño justo cuando estaba a punto de florecer.
El destino, caprichoso como siempre, ya había puesto las piezas sobre la mesa.
Solo faltaba el momento en que todo colisionara.
Capítulo 7: Cuando los caminos regresan vestidos de gala

«Hay noches que tiemblan,
no por el frío,
sino porque algo regresa
a reclamar su lugar.»
Evie
El hotel parecía un hormiguero. Concursantes corriendo de un lado a otro, estilistas entrando y saliendo con vestidos planchados, maquillajes a medio terminar, risas que se quebraban en nervios.
Yo estaba en la habitación, frente al espejo, con Amelia sentada detrás de mí, peinándome como si fuera la última obra de arte de sus manos.
—No respires tan rápido o me vas a arruinar los rizos —dijo, con esa naturalidad que siempre me hacía sonreír incluso en los momentos más tensos.
—Lo intento, pero mis pulmones no colaboran —contesté, medio riendo, medio temblando.
El vestido estaba allí, colgado junto a la ventana. Azul medianoche, elegante, con un brillo discreto que parecía atrapar la luz de las lámparas. Amelia lo había elegido: «Es el color de tu calma», había dicho.
Mientras me lo ponía, escuché un golpe suave en la puerta. Era Charlotte.
Siempre Charlotte.
La más audaz, la que escribía sin pudor sobre cuerpos y placeres, y lo hacía tan bien que hasta los jueces sonreían. Había algo en ella que irradiaba peligro, como un fuego que atraía aunque supieras que podía quemarte.
—Bonito vestido, Evie. —Me recorrió con la mirada, como quien analiza un trofeo. Luego dejó escapar una sonrisa torcida—. Espero que llegues a tiempo al escenario. Ya sabes que los jueces son estrictos con la puntualidad.
No respondí. No quería regalarle la satisfacción de mi incomodidad. Pero cuando salió, noté que la cremallera de mi vestido estaba floja, casi rota. ¿Había sido un accidente o un descuido de sus manos rápidas? No lo supe. Lo único cierto era que el reloj no se detenía y debía llegar perfecta al evento.
—Tranquila, yo lo arreglo. —Amelia tomó aguja e hilo con la seguridad de quien sabe salvar una vida en cinco minutos.
Mis padres ya estaban en la sala principal. Amelia, Luca y yo tomamos un taxi hacia la universidad. El trayecto fue un nudo en la garganta. Iba a presentar mi libro, mi poesía, mi verdad. Y aunque no lo sabía entonces, no solo los jueces me esperaban.
Agus
El avión aterrizó con brusquedad, como si la tierra también me reprochara mi regreso. Llevaba en la mochila un sobre con treinta cartas. Una por cada día desde que escribí «Evie, te extraño.»
La última la garabateé durante el vuelo, con la bandeja temblando bajo mi brazo: «Si el destino me da un minuto contigo, será suficiente.»
No avisé a nadie. No quería promesas, ni advertencias, ni consejos. Solo necesitaba verla.
Tomé un taxi hacia la universidad. El edificio resplandecía, alfombra roja, reflectores, gente vestida de gala. Había un aire solemne, casi teatral, como si la poesía se hubiera vestido de cine.
Me detuve en la entrada. Los guardias pedían acreditaciones, tickets de invitado. Yo no tenía nada. Solo el abrigo gris, la bufanda mal anudada y el corazón más ansioso de lo que hubiera imaginado.
Pensé en marcharme. En dejar las cartas en algún buzón y huir. Pero mis pies se clavaron en el suelo, como si esperaran una señal.
Y entonces llegó.
Evie
El taxi frenó frente a la alfombra. El aire de la noche me golpeó en la cara al abrir la puerta. Amelia salió primero, elegantísima, luego Luca, con ese porte sereno que parecía protegernos a ambas.
Yo bajé despacio, cuidando cada movimiento del vestido. El murmullo de la multitud se mezclaba con flashes y voces excitadas.
Y entonces lo vi, no sé si era parte de mi ilusión o los lentes de contacto que llevaba puestos.
De pie, entre desconocidos, con un abrigo gris y bufanda enredada como siempre. No encajaba en el glamour de la noche, pero había en él una fuerza imposible de ignorar. No era el Agus que recordaba. Era un hombre cansado, pero con la misma mirada que me había sostenido tantas veces.
Mi corazón se detuvo.
Las luces, la alfombra, el concurso, la amenaza de Charlotte… todo se desdibujó. Solo quedábamos él y yo, como si la multitud se hubiera esfumado.
