CAPÍTULO XIII: Los años en cochabamba
Vivimos en el dúplex poco menos de catorce años, hasta que logramos vender. Como ya dije se encontraba en la calle Cochabamba, en la esquina estaba la Plaza Martín Fierro. A seis cuadras de la casa de Dean Funes.
Si bien los problemas para escriturar fueron excluyentes, pasaron muchas cosas más. La vida misma que se abre paso entre los inconvenientes, para lo bueno y para lo malo.
Mi hermana y yo crecimos: estudios, trabajo, tristezas, desilusiones, ilusiones, amistades, amor y desamor. Pero la protagonista de esta historia es mamá, no nosotras.
Cuando recién nos mudamos la casa era bonita, chiquita, tendría aproximadamente 3 metros de frente y 6 de fondo. El frente era de mármol negro. La puerta y la persiana de la ventana de la planta baja y del dormitorio del primer piso que daba al balcón eran blancos. La puerta tenía una ventanita que permitía ver quien venía antes de abrir.
Al cruzar la puerta de entrada, se encontraba directamente el living comedor, pequeño, con piso de mármol verde, al igual que la escalera que iba al primer piso. Al lado de la escalera un toilette y al fondo la cocina, con dos ventiluces que daban al patio de la casa de al lado, donde vivían los cuñados de Pura. Debajo de la escalera, con entrada desde la cocina, había una baulera.
En el primer piso los dos dormitorios sin placares, el baño principal y la escalera que llevaba a la terraza. Este baño era grande, con pisos de mosaico negro y azulejos negros también. La bañera era enorme, mucho más grande que una bañera standard. Y todos los sanitarios eran color verde agua.
Al subir la escalera hacia el segundo piso, se encontraba el lavadero y la terraza, donde había un pequeño cuarto de guardado. Por lo menos mamá lo utilizó para eso. Podría, tal vez, haberse aprovechado mejor.
La terraza tenía maceteros fijos, habían dejado las plantas. En especial recuerdo un malvón rojo.
El lavadero y la terraza eran mis lugares favoritos, podía estar horas allí. Pero, en realidad, salvo un breve período de tiempo cuando recién nos mudamos, siempre sentí miedo en esa casa. Y fue un sentimiento de incomodidad que fue extendiéndose a las tres alimentado por el pronto deterioro del lugar que obviamente había sido “acicalado” para vender y por todos los problemas legales que tuvimos que sufrir.
Cuando recién nos mudamos estábamos contentas, mamá feliz. Su primera casa. Los fines de semana le gustaba levantarse temprano, nos dejaba dormir un rato más y ella disfrutaba de la cocina y el living. Se preparaba el mate, recibía el diario y leía con tranquilidad.
Muchas veces al levantarnos y bajar encontrábamos que había cambiado muebles de lugar, adornos, cuadros. Le encantaba cambiarle la cara a la casa, buscar nuevas formas de decorarla, de disfrutarla.
Hizo muchas cosas más que ser la enfermera del barrio, buscó dónde hacer cursos de costura, tejido y tapicería. Todo eso se hizo en esta época. El tapizado de las sillas de la iglesia, por ejemplo, surgió cuando intentó arreglar los sillones que se habían desgastado mucho. Eran muy hermosos y de calidad, de estilo francés, tapizados en brocato bordó y con capitoné.
Cuando papá murió, a pesar de que mamá lo sabía, lo esperaba, tuvo un momento de desesperación y enloqueció. Se “enojó” con los sillones. Desde que los compraron para el casamiento, por lo delicado del tapizado les mandaron a hacer unas fundas a medida. Aún enfundados eran hermosos, porque las fundas eran de muy buena calidad, por la tela y la confección. Recuerdo que mamá sacó con furia las fundas de los sillones, mientras se veía muy ofuscada, enojada, no sé si lloraba, pero decía: “Mi marido pagó por todo esto y no lo disfrutó, qué sentido tiene cuidar algo tanto y no disfrutarlo”. Sacó las fundas y las tiró en la esquina de la casa, en la cortada de Chile.
Unas horas más tarde, ya más tranquila, salió a buscarlas y no las encontró.
Los sillones se siguieron usando y al mudarnos mucho más, la tela se desgastó rápidamente y buscar un tapicero profesional no estaba a nuestro alcance. Encontró una escuela municipal en la que se hacían cursos nocturnos gratuitos y allí fue, varios años, dos años tapicería y luego otros cursos más.
