Geppetto en una terraza de Pontevedra

Geppetto en una terraza de Pontevedra

Aris Gómez

30/06/2026

Geppetto en una terraza de Pontevedra

Por Aris Gómez

Hay días que pasan sin dejar huella.

Y hay otros en los que un desconocido aparece durante apenas unos minutos y consigue remover recuerdos que llevaban años dormidos.

Hoy fue uno de esos días.

Estábamos mi pareja y yo comiendo tranquilamente en una terraza de Pontevedra. El sol acariciaba las mesas, la gente conversaba sin prisa y Pelusa, nuestra pequeña chihuahua, descansaba junto a nosotros observando el mundo con la serenidad que solo tienen los perros que se sienten seguros.

Entonces apareció él.

Era un señor mayor, de complexión delgada, cabello completamente canoso, un pequeño bigote, gafas de ver y unos ojos azules que transmitían una mezcla de bondad y tristeza difícil de explicar.

Se acercó despacio.

No invadió nuestro espacio.

Simplemente sonrió y preguntó con una educación que hoy parece casi olvidada.

—Qué bonita es… ¿Puedo acariciarla?

Le respondí que sí.

Pelusa, que siempre sabe leer el corazón de las personas mucho mejor que nosotros, ni siquiera dudó.

Se dejó acariciar como si ya lo conociera.

Entonces él la tomó entre sus brazos.

No la sujetó como quien sostiene un perro.

La abrazó como quien sostiene el recuerdo más importante de su vida.

Fue en ese instante cuando mi mente viajó de repente a la infancia.

No entendía por qué.

Hasta que lo vi con claridad.

Se parecía a Geppetto.

No solo por el pelo blanco, el bigote o las gafas.

Era algo mucho más profundo.

Transmitía la misma ternura.

La misma humildad.

La misma mirada de quien ha amado mucho y también ha perdido mucho.

Durante un instante dejé de estar en aquella terraza.

Volví a ser una niña viendo Pinocho, convencida de que existían personas capaces de querer con todo el corazón.

Entonces habló.

Nos contó que años atrás había tenido un perro exactamente igual que Pelusa.

Era el compañero que compartía con quien había sido su pareja.

Después de la separación nunca volvió a verlo.

No hablaba con rabia.

Hablaba con nostalgia.

Y mientras lo hacía, las lágrimas comenzaron a aparecer en sus ojos.

En ese momento comprendí que no estaba llorando por un perro.

Estaba llorando por una etapa de su vida.

Por los paseos.

Por las rutinas.

Por el cariño.

Porque los animales nunca son solo animales.

Son familia.

Son refugio.

Son hogar.

Y cuando desaparecen, dejan un silencio que pocas personas comprenden.

Sin darme cuenta, yo también estaba llorando.

Porque sus palabras despertaron una parte de mi propia historia.

Yo también había sentido lo que significa que una ruptura te arrebate no solo a una persona, sino también a un compañero de cuatro patas.

Hay pérdidas que los tribunales no reconocen.

Pero el corazón sí.

Dejé el plato sobre la mesa.

Me levanté.

No pensé demasiado.

Simplemente me acerqué a él.

—¿Me dejas darte un abrazo?

No hizo falta decir nada más.

Nos abrazamos como si nos conociéramos desde hacía años.

Después abrazó también a mi pareja.

Durante unos segundos desaparecieron las diferencias de edad, de historia y de vida.

Solo quedaban dos personas unidas por la empatía.

Antes de irse le dije algo que sentía profundamente.

—Quizá haya llegado el momento de darle una oportunidad a otro compañero de vida.

No para sustituir al que perdiste.

Porque eso nunca ocurre.

Sino para volver a sentir ese amor que solo un animal sabe regalar.

Me miró.

Sonrió.

Una lágrima seguía resbalando por su mejilla.

Nos dio las gracias varias veces y continuó caminando.

Lo observé alejarse hasta perderse entre la gente.

Nunca supe cómo se llamaba.

Quizá nunca vuelva a verlo.

Pero desde hoy ocupará un lugar muy especial en mi memoria.

Porque aquel hombre no solo acarició a Pelusa.

Acarició también una parte de mi infancia.

Me recordó a Geppetto.

Y comprendí por qué.

Geppetto nunca fue solo un personaje.

Representaba la ternura, el cuidado, la paciencia y la capacidad de amar sin esperar nada a cambio.

Eso fue exactamente lo que vi reflejado en los ojos de aquel desconocido.

A veces pensamos que los grandes cambios llegan con acontecimientos extraordinarios.

Pero la vida suele demostrarnos lo contrario.

A veces basta una terraza.

Un perro.

Un desconocido.

Y un abrazo.

Quizá él nunca llegue a saber cuánto me enseñó aquella mañana.

Y quizá yo nunca sepa si decidió abrir su corazón a otro perro.

Pero me gusta imaginar que sí.

Porque nadie reemplaza a quien amó.

Simplemente hace espacio para que el amor vuelva a entrar.

Y eso no es olvidar.

Eso es seguir viviendo.

Vivimos en un mundo donde cada vez hablamos menos con los desconocidos. Sin embargo, a veces basta un gesto de bondad para recordarnos que todos llevamos una historia invisible y que la empatía sigue siendo el lenguaje más poderoso que existe.

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