Agus estaba allí. Conmigo. En la noche más decisiva de mi vida.
No supe si debía correr hacia adentro o hacia él. Solo entendí que algo, para siempre, había cambiado.
Capítulo 8: La noche interminable

«Hay silencios que duelen más que un grito,
miradas que queman más que el fuego,
y lluvias que no mojan:
ahogan.»
Evie
Lo vi.
Lo vi parado en la entrada, entre el ruido y la elegancia, con su abrigo gris y esa bufanda descuidada que siempre le colgaba del cuello. Agus.
—¿A quién miras así? —me preguntó Amelia, ajustando la hebilla de su cartera.
—A Agus —susurré. Apenas su nombre me heló los labios.
Amelia me miró sorprendida, casi incrédula. Pero no dijo nada más.
Sonreí para las cámaras, saludé a un par de conocidos, pero dentro de mí todo era caos. La poesía, el concurso, mis ensayos… desaparecieron. Solo él estaba allí, como una sombra imposible de ignorar.
Agus
Nunca en mi vida la había visto tan hermosa.
Ese vestido azul medianoche parecía hecho para ella, como si las estrellas hubieran descendido solo para envolver su cuerpo. Evie no caminaba: flotaba.
Yo la miraba y recordaba cada carta que llevaba en la mochila. Treinta formas distintas de decirle que la extrañaba, que sin ella todo me supo a nada.
No podía irme. No esa noche.
Un amigo de la universidad, Marcos, apareció entre el gentío. Lo reconocí: era el mismo que me había llevado aquella noche de fiesta donde Evie conoció a Charlotte. Con un gesto rápido me tendió un ticket. —Pasa, hermano, sé que la necesitas.
Lo tomé como si me entregara la vida. Compré un ramo de tulipanes azules en la primera floristería cercana. Sus flores favoritas.
Amelia
Lo vi.
Y mi primera reacción fue rabia. ¿Cómo se atrevía? Después de lo que Evie había pasado, después de sus lágrimas, de su silencio.
Me interpuse en su camino.
—¿Qué haces aquí, Agus? —Mi voz era firme, pero mis manos temblaban.
Él bajó la mirada un instante, luego la sostuvo.
—Vine porque no podía no estar. Vine porque la extraño.
No alcancé a responder. Evie apareció caminando hacia nosotros, con los ojos enrojecidos, el vestido impecable… pero el libro que sostenía estaba manchado de café.
—Está arruinado… —mi voz quebrada apenas salió de mi garganta—. Charlotte… alguien… lo dejó caer. Los jueces lo van a ver así.
Amelia me abrazó fuerte. Agus me miró con los ojos llenos de dolor, como si su alma se derrumbara conmigo.
—Yo… tengo una copia en mi casa —dijo Amelia, rápida, segura—. Voy a buscarla ahora. Charlotte no te arruinará esto, te lo prometo.
Me quedé sola con Agus. Los dos mudos, presos de un silencio que pesaba más que cualquier palabra. Él intentó acercarse, sus brazos apenas se levantaron como si quisieran rodearme, pero no se atrevieron.
—Evie… —dijo, apenas un susurro—. Escribí cartas, treinta… cada día, desde que…
No terminó.
—Vaya, vaya… —la voz de Charlotte irrumpió como un veneno dulce. Se acercó con pasos seguros, labios pintados de rojo, perfume embriagador. Y sin pedir permiso, se colgó del brazo de Agus.
—No pensé verte aquí —dijo, mirándome con malicia—. Menos después de aquella noche que tuvimos. Fogosa, inolvidable, ¿cierto, Agus?
El suelo se abrió bajo mis pies.
No lo pensé. Corrí.
Las lágrimas me nublaban la vista. El tacón de mi zapato se rompió, caí contra el pavimento, rasgué el vestido. Me levanté como pude y seguí corriendo.
Y entonces, como si el universo quisiera burlarse de mí, empezó a llover. Una lluvia fría, despiadada, que borraba todo: maquillaje, dignidad, esperanza.
La ciudad se convirtió en un espejo roto de luces. Y yo, apenas una sombra deshecha en medio de la tormenta.
Llegué al evento con la copia del libro. Evie no estaba.
Me acerqué al jurado, con la voz firme pese a la angustia.
—Por favor, lean este libro. No es solo un conjunto de poemas: es la vida de mi amiga, su alma puesta en palabras. No está ausente por descuido ni por falta de profesionalismo. Algo ha pasado… pero ella merece ser escuchada.
El jurado asintió. Colocaron el ejemplar sobre la mesa. La sala estaba llena. Pero había un vacío enorme en el escenario.