Arregló una mesa, una silla y una banqueta que tapizó con terciopelo verde oliva. Todavía las tenemos en el departamento. Los sillones no tuvieron suerte: el costo sólo de la tela era enorme, y con la experiencia vivida, sabía que debía enfundarlos también para no volver a pasar por lo mismo. Por lo tanto, era doble gasto de tela, más resortes, cintas, tachuelas y tachas, goma laca para las patas. Imposible. Con mucho dolor, pero con sentido común y realismo, se despidió de ellos y terminaron en el Cottolengo Don Orione.
Mamá toda la vida cuando se hacía limpieza en la casa y había cosas para donar lo enviaba allí, no le gustaba vender, aunque tuviera necesidad económica. Dios proveerá, así pensaba. Admiraba la obra, no la conoció en persona. Pero siempre decía que cuidaban de personas que inclusive, en algunos casos, habían sido dejados allí por sus familias y toda ayuda era poca.
Compramos, tiempo después, unos sillones sencillos y económicos.
No teníamos juego de comedor porque la abuela Cata le había dicho cuando se casó que para qué tener dos comedores en la casa, que el que estaba era para ella. Pero cuando la abuela se mudó al departamento, aunque no pudo llevarlo porque no entraba en él, se llevó todos sus muebles. Todo menos lo que estaba en la parte de la casa que ocupábamos mamá, papá, mi hermana y yo. Mi mamá no quiso decirles a los tíos lo del comedor. Todos sabían que siempre había sido un trato de palabra, pero nadie lo recordó. Y la tía le dijo a mi mamá que los gastos del departamento primero y los del geriátrico luego, eran muchos y necesitaban vender los muebles para solventarlos. Lo único que pidió mi mamá cuando internaron a la abuela fue el changuito de las compras.
Qué pasó con todas esas cosas, si todo se vendió o no para solventar gastos de la abuela, no lo sé. Con el paso del tiempo, es lo de menos. El tío Pascual nos había beneficiado con la venta de Dean Funes, no se ajustó a lo legal. Lo que hayan hecho con todo eso bien hecho está.
Con el tiempo pienso, mejor así. Costó mucho, pero es muy satisfactorio lograr algo, superarse, sin pedir nada a nadie, por tu propio esfuerzo.
Necesitábamos una mesa de comedor, no sólo para “vestir la casa”, la cocina era chica y no teníamos lugar para una mesa. El comedor era de uso diario y debía completarse sí o sí para que pudiéramos comer allí, realizar tareas, las labores de costura y tejido de mamá. La mesa era fundamental. Teníamos las sillas que eran del comedor diario de Dean Funes, el bahiut francés con la mesa ratona de mármol y el espejo que estaba en su dormitorio sobre una de las paredes, sobre la estufa. Fuimos con mamá a Flores, recorrimos la Av. Rivadavia donde había muchos locales de muebles usados.
No le gustaba la idea, pero los locales de Av. Belgrano donde estaban los muebles de estilo francés que ella deseaba eran inalcanzables para nosotras. Lo aceptó y terminamos comprando una mesa antigua, muy oscura, con tablas centrales escondidas que permitían agrandarla, de patas macizas talladas con hojas o flores. Era fuerte, robusta. Lejos del estilo francés elegido por mis padres para sus muebles, más rústica, aunque podría haber sido de un estilo inglés antiguo.
A mí me gustaba, era funcional, fuerte, grande, podíamos no sólo comer sino hacer distintas tareas a la vez. Unos años después la vecina de enfrente, la que me hizo escuchar la conversación telefónica, nos regaló las sillas del comedor de su madre.
Mamá la había ayudado a cuidarla hasta que la señora falleció y como todos los enfermos que recibían sus cuidados terminó queriéndola mucho. La recuerdo con cariño, una señora mayor, de cabello blanco, amable.
Volviendo a la mesa mamá nunca la quiso, le parecía horrible, decía que le hacía pensar que la habían rescatado de un barco pirata. Pensando en el estilo inglés… la idea no es tan alocada.
Llevamos desde Dean Funes nuestras camas, menos la de mamá. Era una cama balcón de estilo francés, con su ropero y su cómoda. Nada de eso entraba en ninguno de los dormitorios. Pero la abuela Mimí conservaba su cama de soltera y la recuperó.
¿Cómo se habrá sentido volviendo a dormir en la cama que había ocupado por última vez antes de su boda? No lo sé, imagino que debe haber sido un momento especial, volver al pasado, pero con mucha vida vivida. Era su cama, pero ella ya no era la misma.
María del Pilar salía de la casa muy temprano para ir al banco y luego a la facultad, volvía muy tarde. Mamá iba todas las noches, después de los cursos, a buscarla a la parada del colectivo a la vuelta de la casa. Yo me quedaba esperando sola. Una vez una mujer la veía y caminaba cerca de ella, la observaba, hasta que se le acercó y le dijo: “¿Vos trabajás en esta esquina?” mamá le dijo que estaba esperando a su hija. La mujer se fue rápido, después entendió que la confundió con una prostituta.
Mamá llegaba y comenzaba a cocinar, comíamos muy tarde y al otro día había que comenzar la vida temprano. Un día me canse de esperar y comencé a cocinar. Había dos bifes y algo para ensalada, zanahorias, tomates, cebolla. Obviamente no recuerdo con exactitud.
Cuando vi lo que había me di cuenta que era comida para dos, no para tres. Mama dejó de hacer muchas comidas después de morir papá, sus caballitos de batalla los bifes o las milanesas, la ensalada de tomate y las papas y zanahorias cortadas en cubitos. Su gran especialidad el puré de papas, espectacular, el más rico que comí en mi vida.
Pero el asado al horno con papas y pimientos no lo hizo nunca más, las pastas con una salsa de cebolla rehogada y huevo duro picado que a papá le gustaba, no lo hizo nunca más.
En Dean Funes cocinaba especialmente la abuela Cata, mamá hacía la comida sencilla de todos los días más algunos platos que le gustaban a papá y comíamos en la cena o en Mar del Plata cuando cenábamos solos. Después de morir papá su recetario disminuyó notablemente.
Volviendo a esa noche en que decidí cocinar por primera vez, debía transformar esos dos bifes en comida para tres. Los deshuesé, corté en cubitos junto con los vegetales que encontré y le agregué arroz. Cuando llegaron con mi hermana la comida estaba lista y comimos las tres un plato de guiso, calentito, casero, saciante.
Me encantaba cocinar en esos años, era una vía de escape mental espectacular, y comencé también a hacer las compras con ella y de a poco mamá delegó la cocina en mí. Yo era chica, pero decidía que se compraba y que se cocinaba. Muchos, muchos años después, hablando de este tema, mamá me dijo que no le alcanzaba la plata para tres bifes y prefería que comiéramos bien nosotras, yo le dije porque no había hecho lo que hice yo. Hacer comidas de cuchara, comidas de olla, comprar cortes más económicos. Ella me dijo que le costaba mucho que nosotras no comiéramos como acostumbrábamos y que prefería decir que no tenía hambre y sólo comer un poco de ensalada. Me contó que a veces se acostó con hambre. Me entristeció, me enojó, pero también me enorgullecí de mí misma. En mi casa entraron los menudos de pollo, la carnaza y el espinazo. El arroz y las pastas secas eran infaltables. Nunca más mamá se fue a dormir con hambre y desde ese momento hasta hoy entendí lo que es compartir, ninguna persona de la familia, ni mi mamá ni ninguna mamá debe sacrificarse al extremo de poner en riesgo su salud. ¿Si no se alimentaba y se enfermaba? Eso hubiera sido mucho peor, pero ella no lo veía así.
Cuando el tío Pascual decidió que la abuela Cata debía ir a un geriátrico porque ya no podía estar sola en el departamento, mamá colaboró buscando lugares. Y el que finalmente fue elegido estaba, como dije antes, a dos cuadras de casa. Fuimos a verlo con Matilde y a ella le pareció un buen lugar y le gustaba la cercanía para poder ir a verla.
Su primera intención fue traerla a casa con nosotras y cuidarla ella personalmente. Mi hermana y yo nos opusimos, desde que dejamos Dean Funes casi no la habíamos visto y los últimos años de convivencia no habían sido fáciles. Mi papá siempre decía que mi mamá era demasiado buena, “te van a estar ‘haciendo’ arriba de la cabeza y vas a insistir en que son buenos”.
Era su manera de ser, siempre fue solidaria, tenía el carisma de la caridad, no era rencorosa. Con todo lo que había vivido con su suegra. Yo no heredé sus valores, su bondad, no a ese extremo. De hecho, en los años que la abuela estuvo internada fui a verla una sola vez, se puso muy feliz. Pero yo no podía, no podía.