Agus
Busqué a Evie por todas partes. Bajo la lluvia, en calles oscuras, con el ramo de tulipanes empapado. Mi corazón latía como si fuera a partirse.
Charlotte me seguía, molesta, insistiendo. Yo solo quería silencio. Solo quería a Evie.
No la encontré.
Terminé en su casa, empapado, derrotado. Frente a una puerta cerrada que no se abrió.
La noche siguió.
El concurso se realizó. Los poemas de Evie fueron leídos, y conmovieron hasta al más duro de los jueces. Pero la ausencia de la autora restó puntos. La decisión se postergó para el día siguiente.
Charlotte sonrió, creyéndose vencedora.
Amelia y Luca salieron a buscar a Evie, desesperados.
Agus se quedó solo, con treinta cartas en la mochila y un corazón hecho añicos.
Y Evie…
Evie se perdió en la tormenta, sin saber si aún tenía un lugar al que volver.
Capítulo 9: Mañana, frente a todos

Y si mañana dicen mi nombre,
que no sea por victoria.
Sino porque aprendí
a escribir mi propia historia.
Evie
Desperté con la ropa húmeda, pegada a mi piel como una segunda piel marchita. No recordaba cómo había llegado a aquel hostal barato. Solo sabía que no podía volver a casa. No quería ver a nadie.
La lluvia había cesado, pero dentro de mí seguía cayendo un diluvio.
Un golpe en la puerta me sacó del trance.
—¿Evie? —la voz de Amelia, temblando entre firme y suplicante.
—No abras —me dije—. No abras, o volverás a romperte.
Pero abrí.
Ella entró sin pedir permiso, empapada también, el cabello pegado a las mejillas.
—¿Qué haces aquí? —pregunté, seca.
—Buscándote. ¿Dónde más iba a estar? —me respondió, con un tono tan sincero que por un segundo me derrumbé en su abrazo.
Quise llorar, pero no salieron lágrimas.
—Evie… —Amelia respiró hondo—. Tus poemas emocionaron al jurado. Pero te necesitaban allí. El fallo se dará mañana. Tienes una oportunidad aún.
Yo negué con la cabeza.
—Charlotte ganó. Ella siempre gana.
Amelia apretó mis hombros con fuerza.
—¡No! Charlotte es puro veneno, ¿no lo ves? Jugó sucio, inventó lo de Agus…
Agus
Golpeé la puerta de la casa de Amelia hasta que mis nudillos sangraron. Nadie abría. Solo escuchaba mi propia respiración agitada.
Luca apareció por la esquina, con el ceño fruncido.
—¿Qué le hiciste a Evie?
—¡Nada! —grité, desesperado—. Charlotte está mintiendo. Ella y yo nunca… ¡jamás!
Luca no parecía convencido.
—Evie confía en Amelia. Y Amelia no quiere verte. Déjala en paz.
—No puedo —mi voz se quebró—. ¿No entiendes que la necesito? Que llevo meses escribiéndole, gritando en papeles lo que no pude decir en persona.
Luca suspiró, más cansado que enojado.
—Entonces demuéstralo. Pero no conmigo, no con palabras. Mañana, delante de todos.
Y se marchó.
Me quedé solo en la calle, con las treinta cartas en mis manos, como un náufrago aferrado a una tabla rota.
Charlotte
Me miré al espejo del camerino, retocando el labial rojo que jamás fallaba. El reflejo me devolvía a la mujer que había aprendido a ganar a cualquier precio.
—Evie es débil —me dije—. Y los débiles no sobreviven en este mundo.
Marqué en mi agenda: mañana, el premio será mío.
Evie
—Amelia… —susurré, incapaz de sostener su mirada—. ¿Y si lo que dijo Charlotte era verdad? ¿Y si él… me usó?
Amelia se encendió.
—¡No digas tonterías! Yo lo vi, Evie. Vi su cara, su desesperación. Ese hombre te ama, aunque sea un desastre.
Mi corazón quería creerlo. Mi mente me gritaba lo contrario.
Ella me entregó un papel arrugado.
—Lo encontré en su mochila cuando lo dejaste en mi sala. Es una de sus cartas. Léela.
Temblando, abrí el sobre.
«Evie, hoy también pensé en ti. No hay café, música ni amanecer que no me sepa vacío sin tu risa. Perdóname por no haber llegado a tiempo, por haber dudado cuando debía correr hacia ti. No soy nada sin tus poemas, sin tu voz. Y aunque no leas esto nunca, escribirte es la única forma que tengo de no enloquecer.»