Mamá y el tío Pascual iban todos los días, habían puesto como condición que no les limitaran los horarios de visita y aceptaron. El tío iba por lo general de mañana. Matilde iba a verla todas las tardes, de lunes a lunes, sin faltar, ni una vez. En el lugar creían que ella era su hija, no su nuera. Y la abuela cuando era posible no lo desmentía. Siempre había querido tener una hija, tuvo dos varones. Después del nacimiento de cada hijo se compraba una muñeca como consuelo y con la esperanza que algún día acompañarían a su hija, la hija que nunca llegó.
Y en esos años de internación, cuando la salud y los años doblegaron su orgullo, ya no podía mostrarse coqueta y altiva, su nuera de origen gallego, la que no quiso al principio de la relación con su hijo mayor, estaba junto a ella, se convirtió en hija y ella disfrutaba de sus visitas y le gustaba que pensaran que sí, había tenido una hija mujer y era mi madre.
Matilde la mimaba, le llevaba las cosas que le gustaban comer, sobre todo en verano le llevaba sandía. Se la cortaba en trozos, le quitaba las semillas, y la ponía en un frasco en la heladera.
La preparaba temprano y por la tarde se la llevaba bien fresca. La abuela la disfrutaba mucho, las cuidadoras del lugar le pedían que no lo hiciera porque orinaba más y había que cambiarla más seguido. Mamá, enfermera de profesión, con vocación de servicio inoxidable a pesar del paso del tiempo y lo vivido, decía con bastante fastidio cuando llegaba a casa: “¿por qué no quieren que disfrute algo tan sencillo? Cambiarla es su trabajo, si a ella la hace feliz, lo sigo haciendo”
Sabíamos que no sufría y que la trataban muy bien, el tío se ocupaba de ir también y nunca sabían si a la visita de la mañana le agregaba alguna otra por la tarde o noche. Además, mi tía Betty vendía cremas y cosméticos y las chicas del lugar le compraban y el tío llevaba los pedidos. La abuela era una de las privilegiadas del lugar.
El Dr. Terg le dijo un día a mamá: “Sra. Usted tiene una profunda depresión, pero por su carácter no se queda tirada en la cama y sigue para adelante”
Tenía razón, hubo un tiempo en el que se descuidó mucho estéticamente, no se teñía, se dejó el pelo largo y se hacía un pequeño rodete, tenía muy poquito pelo. La bella cabellera de su juventud ya no existía. Parecía una viejita cuando no lo era todavía.
Esa imagen hablaba de su tristeza, de su angustia, de su incertidumbre, de sus temores. Lo entendí mucho después. No pude o no supe ayudarla en su momento. Por el contrario, le hacía a veces la vida difícil, con mi carácter irascible, con mi manera de responder que más de una vez la habrá hecho sufrir. ¿Me arrepiento? Sí, pero hice lo que pude, con pocas herramientas. Las tres estábamos viviendo un duelo difícil y no sólo por papá. El cambio de vida fue brutal. La soledad fue brutal. La lucha por no perder la casa fue brutal. Por eso éramos tan unidas, por amor y supervivencia.
El tiempo hace lo suyo, el dolor se aplaca, no se borra. Nos fuimos acomodando, en lo que tocó, no en lo que elegimos. Hubo malas elecciones, como elegir esa casa. Pero ya estaba hecho.
Muy cerca había una sucursal del Correo Argentino y allí íbamos para pagar las expensas de Mar del Plata por giro postal. Mamá lo olvidó y apareció el nombre de papá en el listado de morosos por primera vez en su vida cuando él ya no estaba. Matilde se sintió muy mal, me dijo que la acompañara. Nunca había hecho el trámite, papá se encargaba, el empleado nos explicó y nos dio un formulario para llenar. Nos acomodamos en un costado y mamá me dijo, “hacelo vos”, yo le dije que no sabía, que temía equivocarme. Recuerdo muy bien que me dijo: “A vos no te va a pasar lo mismo que a mí”. Fue su primera enseñanza de autonomía e independencia, hoy diríamos de empoderamiento. No creo que haya sido consciente de lo profundo que era el gesto y las palabras que me dijo, que entre líneas decía no dependas, no delegues, no dejes de estar activa. Y no, no me pasó lo mismo que a ella.
En la plaza una vez por semana había feria. Angélica de Raúl, su amiga, solía venir de visita esos días y aprovechaba para comprar.
Sus visitas eran agradables, me gustaba que viniera, mamá se veía cómoda, bien, entretenida, hasta divertida. Hablaban mucho del Sanatorio, del tiempo compartido y el posterior porque Angélica siguió hasta jubilarse. Su marido se llevaba muy bien con papá. No eran amigos, pero cuando coincidían tenían una relación cordial.
Un día 30 de noviembre, de no sé qué año, después de la muerte de papá, Angélica tocó el timbre y cuando vio a mamá, con una enorme sonrisa y abriendo los brazos le dice: “¡Feliz aniversario!”, con un entusiasmo que confundía, mamá se quedó extrañada, aceptó el abrazo porque no pudo ni reaccionar. Ella se había casado un 30 de noviembre, pero su marido había muerto, ¿feliz aniversario?, era absurdo, ella todavía estaba de duelo por la muerte de su esposo.
Fui testigo del momento, no entendía de que hablaba Angélica. Al ver la reacción de mamá su amiga le dijo: “es tu aniversario de casada”, explicando su felicitación. Y siguió hablando, de lo que había pasado la noche anterior, en su culto, no era católica. Empezó a relatar con toda naturalidad un evento con una persona que “llegó y cuando se presentó, todos corrieron a saludarlo. Porque era uno de los principales del lugar, pero todos esos eran unos falsos e hipócritas, porque cuando vivía no le daban tanta importancia y hasta hablaban mal de él”
¿Cuándo vivía?, miré extrañada a mamá, ella quería que Angélica parara, que no siguiera hablando, no quería que yo escuchara. Y ella siguió un poco más, dijo algo así como “cuando vino Cholo…”
Mamá la quiso parar, ella no se detenía, Matilde me pidió que fuera para arriba, me sacó del lugar.
Cuando Angélica se fue, bajé y le pregunté a mamá, le dije que no entendía de que hablaba, ¿como que había estado con papá?
Entonces mamá me explicó, Angélica y Raúl eran espiritistas. Siempre lo habían sido, por lo menos desde que ella los conocía. Peronistas y espiritistas, dos cosas en las que no coincidían con mamá, pero superaban esas diferencias, no menores, y tenían una buena amistad.
Yo tuve una mezcla de miedo e indignación, nunca entendí qué hacían para comunicarse con los espíritus de quienes habían partido, lo que sí sabía era que no quería que molestaran la paz de mi padre.
No vino muchas veces más, la relación se enfrió. No sé qué habrán hablado cuando quedaron a solas. Yo no quería verla, me asustaba, pero también me molestaba y me indignaba que “convocara a papá”. Mamá no creía en eso y tampoco le había gustado ni la felicitación ni que hablara de él como si realmente lo hubiera visto. Y esa amistad de tantos años, llegó a su fin.
En 1981 la abuela Cata se descompensó y la trasladaron al Hospital Español. No sabían bien qué era, la estudiaron, investigaban lo que estaba pasando, pero no mejoraba. Pasaron pocos días, tal vez una semana, todos nos turnábamos para ir. Yo recuerdo que cuando la vi después de tanto tiempo me puse muy nerviosa y me sangró la nariz. No estaba en terapia, se encontraba en una sala.
El 21 de marzo falleció. La llevaron al cementerio de la Chacarita. Mi hermana recuerda el gesto de mi mamá cuando el cajón entraba en el nicho, se acercó y lo acarició con amorosidad. Siento que se despidió en ese momento de ella, estaba tranquila, la había acompañado, la había cuidado y mimado hasta donde pudo, se hizo querer más que nunca en su último tiempo cuando su suegra, finalmente, la había aceptado como hija.
El primer televisor a color que compró María del Pilar en la mutual del banco, de marca Zenith, se veía desde la calle cuando estaba la persiana levantada. No había tantos en el barrio y muchas veces se juntaba gente en la ventana para verlo, especialmente durante el mundial de España 82. Esperamos que terminara el mundial para cambiarlo de lugar, porque teníamos “público fijo” en la vereda y a mamá le daba lástima dejarlos sin partido a color.
Elisa y Gustavo tuvieron dos hijos, Cecilia en 1983 y Martín en 1986. Cuando vinieron a contarnos que Cecilia estaba en camino, mamá estaba exultante, feliz. Su ahijada sería mamá.
Cuando Ceci nació, Matilde fue la encargada de darle su primer baño, todavía no había caído el cordón.