Se me escapó un sollozo.
Amelia me sostuvo fuerte.
—Mañana tienes que presentarte. No por Charlotte, no por los jueces. Por ti. Por todo lo que has escrito.
Me quedé en silencio. La noche era una herida abierta, pero al fondo, muy al fondo, parecía brillar una luz.
Capítulo 10: El fallo de las estrellas

«El verano no pregunta,
simplemente arde.
Y en su fuego incierto
aprendemos que amar
también es arriesgarse a perder.»
Evie
La sala estaba llena. Rostros conocidos y extraños se confundían entre las luces de los reflectores. Mis manos temblaban, pero no retrocedí. Amelia y Luca me acompañaron hasta la entrada. Luego quedé sola, frente a todos.
Mis padres estaban allí, en primera fila. Mamá con los ojos hinchados, papá serio, rígido como siempre. No los esperaba. Y esa sola presencia me hizo dudar si de verdad pertenecía a ese lugar.
El jurado tomó la palabra. El murmullo se apagó.
—El concurso de poesía de este año ha sido particularmente intenso. Hemos recibido trabajos brillantes. Pero hay uno que, pese a las circunstancias, pese a la tormenta que lo rodeó, nos conmovió hasta la médula.
Yo apenas respiraba.
—El primer lugar es para… Evie Carter.
El aplauso fue ensordecedor. Cerré los ojos un segundo, como si quisiera grabar ese instante para siempre.
Charlotte
—¡Fraude! —su voz cortó el aire.
Todos voltearon a mirarla. Estaba de pie, con una sonrisa envenenada.
—Ese libro fue manipulado. Esa niña ni siquiera se presentó. No merece estar ahí.
El jurado la miró con frialdad.
—Tenemos pruebas claras de la autoría —dijo una jueza—. Y, además, sabemos lo que intentaste hacer con el ejemplar original.
Un murmullo recorrió la sala.
Charlotte palideció.
—Yo… eso no es…
Pero no tuvo tiempo de justificarse. La directora del evento tomó el micrófono.
—Charlotte, por tu conducta antideportiva quedas suspendida indefinidamente de futuros concursos de esta institución.
Su máscara se rompió. Vi en sus ojos un odio helado, como un filo dirigido a mí.
Evie
Subí al escenario. El trofeo estaba en mis manos. Y entonces anunciaron lo inesperado:
—La ganadora recibirá una beca completa para terminar sus estudios en París, además de prácticas como docente de literatura creativa.
París.
Un sueño que apenas me había atrevido a susurrar.
Busqué con la mirada a mis padres. Mamá lloraba de orgullo. Papá asintió, casi imperceptible, pero en ese gesto había más aprobación que en toda mi vida.
«Escribí un libro sin saberlo,
cada página llevaba tu nombre.
Y en cada carta que guardaste en silencio,
vivía el eco de lo que nunca dijiste.
Si amar es perderse,
que este verano sea nuestro laberinto.»
El jardín estaba en penumbras. Los reflectores del evento quedaban lejos, como si pertenecieran a otro mundo. Me abracé a mi propio cuerpo, con el trofeo aún en la mano, incapaz de creer que había ganado. Y entonces él apareció.
—Evie… —su voz era un susurro quebrado—. No podía irme sin hablar contigo.
Lo miré, con todo el peso de Charlotte aún clavado en el pecho.
—Dime que mintió —pedí, casi implorando.
Agus bajó la cabeza, luego me sostuvo la mirada.
—No mintió. Sí hubo esa noche… hace meses. Fue después de nuestra salida, cuando yo todavía dudaba. Dudaba de si tú y yo podíamos funcionar… tú tan soñadora, yo tan atrapado en números, trabajo, distancias. Y Charlotte estaba allí. Pero fue vacío. Desde que descubrí que te amaba, no hubo nadie más. Solo tú.
Me ardían las lágrimas.
—¿Y cómo pretendes que crea en ti después de eso?
Se metió la mano en la mochila y sacó un fajo de sobres arrugados, gastados por la lluvia. Los colocó en mis manos, temblando.
—Treinta cartas, Evie. Una cada día desde que me alejé. Treinta maneras de decirte que no podía olvidarte, que todo me sabía a nada sin ti. Nunca te las mandé porque tuve miedo. Pero son tuyas, siempre lo fueron.
Las abracé contra mi pecho, incapaz de hablar.
Él dio un paso más, acercándose hasta que su respiración rozaba mi rostro.
—Y tú… ¿me pensaste alguna vez?
Me mordí el labio. Saqué el libro que llevaba conmigo, el ejemplar limpio que Amelia había salvado. Se lo puse en las manos.