Recuerdo nuestros largos torneos de canasta de los fines de semana, podíamos quedarnos hasta las cinco de la mañana o más. Mamá era incansable e implacable, jugábamos sólo por la alegría de ganar, no había otro estímulo.
Durante la guerra del Golfo, en el verano de 1991, se transmitían los ataques en tiempo real. Veíamos los bombardeos mientras jugábamos a las cartas, a mamá la impresionaba pensar que lo que estábamos viendo estaba sucediendo en ese mismo momento y que en cada detonación que observábamos había personas perdiendo la vida.
En tantos años pasaron muchas cosas buenas y malas, pero algunas me las guardo.
Cuando la casa ya estaba escriturada y la pusimos a la venta pasaron varios años, casi tres. Una primer inmobiliaria que se encontraba en Parque Patricios la publicaba como perteneciente a ese barrio. Un día fuimos a la oficina y el hombre nos quería convencer que era mejor publicarla así, mamá le dijo que no estaba de acuerdo, que la gente al ir se daba cuenta que era otro barrio, San Cristóbal, que eso era ofrecerla con una mentira y que por eso casi no iba gente a verla. Él insistía y yo le dije: “Si yo leo que está en Parque Patricios ni me molesto en verla”, se ofendió, orgulloso de su barrio y fanático de Huracán no entendía mi posición. Casi como cediendo ante nuestro “capricho” accedió a probar publicarla con el barrio correcto esperando decirnos que no teníamos razón. Fue cuando más visitas recibimos.
Aprendimos a reconocer a las personas que venían rápidamente, mamá ya tenía la experiencia de la venta de Dean Funes, en cuanto aparecían ya sabía si eran los que visitaban propiedades por diversión simplemente o si había algún interés sincero.
Una señora vino varias veces, pensamos que la venta se concretaría, quería poner su taller de costura y vivir también allí. De un momento para otro desapareció. Había venido sola y luego acompañada, tomaron medidas, proyectaban donde poner cada cosa y de golpe, no vino más.
Hubo una pareja que vino con otra mujer, yo estaba sola, los acompañaba un empleado de la inmobiliaria y los dejé pasar. Miraban todo casi con desprecio, “esto hay que sacarlo”, “qué mal gusto la distribución de los ambientes”, “hay que ver si puede tirarse esta pared”. Cuando llegaron al primer piso lo mismo, todo era horrible, me hicieron sentir como si viviera en una tapera. Yo odiaba esa casa. Me quería ir cuanto antes, pero era mi casa. Mi hogar. Con defectos y virtudes. Habíamos luchado mucho por ella. Cuando vieron el baño una de las mujeres dijo algo así como “Qué horror, esto hay que hacerlo todo a nuevo”. Me harté. Les dije: “pongan la plata sobre la mesa, la compran y después hacen lo que quieran, ahora se pueden retirar”. No los dejé llegar a la terraza y se fueron. El empleado de la inmobiliaria me quería convencer de que así negocian algunas personas, “que negocien en tu oficina” y literalmente los eché.
Después que se venció el contrato con esa inmobiliaria buscamos otras, y apareció una mujer, tenía una pequeña oficina por la Av. San Juan. La vio, le encantó, la elogió, y sobre todo ponderó el baño, los enormes sanitarios importados. Nos dijo que tenía que hacer cálculos, que pasáramos más tarde por su oficina, cuando fuimos con mamá la tasó muy bajo. Nos sorprendimos, le dijimos los valores que veníamos manejando y empezó a hablar de todo lo que había que hacer, que estaba en muy mal estado, que el baño era lo peor. Todo contradictorio. Entonces nos dice, “porque esa casa era de la familia…” y nos dice el apellido de los cuñados de Pura, entonces entendimos, algo había pasado con ellos y nosotras quedamos en el medio.
Le ofrecimos al vecino de al lado, ya no quedaba nadie de la familia de Pura, y sabíamos que era un español que tenía dinero. Él se ocupaba de que se supiera, tenía hoteles para familias. Quiso una tasación con alguien de su confianza, aceptamos. Fuimos a verlo, pero no se encontraba y otro empleado dijo que él podía tasarla, vino y la cotización fue la misma de siempre. Fuimos a ver al vecino con la tarjeta con la tasación y no estuvo de acuerdo, “no hablaron con la persona que yo les dije”. No estaba, respondimos. No aceptó ese monto e insistió en que viéramos a su persona de confianza, mi madre le dijo que le parecía raro, que, si ya teníamos tasaciones de varias inmobiliarias y la de él coincidía, lo único que sucedía es que él esperaba una tasación más baja por parte de “su persona de confianza”, claramente un cómplice para ver si podía estafarnos. Listo, mamá nos dijo: “si este chanta es la única posibilidad, nos quedamos, pero no se la vendemos”.
Veíamos los clasificados todos los días y encontramos un aviso de un departamento en Boedo, aceptaban permuta. Fuimos a la oficina que creo estaba por Av. Callao. Hablamos por ese departamento y quedaron en ver la casa. Vino un empleado y luego de recorrerla dijo que se comunicarían. Pasaron varios días y nada. Nosotras fuimos a ver el departamento y nos había gustado.
La entrada de mármol, la puerta con marcos y picaportes de bronce y vidrio, las puertas de los departamentos de madera oscura. Cuando salimos con mamá, estaba impresionada, dijo: “esto es mucho para nosotras”, tan acostumbrada a resignarse siempre.
La no respuesta de la inmobiliaria nos hizo pensar que no querían hacer el negocio, no teníamos el dinero y nuestra propuesta había sido la permuta.
Los martes a la noche daban en canal 9 en horario central nocturno una novela con Rodolfo Bebán que se llamaba “El precio del poder”. Estábamos viendo un capítulo cuando escuché ruidos en la cocina. Me levanté a ver y veo una rata queriendo entrar por el ventiluz, yo grité, y al prender la luz se escapó.
Le avisamos al vecino de al lado porque fue para su terraza, no la encontró. Yo me volví loca, una vez más. Le dije a mi mamá que me quería ir, que no podía seguir viviendo ahí, que iba a enloquecer, ya habían querido entrar y tuvimos que poner una reja en la ventana de la planta baja, habíamos gastado hasta lo que no teníamos para mantenerla en condiciones vendibles, la inseguridad había crecido considerablemente en el barrio y la plaza se había convertido en un lugar peligroso no sólo por la noche. Teníamos que activarnos nosotras. Me dijo: “¿Qué podemos hacer si no aparece un comprador?”, mi hermana dijo que había que volver a hablar con la inmobiliaria sobre la permuta, mamá dijo que si hubieran tenido interés se hubieran comunicado y no lo habían hecho, que eso habían dicho.
¿Sin teléfono?, le dije a mamá que tampoco para ellos sería un negocio tan espectacular como para molestarse en venir personalmente o enviar un telegrama, el no ya lo teníamos y quedamos en ir al otro día personalmente. Ese miércoles fuimos mamá y yo, nos presentamos, estaba el empleado que había visto la casa. Le preguntamos porque no recibimos una respuesta por sí o por no, nos pidió que esperáramos.
Volvió y nos dijo que el gerente quería hablar con nosotras. Era una oficina grande, parecía ocupar todo el edificio, una entrada grande que aparecía después de subir varios escalones. Nos llevó por un pasillo, a los costados otras oficinas, en todas empleados como él de traje y corbata y chicas muy bien vestidas, todos muy formales. Al fondo la oficina del gerente.
Cuando se abre la puerta, un hombre se levanta de su escritorio para saludarnos con mucha cordialidad, como si nos conociera desde siempre, como si fuéramos de su confianza. A diferencia de sus empleados tenía el pelo negro, largo y ondulado, una gran sonrisa y una camisa estampada con palmeras. Era muy parecido a un cantante, Wilkins, el de “Sopa de caracol”.
Nos sorprendió, en ese ambiente tan formal, el líder, el gerente, era alguien tan desestructurado. Reconozco que tal vez en otro momento me hubiera sentido desconfiada y mi mamá también, pero era una situación desesperada.
Nos pidió que le contáramos lo que pasaba, y nos dijo: “¿nadie les contestó?” Nadie, dijimos nosotras. “Bueno, quiero ver la casa para decidir”. “Cuando quiere verla”, “ahora”. Salimos las dos con él y el empleado, tomamos un taxi en la Avenida y llegamos a casa, dijo que hacíamos el negocio, que volviéramos a la oficina. Al llegar nos prestó el teléfono para que le dijéramos a mi hermana que se fuera directo del banco a la inmobiliaria. Firmamos un compromiso de compra venta y al otro día, jueves, debíamos firmar el boleto formal de compra y venta.