—Todo lo que soy está aquí. Se llama Nuestro amor. Lo escribí desde aquella primera «no cita», desde ese beso robado que me hizo creer que había un universo nuevo entre nosotros. Cada verso, Agus… eras tú.
Él lo abrió con manos temblorosas. Sus ojos se llenaron de lágrimas al leer en voz alta uno de los poemas:
«Me besaste sin aviso,
y fue incendio, fue vértigo,
fue la certeza de que mi piel
había estado dormida hasta entonces.»
Me miró, y en ese instante no existió Charlotte, ni París, ni Toronto, ni mis padres. Solo nosotros.
—Evie… —susurró—. Si este libro es nuestro amor, quiero escribir contigo todos los capítulos que vengan.
Su boca encontró la mía, primero suave, después urgente, como si besarnos fuera la única manera de sobrevivir. Mis lágrimas se mezclaron con las suyas. No era perdón todavía, era hambre, era necesidad, era el inicio de algo que dolería, pero que también nos daría vida.
Narrador
Esa noche, bajo el cielo húmedo de verano, los dos se entregaron a un romance imperfecto, desgarrado y hermoso. Un verano antes de París, antes de Toronto, antes de los juicios de un padre que nunca creyó suficiente a un muchacho sin apellido, criado solo por su madre.
Pero nada de eso importó mientras Evie y Agus, con un libro y treinta cartas entre ellos, se juraban en silencio que ese verano sería suyo.
El futuro aguardaba con sombras y distancias.
Charlotte planeaba en secreto.
Los padres levantaban muros.
El destino tejía caminos distintos.
Pero allí, en el inicio de aquel verano, nació una historia que ni la distancia ni el dolor podrían borrar.
La trilogía apenas comenzaba.
Epílogo - Bajo las estrellas
El verano había comenzado.
La ciudad olía a lluvia y a promesa.
Evie y Agus caminaron hasta la colina detrás del río, donde las luces parecían dormir bajo un cielo infinito. El libro Nuestro amor descansaba entre ellos, abierto en una página al azar, mientras las treinta cartas se amontonaban como alas en el césped.
—Mira —dijo Agus, señalando el cielo—. Una estrella fugaz.
Evie cerró los ojos un instante, como si desear fuese respirar.
—Si pedimos lo mismo, quizás dure.
Él tomó su mano.
—Entonces pidamos no futuro… pidamos presente. Este verano. Solo tú y yo.
Ella sonrió, con la certeza de que era un pacto imposible y, al mismo tiempo, el único que necesitaban.
—Un verano —repitió—. Nuestro amor en un verano eterno.
Las estrellas fueron testigos silenciosas.
Y aunque el tiempo y la distancia ya tejían sus hilos en secreto, aquella noche nada existía más allá de dos jóvenes que se prometían el universo en un simple roce de manos.
El primer libro se cerraba allí.
Pero la historia apenas había empezado.
–
Él era ecuaciones,
líneas rectas que nunca fallaban.
Yo era metáforas,
caminos torcidos que solo existían en mi cabeza.
Y aun así,
cuando su mundo calculado rozó mi mundo imposible,
todo explotó en luz,
como un secreto que siempre había estado escrito
en los márgenes del destino.
Treinta cartas me buscaron en la tormenta.
Treinta noches de silencio me enseñaron
que no todo lo que duele muere.
Él contó mis pasos como si fueran constelaciones,
y yo escribí su nombre hasta gastarme la piel.
Los números y las letras,
dos idiomas distintos,
pero en su abrazo descubrí
que hasta los idiomas inventan palabras nuevas
cuando se aman.
Llamémoslo amor,
llamémoslo error,
llamémoslo la locura más brillante
que jamás tuvimos el valor de evitar.
Porque al final entendí:
no hay futuro ni frontera
cuando dos adolescentes rotos
deciden bailar en ruinas
y convertirlas en casa.
A veces creemos que no lo lograremos,
que nuestros sueños son demasiado frágiles
y el mundo demasiado duro.
Evie también lo pensó,
cuando su libro manchado parecía el final de todo.
Pero si el amor sostiene lo que hacemos,
si creemos aunque sea un poco,
aunque tiemble la fe,
la vida abre un resquicio de luz.
Y entonces entendemos:
no importa cuántas tormentas intenten detenernos,
cuando el corazón escribe con verdad,
los sueños siempre encuentran la forma
de hacerse realidad.
Y este… no fue el fin.
Fue apenas el inicio.
OPINIONES Y COMENTARIOS