La casa estaba tasada en U$S 64000 y el departamento en U$S 52000, mi mamá le preguntó cuál era a diferencia que nos quedaba. “Nada”, respondió. Cada firma tenía un valor, el compromiso de compra venta, el boleto formal, y la escritura posterior de la que también se ocupaban ellos con su escribano.
Hicimos todo sin hablar con nadie, no quisimos que nadie opinara, nadie.
Mamá intentó pelearle un poco al gerente por una diferencia, pero no hubo forma. El jueves firmamos el boleto y nos entregaron la llave. Entre sábado y domingo nos mudamos.
Después de tanto tiempo tratando de vender y dejar el lugar, fue todo tan rápido y sorpresivo que no teníamos nada listo. Hubo que levantar la casa, casi trece años de vida, en cuarenta y ocho horas.
En el cuarto de guardado de la terraza había cajas que no habíamos visto durante toda la estadía en Cochabamba. Mi mamá quería revisar, ver si había algo importante para conservar. Abrimos unas pocas cajas. Las revistas “Mucho Gusto” y otras de tejido y costura que estaban completamente arruinadas por la humedad. Mi colección de muñecas “Puky”, que estaban literalmente podridas por el ambiente del lugar, se me rompían en las manos, se deshacían sus vestidos. Sólo rescaté dos. En un momento le digo a mamá que, si todo eso había estado guardado tantos años en realidad, nada era tan importante, que no teníamos tiempo, que había que acelerar el proceso. Debíamos vaciar la casa para entregarla.
Mamá hubiera querido otra cosa, pero no se pudo, tuvo que cerrar los ojos y dejar ir. Casi la mitad de la casa, todo ese cuarto y otras cosas más fueron a la vereda. Montones de bolsas negras de tamaño consorcio que ocupaban más lugar que el frente de la casa. Algunos muebles que pudimos sostener unos días para que el Cottolengo viniera a buscarlos.
Además, mamá quiso entregar la casa absolutamente limpia, por lo que trabajamos sin parar. Un esfuerzo absurdo porque la inmobiliaria iba a entrar en obra para poder venderla, pero Matilde no quería entregarla mal.
Nosotras recibimos un departamento que necesitaba pintura, plastificar los pisos. Los antiguos dueños se llevaron la puerta de la cocina y la canilla de la bañera y la ducha. La cocina que dejaron no funcionaba y todo eso fueron gastos extras que debíamos hacer de a poco. Tuvimos que limpiar a fondo antes que llegaran nuestras cosas, encontramos hasta maquinitas de afeitar con pelos en el baño. Fue agotador. La pintura esperó años y el plastificado se hizo en etapas.
El lunes, firmamos la escritura en una escribanía muy conocida que se encontraba al lado del banco donde trabajaba mi hermana. Y el martes siguiente, vimos el capítulo de la novela de Bebán, sentadas en nuestro departamento con teléfono, escriturado, sin deudas.
Fue mágico, increíble. Extraño. En la casa luchamos casi catorce años y aquí de un martes al otro estaba todo listo.
Cuando vinieron a conocer el departamento mi madrina la felicitó y le dijo: “lo conseguiste, siempre quisiste un departamento”, y agregó: “te estafaron”, por la diferencia de dinero. Y su yerno, Gustavo, el marido de mi prima Elisa, le dijo: “No, Matilde, hiciste un gran negocio, el tiempo tiene un valor y hay que tenerlo en cuenta”. Tenía razón.
Poco después, menos de un año, no sé por qué motivos pasamos por el frente de la inmobiliaria y nos sorprendió verla cerrada, con mucha tierra, y correspondencia acumulada, parecía un lugar abandonado por años, por eso y por la falta de mantenimiento edilicio. ¿Existieron? ¿Fue real? ¿En realidad fue algo mágico? Me hizo recordar los capítulos de la serie “Camino al cielo”, cuando algo sobrenatural pasaba, cuando Dios se abría paso en el mundo a través de “hombres”.
Les deseamos lo mejor y seguimos nuestro camino.
*********************************************************************
Capítulo XIV: El departamento, el próximo martes 29 de septiembre de 2026.
*********************************************************************
© 2026 – Cata Lina
Algunos derechos reservados. Esta obra está bajo una licencia Creative Commons Atribución-NoComercial-SinDerivadas 4.0 Internacional (CC BY-NC-ND 4.0).
OPINIONES Y COMENTARIOS